La poesía como lenguaje del mundo

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Sí. “Los poetas son seres especiales”, decía el bueno de Karlitos, tal vez por su amistad con Heinrich Heine, que en París pronunciaban Henri Heine, que suena como haine, es decir, odio. Un poeta que odia. No deja de ser. “Mientras más estudio la poesía, menos creo en los poetas”, decía el poeta Vicente Huidobro mientras viajaba en paracaídas, claro. Platón detestaba a los poetas y postulaba que había que expulsarlos de la ciudad, no sólo por mentirosos, sino que porque apenas eran la copia de la copia de una copia. En los tiempos mal llamados medievales, los poetas eran trovadores y juglares, cantaban al amor y de paso, no tan subliminalmente, se burlaban del Poder y de todas las certezas impuestas y aceptadas. Solían morir atravesados por la espada de algún marido celoso o, sencillamente, experimentando las delicias de la Inquisición. Y porque las Inquisiciones, cualesquiera ellas sean, siguen aquí cuando menos se espera, el poeta cubano Heberto Padilla fue capaz de escribir: “¡Al poeta, despídanlo!/ Ese no tiene aquí nada que hacer./ No entra en el juego”.

Está ahora de moda hablar, más que de la Poiesis, de la Autopoiesis. Y muchas veces casi como una palabra vacía y mecánicamente asociada con la palabra poesía. Pero aunque no está mal dicha asociación, pensemos un poco que poiesis quiere decir creación (y producción) pero en términos de génesis, y que si la pensamos a la manera del viejo Heráclito, tenemos que hablar de génesis eterna, de perpetuum mobile. Porque al fin de cuentas el verdadero misterio radica en el movimiento, es decir, en la poiesis que se troca en poesía, y es sólo aquí, de esta manera, que podríamos hablar de autopoiesis, que va más allá que su primera traducción como “autocreación” o “autoproducirse”. Pues estaríamos hablando, más bien, de ponernos en movimiento. La poesía como aquello que nos pone en movimiento. Todas las citas del principio, positiva o negativamente, de alguna manera nos hablan de esta cualidad de la poesía. Sí. Incluso la poesía tomada casi como una maldición al decir de los propios poetas, en términos siempre afirmativos, claro está. Pablo de Rokha lo dice así:

Yo canto, canto sin querer, necesariamente, irremediablemente, fatalmente, al azar de los sucesos, como quien come, bebe o anda y porque sí; moriría si no cantase, moriría si no cantase; el acontecimiento floreal del poema estimula mis nervios sonantes, no puedo hablar, entono, pienso en canciones, no puedo hablar, no puedo hablar; las ruidosas, trascendentales epopeyas me definen e ignoro el sentido de mi flauta; aprendí a cantar siendo nebulosa, odio, odio las utilitarias labores, zafias, cuotidianas, prosaicas y amo la ociosidad ilustre de lo bello; cantar, cantar, cantar… —he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha.

Muy cercano a su maestro, Alfonso Alcalde lo dice de esta manera:

De todas las desdichas, ninguna como la poesía produce tanto arrobamiento, tanta llama para el consumo, pues hasta quedar reducidos a ceniza, cantamos.

Ya sabemos de ese reconocimiento a la poesía como aquello que nos pone en movimiento, fatalmente, furiosamente, predestinadamente –un Ananké–, por parte de tantos poetas como Lihn, por ejemplo, con su “porque escribí estoy vivo”, o Huidobro con su “tú poesía no me has abandonado un solo instante”, o Magallanes Moure con su “poesía eres tú”, o Pedro Salinas con su “esperando que tú me enseñes el lenguaje/que no es mío”, o Juana Inés de la Cruz y su bellísimo “En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?/¿En qué te ofendo, cuando sólo intento/poner bellezas en mi entendimiento/y no mi entendimiento en las bellezas?” o Miguel Hernández con su “como el sol sea mi verso”, o León Felipe y su “me trajisteis aquí para contar las estrellas”, o Emily Dickinson y su “Yo derramé el rocío –/Pero tomé la mañana”, o Rimbaud y su exigencia de que el Poeta sea un Vidente… En fin, podríamos seguir, porque hay algo que hermana a todos los poetas y es, precisamente, el dar cuenta que la poesía es ponernos en movimiento, y eso es sólo posible si lo hacemos como lenguaje del mundo. No hay que olvidar, como ya lo decía, que el único misterio real, decisivo, es el misterio del movimiento.

Ahora bien, no vamos a hablar aquí del lenguaje en las teorías de Saussure o de Chomsky, admirables y estimulantes, por supuesto, porque tomadas como lo que son, es decir, no como dogmas semióticos o postulados definitivos, nos abren muchas perspectivas y, en el fondo, nos reafirma –y es lo que aquí quiero destacar– en aquello que postulaba uno de mis fenicios, maese Wittgenstein, esto es, el lenguaje como modo de vida. Creo que esa proposición wittgenstainiana es casi un grito de guerra, en el buen sentido de la palabra. Porque la poesía, al ponernos en movimiento, es creación de lenguaje y por eso mismo agenciamento del deseo colectivo más secreto –de sus modos de vida, de la afirmación de todos ellos–. Es por allí, sobre todo por allí, en eso que llamo lo aconteciente –es decir, aquello que acontece permanentemente, la ocurrencia, aquello que sucede donde menos nos lo esperamos–, es por allí donde se revela el lenguaje del mundo. Y por eso cada poeta depende de su necesidad de decir, de cómo las cosas se expresan a través de él, y de la diversidad y multiplicidad implícita en todo lenguaje (y que algunos llaman polisemia, pero no me detendré en esta palabrita, porque me parece de más). Por eso podríamos decir que un poema es bueno cuando esa creación de lenguaje no es mera formalidad o hermetismo vano porque no hay nada que decir ni cuando las cosas no expresan nada más que no sea mero lenguaje sobre el mundo o, sencillamente, cuando el mundo como tal se resiste a expresarlo allí porque no logra encontrarse en la pura re-presentación que eso implica. El lenguaje del mundo suele ser casi imperceptible, hay que tener una escucha muy fina y muy atenta, hay que dejarlo fluir, tenemos que dejarnos llevar por su llamado.

