martes, agosto 4, 2020

Jorge Fortune, ingeniero en sonido: “Se ha ido chilenizando la manera de desarrollar nuestro arte y eso lo encuentro la raja”

Probablemente a la hora de detenernos a pensar en lo que sucede tras una canción que nos guste o una banda sonora que nos conmueva, pero pensando más allá de quién la interprete o de cómo luzca en su videoclip, aguardan muchas y muchos responsables de que llegue así a nuestras escuchas. Parte de esas y esos trabajadores son los ingenieros en sonido. Con el paso del tiempo -y enhorabuena- aquellas y aquellos responsables de manipular el material acústico que resulta en un proceso de producción musical, han ido logrando el reconocimiento que merecen por hacer posible tanto de lo que nos fascina con el embrujo de la música.

Jorge Fortune es uno de esos obreros de la acústica que con años de oficio en el cuerpo, ha estado tras muchos proyectos musicales que suenan en nuestros discos y playlist. Por eso quisimos acercarnos y conocer algunas de las tantas escenas que ha dejado su rol como sonidista en medios, junto a bandas en vivo, en menesteres fonográficos o incluso, asumiendo tareas fabulosas como restaurar una copia del master original de la Cantata Santa María de Iquique de Quilapayún encontrada hace algunos años.

Cuéntanos un poco cómo te vinculaste con la música, con el sonido. ¿Tuvo que ver tu familia en esta historia?

Mi papá y mi mamá tocan guitarra. Mi papá también tocaba batería en una banda como de los tiempos de la Nueva Ola, una banda de colegio, de esas que tocaban con traje en las fiestas de adolescentes. 

Los hermanos menores de mi mamá estudiaban en La Serena y tocaban guitarra a un muy buen nivel y los fines de semana cuando venían, se armaban las grandes fiestas. Tengo recuerdos de niño de haber salido envuelto en una frazada a las seis de la mañana luego de unos tremendos carretes, de toque a toque en donde se cantaba toda la noche. Entonces fue súper natural que esto se transformara en mi oficio.

Ahora, a mis viejos no les pareció tan natural porque lo normal era pensar “qué lindo el constructor civil que también sabe de música” hasta cuando cacharon que no había vuelta atrás. Finalmente llegamos a un consenso en donde terminé estudiando Ingeniería Acústica en la Universidad Austral, lo que fue una experiencia mortal.

Entonces, la decisión de irte a estudiar a Valdivia fue como el resultado de un pequeño forceps familiar.

Claro, fue como una negociación. Me dijeron – “¿Qué quieres estudiar?”. Dije “Música”. Y la verdad es que yo no cachaba nada por ese entonces, onda, no sabía que existía la Escuela Moderna, por ejemplo. Fui bien pelotudo en ese tiempo desde mi punto de vista porque no había investigado nada. Mi papá me decía “¡Ah! ¡Quieres ser profe de Música!” y yo decía “No, puh”“Y entonces ¿qué quieres ser?”“¡Rockstar!”, jajajajaja. Finalmente, después de todas esas conversaciones, me fui a Valdivia y eso determinó mi vida para bien.

Igual me costó mucho meterme en el mundillo de la música, después, en el ámbito profesional.

¿Cómo viviste tu tiempo universitario viniendo también de la provincia, de Chillán precisamente?

Valdivia es una ciudad súper progre, tiene una universidad súper grande para la cantidad de gente que vive allá, entonces, esa institución define mucho a la ciudad y no tenía na que ver con Chillán por esos años. En Chillán yo me sentía que estaba un poco en los márgenes, estamos hablando de la época pre Youtube, antes de toda la conectividad actual. Por ejemplo, a mí me gustaba el metal y compraba en el quiosco una Kerrang o una Metal Hammer del ‘88 y esa era la que vendían el ‘93, jajaja. Lo único que llegaba actualizado era la revista de los Mujica que a mí me encantaba, la Extravaganza, cuando estaba hecha en papel de diario. A eso yo le sacaba fotocopias ampliadas y las pegaba en mi pieza, era bacán leer en español de bandas como Sepultura u otras que me gustaban, de todo lo que pasaba con el rock alternativo y con esa movida en los primeros años de los noventa.

