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Interpretación del fanatismo: Conducta aprendida

Hace un tiempo se me preguntaba en un foro de escépticos mi opinión sobre el fanatismo. Mi interlocutor Luciano Moffatt sugería que, dado que florecía en regiones en donde imperaban religiones que reprimían la sexualidad de sus miembros, se podría considerar como un desahogo de la líbido contenida. Y añadía: «Ademas, lo interesante es que las religiones tienden a ayudar a la gente a refrenar sus pasiones».

Desde luego no estoy de acuerdo con su afirmación sobre las pasiones, ya que en realidad pienso que son los jerarcas de cada religión los que intentan extinguir en sus fieles unas pasiones y estimularles otras, de acuerdo a sus intereses. Ni tampoco estoy de acuerdo con la sugerencia de mi interlocutor, que vincula la represión de la líbido con el fanatismo.

Para mí la solución del misterio del fanatismo es mucho más sencilla que todas las teorías desde el psicoanálisis que se hayan podido tejer al respecto: el fanatismo es en realidad una conducta aprendida.

Para que haya fanatización tiene que haber alguien que fanatice / que manipule / que promueva e inculque a las masas ciertas ideas / que los adoctrine / que los acondicione.

Quizás creáis que se aprende de forma racional. Pues no. Sólo por los tres PBA (principios básicos del aprendizaje): por condicionante clásico, instrumental y por aprendizaje vicario. Y en los tres casos el aprendizaje se realiza desde la más tierna infancia de forma inconsciente e involuntaria, sin que el enseñado pueda oponer resistencia a lo que se le está enseñando y sin capacidad de elección.

Así que el fanatizador lo tiene fácil para fanatizar a alguien en el asunto de su interés. Basta que prometa a sus oyentes / lectores que van a conseguir algún refuerzo / beneficio / recompensa, para que consiga fanatizar a algunos seguidores. Para ello los domina y manipula con lugares comunes, estereotipos… Y no se limita a hacerlo un solo día, sino que lo hace de forma continua y a lo largo de un tiempo, pues es lo que potencia y produce el impacto deseado.

Mediante un discurso estereotipado, los hace creer en la desigualdad entre los individuos y en la superioridad de unos sobre otros, lo que va a permitir que los fanatizados adquieran privilegios a la larga.

-Y así por ejemplo se ha conseguido fanatizar a los pertenecientes al género masculino, con la simple creencia de convencerles del estereotipo de que los «varones son superiores a las mujeres»;

-A los pertenecientes a una de las razas se les ha logrado convencer de que: «los blancos son superiores a los negros» o «la raza aria es superior a la judía»;

-A los pertenecientes a una de las religiones se les ha convencido de que: los «cristianos son superiores a los judíos o a los paganos», o los «musulmanes son superiores a los infieles»;

-A los pertenecientes a uno de los campos de la diversidad sexual se les ha convencido de que son superiores a los pertenecientes a otros diferentes modelos de diversidad sexual: «los heterosexuales son superiores a los bisexuales y homosexuales: gays y lesbianas»;

-A los creyentes de ciertas ideas se les ha convencido de que: «los escépticos son superiores a los crédulos *magufos»…

A partir de la divulgación de los estereotipos e ideas: machistas, racistas, xenófobas, antisemíticas, homófobas, escépticas… los convencidos en tales ideas, se identifican con el estereotipo cultural de lo que se dice es «superior» e intentan adecuarse a ello. De ello determinan lo que se debe hacer y lo que no debe hacer para no parecer «inferior». Se adecúan a lo que se considera «superior» y aprenden a adaptarse a lo que se espera de un ser «superior»: no actuar como mujeres, como judíos, como magufos…

Los estereotipos son como una profecía autocumplida. Se piensa «la posición de inferioridad de las mujeres, de los negros, de los judíos, de los infieles, de los bisexuales, de los gays, de las lesbianas, de los magufos… prueba que son realmente «inferiores» y así los «superiores» se comportan como si esas mujeres, negros, judíos, infieles, bisexuales, gays, lesbianas, magufos… fueran inferiores, con lo que determinan que se perpetúen en su posición subordinada (la falta de control que desemboca en la indefensión, estaría en su origen).

Y dado que los estereotipos son autoprofecías que se cumplen: basados en la desigualdad entre los sexos, entre las razas, entre diversas creencias… los poderes establecidos promueven modelos discriminatorios que ignoran los derechos de los «inferiores»: mujeres, judíos, infieles, homosexuales, magufos… y toman medidas discriminatorias y violatorias de los derechos humanos, les niegan el poder y los convierte en víctimas de terribles violencias, aparte de que se les denigra con el abuso verbal y la violencia psicológica (intimidación, humillación, descalificación: «perros judíos, puta mujer, maricón de mierda, magufo»…), y se generalizan los estereotipos dañinos en contra de sus valores. Con lo que se fomenta el odio hacia los «inferiores» y se les va deteriorando su calidad de vida y perpetuando en su subordinación.