Cuando maese Wittgenstein nos dice que “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, nos está diciendo que mi mundo se juega con otros mundos, que los otros modos de vida pueden ser opacos si sólo me quedo en mis límites. El “Yo es Otro” de Rimbaud es reconocer la opacidad de lo Otro y la necesidad de traspasar esa opacidad. Como diría el subcomandante Marcos, que antes que guerrillero es un poeta, los nosotros que son los ellos y los ellos que son los nosotros. Ese es también el lenguaje del mundo.

Sí. Porque el lenguaje sobre el mundo es ese que mira desde arriba y que trata de dominar al mundo a través de un ejército de conceptos. Pero ya sabemos la distancia que hay entre el concepto y la cosa, el Malentendido que eso provoca y que campea sobre nosotros para esclavizarnos en el simulacro y en la dictadura de la significación. Maese Nietzsche ya lo decía: “Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino: ¡qué extrapolación tan arbitraria! ¡A qué altura volamos por encima del canon de la certeza! Hablamos de una «serpiente»: la designación cubre solamente el hecho de retorcerse; podría, por tanto, atribuírsele también al gusano. ¡Qué arbitrariedad en las delimitaciones! ¡Qué parcialidad en las preferencias, unas veces de una propiedad de una cosa, otras veces de otra! Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La «cosa en sí» (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje. […] Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas”. Sin embargo, creemos significarlo y saberlo todo con el lenguaje sobre el mundo, en el cual creemos movernos como peces en el agua, pero que tal como lo consigna Julio Cortázar en Historias de Cronopios y de Famas, tal vez uno de los libros más hermosos que se ha escrito en este lado del mundo, no pasa de ser una creencia o una mera formalidad:

“Ahí viene López.

–¿Qué tal, López?

–¿Qué tal, che?

Y así es como creen que se saludan”.

En el ejercicio de la poesía tal como tratamos de situarla en medio del lenguaje del mundo, es decir, en medio del hallazgo y del encantamiento, en la afirmación de esta vida, que es la única que tenemos, nos estamos poniendo en movimiento con toda la fuerza y la energía de la que somos capaces, a pesar de las pasiones tristes y tal vez por eso mismo. El hallazgo y el encantamiento necesariamente nacen del asombro, que es el detonante por excelencia de todas las manifestaciones culturales del ser humano y que nos conducen al intento de develar el misterio de la existencia: la filosofía surge de allí, la ciencia surge de allí, pero la poesía, además, se hace parte del asombro permanente por cuanto este es el lenguaje del mundo que nos susurra al oído. Por eso, cómo no recordar esa joyita que es ese poema de nuestra Gabriela Mistral, puro asombro permanente, que ella tituló “La Pajita”:

Esta que era una niña de cera;

pero no era una niña de cera,

era una gavilla parada en la era.

Pero no era una gavilla

sino la flor tiesa de la maravilla.

Tampoco era la flor sino que era

un rayito de sol pegado a la vidriera.

No era un rayito de sol siquiera:

una pajita dentro de mis ojitos era.

¡Alléguense a mirar cómo he perdido entera,

en este lagrimón, mi fiesta verdadera!

Hay mucho más que decir, por supuesto. Mucho más que encontrar en el asombro permanente. Porque todo lo dicho hasta aquí no ha sido más que una pequeña y muy pobre aproximación a lo que la poesía expresa y remueve. Li Po se ahogó tratando de abrazar la luna. Omar Khayam le cantó al vino y a la mujer, mientras le decía a su dios que no creía en él. Safo, la enorme, trágica y desconocida Safo, ya sabemos, valga la paradoja. Vallejo se murió en París con aguacero, pero en un día viernes. Rimbaud abandonó la poesía (es un decir) y se fue a morir al África, aunque se haya muerto de muerte clínica en un hospital del puerto de Marsella.

Es jodida la poesía, tan cotidiana y a veces tan inalcanzable, pero por eso tan absolutamente necesaria. Sí. La poesía es un Sí permanente, perturbador, revelador, polimorfo y equívoco.

Termino entonces aquí con un nuevo comienzo, con otro asombro permanente, con un poema del grande Gonzalo Rojas, siempre presente no sólo en este, su Chillán terrenal y tutelar, qué duda cabe:

Así que cuando nace el nacedor.

                        Nacedor es vocablo mísero.

                            No da para Hacedor. Dios es Hacedor.

                            Borges mismo se atrevió y usó el designio para uno de sus libros. Un exceso, pienso.

Así que cuando nace el nacedor nacen con él espléndidos todos sus animales a la vez. 1) el del oído

hasta que se le seca el mar. 2) el del ojo

que iba para rey, 3) el otro, del tacto,

cuya vibración toca a dios en las medulas vivas del fornicio, 4) y

para qué decir el otro del olfato

que es el más animal de sus animales conforme a la lascivia si es que hay lascivia

en lo sacro del pezón de la preñez cuyo hocico

es el beso grande contra la muerte.

                                                                       Aquí

se cierra el Tractatus del nacedor. Vuelva

Wittgenstein a escribirlo.

Por Cristián Vila Riquelme

Chillán Poesía, abril 24 de 2019