Llegué a la carrera de Acústica y casi todos éramos de otras partes, había mucha población flotante. Piensa que era un cabro de 18 años, viviendo solo, me recuerdo cachando en el primer día de clases que casi todos eran músicos, como que todos estábamos en la misma, era como si nos hubiéramos encontrado todos los frikis juntos en ese lugar. Lo que flotaba en el aire era música, todo el rato.

Y por esos años ¿crees que había una conciencia respecto a lo que estudiaban o a las posibilidades laborales que aparecen con ella?

Las cosas se van amoldando. En ese tiempo la Austral tenía conservatorio, yo tenía clases de música formal ahí. Era una carrera bastante robusta a pesar de no ser tan profunda. La gente del conservatorio tenía otro perfil, era más folclórico, más ligado a la Nueva Canción Chilena y a cosas más modernas que estaban pasando. La mayoría de nosotros era harto rock, harto metal y había otros que eran más del pop elegante, pero era como que estábamos todos los músicos informales metidos en un mismo saco. Esa era mi sensación. Yo armé bandas, cuando llegué me acuerdo de haber ido a la recepción mechona de mi carrera y había bandas que eran buenas y que habían cuentos buenos allá. El equipamiento quizás era mejor porque eran los equipos de la universidad, eso lo sentí como un despertar, como pasar del Medioevo al Renacimiento.

Pero respondiendo tu pregunta, creo que quienes estudiábamos por ese entonces no teníamos conciencia de lo que haríamos con nuestras vidas profesionalmente.

¿Cómo pasó en tu caso? ¿Cómo fue que decidiste empezar tu camino laboral por esos años?

Más que decisiones fueron casi sucesos desesperados. Tenía una crisis cuando terminé la carrera y me metí a hacer una tesis en cálculo en una cuestión muy matemática que no me funcó y la manera de salir fue hacer la práctica. Ahí me vine a Santiago, yo quería hacer la práctica en Estudios del Sur, no tenía cómo llegar a eso, era ultra sureño en Santiago. A pesar de que viví en la 5ta región nunca viví en la capital. Terminé en TVN porque aceptan a los de la Austral altiro, me llamaron el viernes y el lunes estaba trabajando, no era donde quería estar pero me quedé cinco años.

En ese tiempo yo hablé con Alfredo Troncoso de Makondo porque mi abuela lo conocía (ahora yo trabajo con él), en ese tiempo lo llamé diciéndole que era nieto de la Julita y él me daba contactos y teléfonos para que me pudieran meter en alguna parte. Hablé con el Tilo González para pedirle práctica en la Escuela Moderna, él siempre fue muy buena onda. Me pegué el recorrido telefónico, pero nunca llegué ni cerca a Estudios del Sur, jamás me presenté tampoco. Quizás si lo hubiese hecho sería todo distinto. En esa época se habían hecho discos históricos para Chile en esa discográfica.

Cuéntanos de ese tiempo en TVN. ¿Cómo recuerdas esa experiencia?

Me fui a TVN, estuve cinco años, aprendí mucho. Era dura la pega, no me gustaba el producto final por lo cual sufrí harto. Hice de todo, asistente de sonido, estuve con el agua hasta el cogote, iba al aeropuerto cuando llegaba Paulina Rubio para el Festival de Viña, musicalicé el programa Rojo, Pasiones, de todo. Hice mezclas de bandas en vivo para El Baile de TVN, en fin. Todo lo que viniera, funcionaba en modo multipropósito. Pero obviamente después de un rato se acabó la fascinación con la tele -rato que duró bien poco- y también llegó un momento en el que sentí que estaba contribuyendo a un producto que perjudicaba más que ayudaba. Y que además mentía y miente, porque lo que pasa en los realities no es cierto y que la manipulación en las notas son terribles; la tele miente y últimamente, más que nunca.

Y por ese entonces, ¿cómo seguías desarrollando tu amor por la música?

