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La Dictadura aún dura

Neoliberalismo con peras y manzanas

Presidentes PostDictadura

Muchos ya lo saben, muchos más no. Vivimos una dictadura desde hace exactamente 40 años. Si usted se ubica entre quienes aún no lo saben, espero que este breve texto contribuya a su toma de conciencia. Si después de expuestos los argumentos aún cree que vivimos una democracia, le invito a contra argumentar y así nutrir el debate, que es una de las pocas cosas que importa en este ejercicio.

Hace 40 años este país vivió la fractura más grande de su historia política y social contemporánea. Digo esto porque lo que ocurrió a partir del golpe de Estado fue que el país sufrió un desmantelamiento de sus industrias y su territorio, habitado por un montón de personas, la mayor parte de las veces tomadas por idiotas, fueron empleadas como mano de obra al servicio de la generación de riqueza en unas pocas corporaciones.

Lo que quiero decir es que en Chile, desde el 11 de septiembre de 1973, no existe un Estado propiamente tal. Porque lo que hay no es un organismo al servicio de las necesidades de un pueblo, sino un ente que se ocupa principalmente de garantizar los “derechos” del capital. Mediante los contratos leyes, por ejemplo, el Estado se compromete a entregar una serie de garantías a los inversores extranjeros para generar riqueza foránea a costa de los derechos humanos y medioambientales del país.

Es precisamente el enorme valor de los recursos naturales, que por azares de la geología se ubican en esta angosta y larga faja de injusticias, lo que lleva a este grupo de privilegiados, movidos por una ambición ilimitada, a “hacerse” del Estado de Chile. No hablo solo de una macro estructura que ordena cosas en altos ámbitos gubernamentales imperceptibles, sino de cuestiones esenciales de la vida diaria, como son la educación, la salud, el trabajo, las pensiones, el sistema financiero, el transporte, el sistema político e incluso la alimentación y el tiempo libre.

El pueblo, además, de una y varias formas y a medida que pasan los años, sufre un creciente proceso de esclavización forzosa. Quizás piense que exagero en esta afirmación así que le diré por qué pienso esto. Durante la dictadura de Pinochet ocurrió que un grupo de destacados alumnos chilenos de Milton Friedman, el máximo ideólogo del neoliberalismo, sirvieron lealmente a Estados Unidos para implantar aquí un experimento con este sistema de la manera más profunda y extrema que haya visto el mundo. Desde esos años ha operado en Chile esta ideología, provista de sus propios métodos, sin haber sido modificada en lo más mínimo. Usted dirá que aun así ya no vivimos en dictadura y reconozco que hay diferencias; el gobierno ya no persigue, mata y hace desaparecer personas de la manera en que se hizo durante la dictadura militar, pero lo sigue haciendo de otras formas.

El sociólogo Felipe Portales ha dedicado años a investigar la historia reciente de Chile y en sus libros llega a la misma conclusión: arguye que vivimos una “dictadura perfecta” y explica muy bien por qué. Estructuralmente es el mismo país que era al término de la dictadura, con la misma constitución con que la Concertación, en total acuerdo con la Alianza por Chile, legitimó este sistema económico, político y social. El país, siendo cogobernado por estas dos coaliciones al servicio de una oligarquía empresarial, que muchas veces tiene más poder que el Estado, ha profundizado y perfeccionado este sistema. Para Portales, este perfeccionamiento se nota a simple vista. Las modificaciones cosméticas a la Constitución de Guzmán, las elecciones de representantes políticos, el rol que juegan los medios de comunicación de masas y las virtudes del consumo y el sistema crediticio, han hecho creer a las personas que gozan de grandes libertades y que vivimos en una sociedad democrática, no obstante nos rige el mismo Plan Laboral, el mismo sistema educacional basado en el lucro, el mismo sistema de AFPs e Isapres, concesiones mineras y el mismo sistema tributario y financiero. Se trata de una dictadura perfecta porque, aun siendo dictadura, creemos que vivimos en una democracia.

El sistema crediticio mediante el cual las corporaciones bancarias y comerciales se adueñan prematuramente de los salarios futuros de millones de trabajadores, no se diferencia mucho del sistema de fichas que se utilizaba en las pulperías de las salitreras. La mano de obra barata ya no la toman solo de lo que clásicamente se denominaba obreros y la fuerza de trabajo ya no proviene solo de lo que son capaces de hacer los músculos. Muchos obreros visten corbata pero siguen sin percibir ni una mínima parte de la riqueza que generan y, al igual que los obreros del salitre, ni siquiera llegan a tocar el poco dinero que les pagan. Mediante el sistema financiero y las tarjetas de crédito, otros ya se han adueñado de sus salarios por varios meses antes de ser generado.

Después de 40 años, los efectos que ha producido este sistema implantado a sangre son, de acuerdo al coeficiente de Gini que mide la desigualdad en el ingreso, uno de los países más desiguales de todo el mundo. Además, se han acumulado en Chile riquezas siderales a nivel planetario e inimaginables para los ricos de hace cuatro décadas. Los mayores beneficiados de este proceso son en primer lugar la familia Luksic, la mayor fortuna de Chile y la número 35 del globo, en segundo lugar el master del comercio injusto y las tarjetas usureras, Horst Paulmann. En tercer lugar le pisa los talones la familia Matte, que ahora que dividieron su fortuna entre los hermanos, empatan con María Solari Falabella. Un poco más abajo, en el quinto lugar de Chile, se encuentra Álvaro Saieh, dueño de Copesa, Corpbanca y Unimarc, entre otros consorcios. Piñera, el presidente de los empresarios, ocupa el séptimo lugar. La última que integra el ranking Forbes de las mayores riquezas del mundo es la familia Angelini, dueña de Copec, pesqueras y forestales.

Como si fuera poco, estas personas, amparadas en este sistema, han logrado convertir al pueblo de Chile en una de las sociedades con mayores índices de depresión y trastornos mentales, siendo intensamente medicada. Nos han transformado en esclavos del consumo que debemos rendir cuentas a esa misma oligarquía que lo posee todo, incluso nuestras propias vidas. Pero afortunadamente y gracias al trabajo de miles, poco a poco los esclavos vamos tomando conciencia de nuestra realidad y paso a paso generamos las condiciones necesarias para la transformación del orden establecido y la sociedad en su conjunto.

Por Sebastián Larraín Saá

Antropólogo y comunicador social. Hace años milita como codirector y uno de los cerebros detrás del periódico El Ciudadano.

El Ciudadano Nº146 / Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

Fuente fotografía

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