Mar para Bolivia

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Las relaciones chileno-bolivianas atraviesan nuevamente un momento bajo, en un proceso de acercamientos y desentendidos que se repite cíclicamente y parece no tener fin. ¿Cómo se ha llegado a este punto? Cada acercamiento parece ir precedido de muestras de buena voluntad y buenos augurios hasta que inexorablemente se llega al nudo de la cuestión, el problema fundamental que divide a ambos países: El tema marítimo. En ese punto, cada cual se planta firmemente en su propia posición y la relación entra en una nueva crisis.

La política exterior, al menos tal como se ha concebido tradicionalmente, debería estar guiada por lo que se ha llamado el interés nacional o la raison d’Etat. Entonces, podría argumentarse que el conflicto chileno-boliviano responde en última instancia a un choque irreconciliable entre los intereses nacionales de cada país.

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Por cierto, lo que constituye el contenido del interés nacional está librado a la subjetividad de cada quien, es decir que, el interés nacional puede significar diferentes cosas para diferentes personas; más aún, la percepción de lo que constituye el interés nacional puede cambiar conforme evolucionan las circunstancias históricas.

Cabe entonces preguntarse ¿De dónde emergen las percepciones sobre el interés nacional presentes en las autoridades y pueblos de cada país? De la historia naturalmente, pero la historia no es un recuento objetivo y neutro de hechos pasados, impermeable a la influencia de los poderes políticos. Al contrario, la historia puede llegar a ser una edificación calculada para promover o justificar intereses concretos.

El proceso de formación de los Estados nacionales, no solo en la región sino en todo el mundo, implicó la construcción de identidades nacionales comunes dentro de cada Estado. Uno de los mecanismos para llevar adelante este proceso fue la producción o construcción de alteridad, es decir, la afirmación de la identidad nacional propia a través de la diferenciación del “nosotros” respecto al “ellos”.

Pero, este proceso no se limitó a marcar la diferencia, sino que en última instancia terminó resaltando la oposición. De esta manera, los “otros” (países, pueblos, etc.) son construidos como “enemigos” que amenazan la seguridad propia. También puede construirse al “otro” como inferior, por oposición a los atributos de grandeza y supremacía que se atribuyen a la nación propia. En síntesis y aunque parezca exagerado, significa asumir todo lo bueno y atribuir todo lo malo al “otro”.

Naturalmente, la relación entre Bolivia y Chile no se ha visto exenta de tal fenómeno. La Guerra del Pacífico se ha constituido en un hito fundamental en la construcción de la identidad nacional de los 3 países envueltos en el conflicto. La narración histórica sobre sus causas y consecuencias ha generado numerosos debates académicos, y sigue permeando la relación más de 100 años después de que las acciones bélicas terminaran.

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Los textos escolares, los medios de comunicación y las declaraciones de autoridades públicas, reproducen continuamente en los imaginarios colectivos la dualidad “nosotros los buenos” “ellos los malos”, perfilando el conflicto como un juego de suma cero, al menos en lo que respecta al principal tema de discusión.

En el fondo, éste es uno de los elementos que paraliza los esfuerzos gubernamentales para mejores entendimientos entre ambos países. Después de todo, ¿no son los Gobiernos prisioneros de la historia oficial que ellos mismos han ido construyendo a lo largo del tiempo? ¿Podrá algún Gobierno democrático tomar una decisión contraria a esa historia oficial a riesgo de asumir las consecuencias de ello en futuras elecciones?

La realidad es que ambos países no se conocen o peor aún, se conocen mal. Mientras los prejuicios emanados del pasado sigan vigentes en las estructuras mentales del presente, los esfuerzos por generar espacios de diálogo y confianza mutua entre los países y los pueblos se verán permanentemente obstruidos. Frente al estancamiento del diálogo y la defensa a ultranza de las posiciones propias, la única manera de avanzar es la de ponerse en el lugar del otro.

Por ello, es fundamental que se profundice una integración cultural, enfocada en aquello que une a ambos países, por sobre lo que los divide: el hecho de pertenecer a una misma comunidad geográfica, una natural proyección hacia el Océano Pacífico, un pasado colonial compartido, la experiencia de haber superado las dictaduras militares, la presencia de ricas culturas indígenas en sus territorios, etc. Así, podrían empezar a construirse identidades incluyentes, en las que esté presente una conciencia de origen y destino comunes.

Pero estos esfuerzos no deben partir solamente de los Estados, que como ya se ha señalado se ven limitados por el peso de la historia. Otros actores de carácter no estatal, están llamados a promover esta integración: la intelectualidad, los movimientos sociales, la sociedad civil.

Es indispensable la generación de espacios que permitan compartir y ampliar el conocimiento mutuo entre ambos países. Tómese como ejemplo, el Encuentro Bolivia-Chile de Historiadores, Intelectuales y Cientistas Sociales, que este año se celebró en su XIII versión. Estos encuentros se iniciaron en La Paz el año 1999, alternándose desde entonces su lugar de celebración. Su objetivo principal ha sido compartir puntos de vista académicos sobre las relaciones entre ambos países. En ese marco, ningún tema quedaba excluido, pero el espíritu de los participantes debía ser preferentemente de integración y no de conflicto.

Este proceso de integración se hace más necesario considerando que ni la ruptura de relaciones diplomáticas de 1978, ni las tensas declaraciones que intercambian a diario autoridades de cada país con motivo del proceso judicial, han impedido que los flujos humanos y culturales se intensifiquen progresivamente entre Bolivia y Chile.

La inmigración de bolivianos a Chile ha experimentado un crecimiento sostenido en los últimos años, pasando de 11.649 en 2002 a 25.151 en 2012. Actualmente, Chile es el cuarto destino preferido de los inmigrantes bolivianos. La cercanía geográfica, los salarios más elevados y las mejores condiciones laborales son los principales factores que contribuyen a ello.

Por otro lado, aunque tradicionalmente han sido los bolivianos quienes han atravesado la frontera para cursar estudios universitarios en Chile, los últimos años han visto surgir el fenómeno inverso, es decir, chilenos asistiendo a universidades públicas y privadas bolivianas, debido a los altos costos de la educación en Chile. Aunque se trata de un fenómeno todavía incipiente, podría intensificarse en los próximos años.

Ni que decir de los aymaras de la triple frontera que comparten una lengua y cultura comunes, y que han decidido afrontar juntos los retos del futuro. Esto es precisamente lo que ha sucedido con la creación en 2001 de la Asociación Estratégica “Aymaras sin Fronteras”, una organización transfronteriza que agrupa a 57 municipios de Bolivia, Chile y Perú, con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de las comunidades de la zona.

Esto muestra que el panorama no es del todo sombrío. Una integración desde “abajo” impulsada por los pueblos y desprovista del velo pesado del pasado es posible. Tal vez éste sea el impulso necesario para que los gobiernos de ambos países se liberen de sus ataduras y puedan finalmente resolver los grandes problemas pendientes.

El Ciudadano

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