Mientras estaba ahí armé banda, me puse a tocar con un trío. Una banda de rock con déficit atencional que se llamaba Artifisio. Ahí tocaba con Néstor Gatica que tocó después en Enjundia y con Leo Saavedra, gran músico chillanejo. Estuvimos metidos en toda la escena santiaguina de bares, en la época en que todavía no se profesionalizaba tanto. Viví esa época cuando la industria discográfica se fue al carajo. Cerró Estudios del Sur, fue el corralito en Argentina, te estoy hablando del 2004, 2005. Antes de que los sellos nuevos se hicieran cargo de levantaran otra vez el reino.

En ese tiempo íbamos al Clandestino de Providencia y en la barra el barman se agachaba y nos pasaba un par de micrófonos y listo, arréglense ustedes. Me acuerdo que compré unos halógenos en Sodimac que yo mismo controlaba con un switch de piso. Tenía los pedales de guitarra y en un costado había un switch que prendía y apagaba las luces de la banda. No había otra manera, se trataba de solucionar de la manera que fuera. Precariedad y desesperación. En ese tiempo, grabamos baterías en un estudio que quedaba arriba de Estudios del Sur, que era del Roberto Edwards de su proyecto Cuerpos Pintados, que al final tenían una carpa impresionante y empezaron a sacar discos de música corporal y ese estudio en ese momento estaba a cargo de Claudius Rieth lo que desembocó más adelante en Estudios Triana. Claudius también era ingeniero acústico de la Austral (iba un año más arriba que yo), así que él ha sido un personaje importantísimo en mi vida aunque nunca fuimos amigos en la u.

Artifisio

Entonces ahí es cuando empiezas de alguna manera tu camino como ingeniero en sonido.

En ese tiempo fuimos una vez a la mala a grabar a los estudios que te contaba, gracias a un amigo mío y grabamos casi todas las baterías de un disco. Después fui, sin saber nada e impulsado por el Beño Aguirre, guitarrista fantástico con el que tocaba en Valdivia, a armar mi home estudio para grabar el resto de las cosas del disco sin haberlo hecho nunca antes, salvo las tareas que exigía la universidad. Después pensaba “porqué no sueno como Incubus”, jajajaajaja. Entonces saqué adelante un disco que no suena tan bien pero que en ese tiempo le gustó a muchos colegas músicos y por ahí una banda amiga me preguntó cuánto cobraba por grabar un disco y se me iluminaron los ojos. Así fue como empecé a trabajar haciendo discos de bandas amigas.

Creo que el momento clave es cuando muy care palo empecé a trabajar con un software pirata haciendo discos. Era súper poco lucrativo porque trabajaba caleta pero cobraba barato. La cuestión era tratar de terminar los discos y fue así como hice algunos álbumes chicos mientras trabajaba en TVN, hasta que renuncié y me dije “ya, ahora me dedico a esto” y cri cri cri, no pasó nada. Fui papá, todo al mismo tiempo. Ahí dejé la banda, pensé que era demasiada la inversión si quería vivir de la música. Cerré el boliche de la banda por un lado y me puse a trabajar y perfeccionarme en esto de la mezcla y volví como sonidista externo a pitutear a veces. Todo esto hasta que en un ciber café escuché el último disco de Claudius y quedé loco.

A ver, desarrolla un poco esta historia con Claudius Rieth.

Con Claudius siempre nos encontrábamos en el barrio, pero pasó que luego de escuchar su disco Angel for Us le escribí. “¡Oye hueón, te pasaste, me tocaste la fibra!”. Luego de eso, me invitó a Triana para que me tratara de hacer cargo de los equipos que quedaron botados de la carpa de Cuerpos Pintados. Hicimos como tres o cuatro pegas en eso y por ese entonces, Claudius tocaba con Los Ex y aparte, estaba haciéndole sonido a Inti Illimani Histórico. Empecé a acompañarlo, a asistirlo hasta que en un momento me figuré trabajando junto a él empecé, todo esto hasta que un 18 de septiembre me dice, “viene la Rata Bluesera a grabar, hazte cargo tú”. En ese momento toqué con Federico Dannemann, con Andrés Landón en el bajo y bueno, agarramos una onda grabando que cuando volvió Claudius, Dannemann le dijo, “¿te da lata que el disco lo mezcle Fortune, que está más en el mood? Y pasó que desde ese momento, no paré más.