Es lógico que haya muchos fanáticos que se dejen fanatizar, por la fuerza poderosísima de que obtienen privilegios y se benefician de tal desigualdad, y alcanza a cientos de millones de habitantes de la población mundial. Por lo que lógicamente se convierten en tiranos que oponen una notable resistencia a perder los privilegios resultantes de explotar «legalmente» al otro sexo, a la otra raza, a los otros infieles, a los pertenecientes a otro modelo de diversidad sexul, a los otros crédulos magufos…

Es difícil acabar con los fanatizadores y con los fanáticos, porque extienden y creen en el estereotipo de la «superioridad» de unos sobre otros, y terminan en convertirse en ideas patológicas, con raíces muy profundas y que afecta a la población en todas las épocas y regiones.

Por supuesto que en las democracias, donde los individuos se pueden informar de las diferentes opciones existentes, en donde se denuncian los privilegios de los fanáticos y los falsos fundamentos estereotipados de las ideologías que les hacen creer en su supremacía, terminan por desmontarse y se van acabando con muchos de los fanatismos.

Dado que la pregunta me lo ha hecho un escéptico, miembro del mismo foro de escépticos al que pertenece el que inventó el término de *magufo» (lo explicito en http://culturaarcaica.iespana.es/escepticos.html), me gustaría comentar que fue muy creativo y original, pero se hizo eco, queriendo o sin querer, de la ideología promotora de la intolerancia de algunos de los «escépticos fanatizados», que siguen la política de denigrar a los que no piensan como ellos.

Algunos «escépticos fanatizados», al igual que algunos que creen en el “verdadero género superior”, o en la “verdadera religión”, o en “la verdadera raza superior”, o en la “verdadera creencia superior”, o en el «verdadero y superior modelo de diversidad sexual»… con la excusa de defender un modelo / un sistema científico / una religión… se han atribuido el derecho a denigrar a los crédulos y creyentes en otras creencias, de otra religiones, de otras razas, de otros géneros… aparte de implicarse en una campaña de hostigamiento, por la que se permiten actuar de forma agresiva contra los que descalifican como «magufos, simples mujeres, perros judíos, infieles, negratas de mierda»… por el simple «delito» de no pensar o ser como «ellos»: los seres privilegiados y superiores.

Y así algunos escépticos fanatizados creyentes y defensores del pensamiento racional, algunos machistas, algunos xenófobos, algunos homófobos, algunos cristianos, algunos antisemitas… en vez de poner sus capacidades a construir cosas positivas y a divulgar el pensamiento científico, racional… se alían para, amparándose en nombre de la ciencia, la religión, la humanidad… cometer los más atroces atropellos para destruir al adversario. Y cualquiera puede ver cómo algunos inundan ciertos Congresos, o ciertos medios de comunicación y otros foros internacionales, con sus críticas hipócritas y groseras, sólo buscando establecer predominio sobre el rival. Y toda esta «grosera batalla campal» a la vista de la indiferencia de muchos cristianos, de muchos varones honestos, de muchos escépticos valiosos y de los integrantes de las instituciones que supuestamente deberían proteger a las víctimas de estos hechos.

Sin embargo, «algunos escépticos fanáticos», al igual que «algunos machistas fanáticos», «algunos cristianos fanáticos» hace tiempo o «algunos musulmanes fanáticos» aún hoy día, o “algunos homófobos fanáticos”, o “algunos anisemitas fanáticos”… integrantes de un club de selectos e integristas varones, o de selectos e integristas cristianos, o de selectos e integristas islámicos, o de selectos e integristas heterosexuales… dan muestras sobradas de que son selectos y exclusivistas y se creen superiores a los que no pertenecen a su club.

Con esta actitud que han tomado ciertos escépticos fanatizados, que se permite maltratar a las personas que no siguen la ideología escéptica por ellos propugnada, no tienen nada que envidiar a los integristas machistas, homófobos, racistas, religiosos… que han usado medidas y palabras discriminativas, agresivas, denigratorias… contra los que no se atenían al «modelo / sistema» que sus ideologías estereotipadas defendían, y con las que se concretiza el desprecio a los que pensaban diferente.

Y es terrible que, en nombre de la libertad de expresión, se permita que los agresivos no vean coartada su capacidad de expresión y sigan disfrutando de todos los derechos para agredir verbalmente a quienes les parezca, sin el más mínimo respeto y ética de convivencia. Que lleva a muchos otros a imitar tales reacciones groseras y a multiplicar el uso de la estrategia agresiva para defender sus hipótesis, en vez de aprender estrategias de persuasión y de respeto al que profesa ideas contrarias.

Así que dado que nada justifica la violencia contra nadie, denunciemos los fanatismos, la mala voluntad y la intolerancia de tantos activistas que inundan tantos foros.

Y no permitamos que los fanáticos gocen de impunidad, para que las generaciones futuras tengan derecho a elegir y a construir una cultura de la solidaridad, la tolerancia y los derechos humanos.

Por Francisca Martín-Cano Abreau

Contraandrocentrismo.iespana.es

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