Yo ni siquiera sabía manejar muy bien el software, era pésimo, no cachaba cómo solucionar los problemas y ahí me ayudaba Carlos Barros o el Chalo González que estaban en el tercer piso, a ellos les preguntaba lo que no sabía. 

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La verdad es que yo ya tenía un viejo vínculo con la música, recuerdo cuando empecé a grabar con un sistema multipista cuando tenía 13 años, todo con una radio y un deck. Grababa en un cassette y lo metía de nuevo al deck y luego lo metía a la radio y así hacía un multipista. Tampoco estaba en pelota frente a esta situación nueva. Después caché, ya siendo profe, que si estudias ingeniería y te meten matemáticas en todo, de alguna manera tu cerebro se adecúa a la solución de problemas y eso lo pude hacer notorio mucho tiempo después. Tenía una herramienta secreta que no cachaba que era tal: el método matemático, la resolución de problemas.

¡Qué bacán encontrarse con ese hallazgo en el camino!

Sí, resultó en una herramienta poderosa con la que contaba y de la que no tenía mucha conciencia.

Un poco siguiendo tu relato, cuéntanos sobre algunos discos en los que hayas participado.

Ese disco de la Rata Bluesera; el disco de la Banda Conmoción, Cuerpo Repartido. Me acuerdo con ese disco que tuve que meter en un auto un estudio para grabar en el Aula Magna de la Usach. Quedé alucinado porque fue como una especie de escuela que jamás había vivido; el disco de Airelavaleria, Chaleco. Qué mujer más capa. Qué bacán encontrarme con la voz. Tenía un rollo con eso, tiene que ver quizás con el rock, con que en Chile antes de 2005 estaba lleno de guitarristas, bajistas y tecladistas alucinantes, pero poca gente que cantaba.

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No había una profesionalización tan power en la voz y en Triana me encontré con cantantes bacanes, pero me acuerdo de la voz de ella, de una facilidad para cantar como si fuera andar en bicicleta. Me acuerdo que le copié a la Valeria la manera de pronunciar. Ella cantaba hablando español chileno. Siempre hay una hueá fonética con las vocales. Otro que fue heavy fue Bando Nº1 de Ismael Oddó, porque ahí nos hicimos amigos. Gracias a ese disco y esa amistad terminé en la consola de Quilapayún. 

A propósito de esto último, tuviste la posibilidad de restaurar una copia del master original de La Cantata Santa María de Iquique de Quilapayún. ¿Cómo sucedió esto?

Así pasó. Estaba haciendo clases de Pro Tools y un alumno de repente me queda mirando y me dice, “oye, ¿encontraron la Cantata?”, “¿Qué cantata?”, le digo yo.  “Encontraron una cinta de la Cantata Santa María”, termina diciendo y era porque ya estaba circulando el notición de que en un cambio de casa habían encontrado una cinta con el máster de esa obra. Cinco minutos después me llama Eduardo Carrasco muy eufórico y me dice que la están digitalizando y que rápido tenía que empezar a grabarla. En una semana estábamos metidos de cabeza en ese trabajo.

Hubo que hacer mucha pega en la canción final porque estaba la cinta arrugada, hubo que reemplazar algunos pedazos con vinilos japoneses. Hay un artículo de Eduardo que cuenta cómo era el proceso de producción en los años 60 y aparte, él me contaba que los dos primeros discos los grabaron con un solo micrófono y que iban marcando en el suelo las posiciones que tenían que tomar en determinados puntos de la canción para que por proximidad, la coreografía fuera correcta y sonara bien.

Eran procesos muy rápidos, ahora uno está meses metidos en los discos. Y la Cantata era así, se hicieron tres pasadas en vivo, pero iba solo a una cinta monofónica, es decir lo que estaba era lo que quedaba y punto. Lo que hicieron fue grabarlo tres veces y luego hicieron una edición con lo mejor de las tres. Pero lo que pasaba era que las cintas eran de distintos fabricantes, por lo tanto, tenían distintos sonidos. Entonces, me pasaba que cuando revisaba el máster, cachaba que en alguna parte se iban los bajos y se subían los agudos, cuando pasaba esto llamaba al Eduardo y me contaba todas estas anécdotas.

Así fue como me puse a corregir eso, pedazos que eran parte de la Cantata. Empecé a estabilizar esos cambios de ecualización que había durante la obra. Creo que en este trabajo está la combinación de ser ingeniero más tener algo Trastorno Obsesivo Compulsivo, jajaja.

Y más allá de lo que uno podría suponer, ¿cómo sientes el haber enfrentado tamaño desafío?

¡Imagínate! Es una de las obras más tremendas del imaginario musical chileno. Yo no lo podía creer. Llegó un momento en que les empecé a mandar las versiones a Ismael y a Eduardo porque a mí ya no me daban las pailas. En la parte final, que estaban arrugadas, tenía que ponerle un parchecito de una versión digitalizada del vinilo japonés, adaptarla a la versión de la cinta y todo. Fue una pega de hormiga pero con el apoyo de los músicos fue muy bacán hacerlo.

Jorge, cambiando de tema, ¿qué opinión tienes sobre la industria musical nacional? ¿cómo ves el escenario actual siendo un trabajador de este espacio?

Creo que la industria musical chilena goza de muy buena salud. Creo que ni el estallido social ni la pandemia han logrado llevarse eso, los músicos y las ideas están. Se ha ido chilenizando la manera de desarrollar nuestro arte y eso lo encuentro la raja. 

Ahora bien, pensando particularmente en el rock, creo que hay una crisis que es natural, porque al final el rock no es nuestro folclor, si tú tienes una banda de rock chilena y vas a Londres o a Los Ángeles a grabar, es como que vinieran unos japoneses a tocar cueca acá, así lo ven ellos. La historia y la gran explosión megalómana del rock and roll tiene cuna y origen, el cual no es Chile. 

Hay excepciones, pero lo cierto es que no es un género nativo. Y también tenemos otras disciplinas importadas que funcionan mucho mejor como el rap, que sí funciona porque su lógica es mucho más poética y contiene más texto. La aproximación del rap acá es casi parte de nuestro folclor. Pero el pop y el folclor chileno fusionado con las nuevas herramientas tecnológicas, como lo que hace Gepe, Nano Stern, Benja Walker o el camino trazado por la Camila Moreno, es la raja. Tenemos artistas chilenos que la rompen y se pueden exportar y eso es bueno. Encuentro que estamos muy bien parados.

Y sobre esto que conversamos, ¿qué crees necesario de cambiar o implementar para que más proyectos sean conocidos por el público? 

Hay mucho trabajo fabuloso que nace desde lo independiente y que está un poco debajo del agua, y claro que se han conocido algunos pero lo frustrante es que falta más difusión de ese trabajo. Pienso, por ejemplo, en el trabajo de las JuanaRosa que yo encuentro a toda raja y que no tiene nada que envidiarle a nadie. Aparte, Chile ahora está lleno de estudios, hay gente mega capa haciendo la pega súper bien, la democratización del sonido que vino de la mano con las herramientas digitales surtió efecto para bien y produce otro efecto que es la explosión de la oferta.

Antes era impensado que fueras a Punta Arenas o Puerto Montt y te encontraras con un sistema de audio profesional y con todos los requerimientos que tienes en tu ficha técnica. Antes todo era mucho más artesanal. Ahora todas las ciudades tienen una empresa de amplificación, esa es una variable que antes no existía.

¿Y qué hay con respecto a las plataformas de consumo de música como Spotify? ¿crees que ayudan en esta misión de difusión?

Creo que las plataformas de difusión digital, a pesar de que parecen democráticas, igual están tomadas de los cuernos por las multinacionales de siempre. Ese paradigma que se sigue manteniendo, el pop ochentero, la imagen de tu banda, hay cuestiones estéticas que deberían estar fuera. Me acuerdo de la época en que grababa discos a bandas y que sacaban 500 copias, regalaban 100 y se quedaban con 400 debajo de la cama. Era muy frustrante porque desembolsabas un montón de plata, perseguías tu sueño y chocabas contra un muro de concreto. De a poco se va a ir profesionalizando eso también.

Entonces, ¿hay algo en las estrategias de difusión o en los propios medios de comunicación en donde pareciéramos estar en deuda?

Claro que sí. Falta información, pasa lo mismo que pasaba al inicio de los noventa con el sonido del punk chileno o de las bandas chilenas rockeras que era como, “chuta, parece que fuera pero la verdad es que no, porque suenan como el ajo”. Más encima, por ese entonces, llegaban esos discos de Estados Unidos de esa época que eran muchísimo mejor a nivel sonoro, por ejemplo, el primero de Rage Against the Machine, alguno de Pantera, los que hasta en la actualidad suenan increíble. Acá habían razones técnicas para que no sonaran así, pero también había desconocimiento y desinformación. Y creo que eso sucede de manera similar con los temas relacionados a la difusión. Hay que estudiarlas y esas son variables que están en desarrollo porque está cambiando el mundo de las comunicaciones a cada rato. Spotify hace cinco años no era tema y ahora ese es el tema; en cinco años más ¿cuál va a ser el tema? Hay todo un rollo sobre cómo hacer llegar la música a la gente. Recuerdo cuando el mánager de la Fran Straube dijo, “oye, le dedican tanto tiempo al disco pa que quede bueno y eso no significa nada si no tienes un buen plan de difusión; ahí es donde hay que invertir de igual manera que en todo lo demás”.

Por último, conversemos acerca de tu dimensión como músico, porque paralelo a tu trabajo de ingeniero, también has habitado la música como compositor e intérprete. 

Nunca dejé de hacer canciones, después de que tuve banda seguí haciendo canciones, por ahí grabé más cosas antes de entrar a Triana, casi un disco completo. Porque me encontré con músicos bacanes, entonces empecé a cachar el nivel de interpretación, de gente súper potente y muy intuitiva. 

Trabajé mucho rato con Camilo Salinas, mezclando y grabando la música de la serie Los 80 y fue bellísimo. Ver a Salinas sacar ideas de debajo de la manga era mortal y ver la cantidad de monstruos con los que te vas topando. Al principio piensas, “yo no tengo ni pito que tocar en esta cuestión”. Me pasó eso, como con instrumentistas que tocan todos los instrumentos con armonías entre ceja y ceja. Fui tomando ideas de todo eso, me costó mucho tiempo empezar a elaborar algo. Me di una vuelta de carnero gigante hasta que terminé tocando guitarra con cuerdas de nylon y eso fue como una bandera, una que tiene que ver con el rollo del origen de la música desde su sonido, desde su composición y de la manera en que hablas que es el español. 

Pero es algo difícil esta dimensión, porque me voy encantando y desencantando a ratos, porque necesito ocio y porque mi necesidad artística ya la tengo bastante saciada con mi pega como sonidista. Si fuera contador, seguro estaría todo el tiempo ensayando después de la pega porque estaría desesperado por la música, pero mi trabajo es música todo el tiempo entonces, no siento una desesperación de estar haciendo mi propio cuento. No hay abstinencia, por ahí me inventé un nombre falso porque Jorge Fortune es el sonidista y es otro cuento, pero no sé. Las cosas pueden coexistir, pero también a ratos pienso que estoy puro hueveando y pastelero a tus pasteles y ponerle la energía, carbón y fuego a mi pega y dejar de andar hueveando con la guitarra.

Cuéntanos sobre alguno de los últimos proyectos en los que te has involucrado.

Trabajé con un rapero de Chile Chico que se llama Rolando Formon, sureño. Él me preguntó si hacía bases de rap y le dije sí. En ese momento pensaba en reciclar una canción, trabajarla y así sacamos un tema que se llama «Luna Mengua». Es un texto bacán del Rolando porque él me agujoneó y luego no pasó mucho más. Pero aún así se está trabajando esta especie de rap con sabor a sur y a leña, solo que no hemos podido juntarnos a trabajar. Me pican las manos por producir, por imprimir sonidos. Gozo cuando me llegan algunas pistas para mezclar, lo paso súper bien, solo que lo tengo un poco botado nomás.

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