El retorno del infierno en gloria y majestad

Había de todo

Por Wari

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Educación / Justicia y DD.HH

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Había de todo. Un conglomerado variopinto de edades, experiencias, profesiones, ideologías… Era la presentación del libro de Alberto “Gato” Gamboa, Un Viaje por el Infierno. Sí, el mismo “Gato” que dirigió el diario Clarín durante 12 años hasta septiembre de 1973. El que se hizo famoso encabezando el tabloide que publicaba el consultorio sentimental del Dr. Jean de Fremise, que aconsejaba a “mi perrita choca”. Ese Clarín que vendía más de 380 mil ejemplares diarios y que pese a su formato y lenguaje popular, era leído por los dirigentes de todos los sectores que “morían” por figurar en sus páginas. Ese periódico que fue tan famoso, que la derecha no lo perdonó jamás, lo que le valió al “Gato Gamboa” ser encarcelado, torturado y detenido por más de un año sin nunca haber sabido de qué se le acusaba.

Y es que ese Clarín no dependía del avisaje o la publicidad; ni siquiera de las promociones o “regalos” adjuntos como los que hoy estamos acostumbrados a observar. Vivía  de su público, que lo devoraba a diario, lo que le daba una total independencia.

El director de ese Clarín es el mismo Gato Gamboa que hoy, cercano a los 90 años (que no representa, ni de lejos) presentó su Viaje por el Infierno con palabras afables, una sonrisa coquetona y la emoción de estar rodeado de tantas y tantos que han acompañado su vida. Como Jorge Montealegre, periodista y escritor, quien lo conoció en Chacabuco, campo de concentración que compartieron. Jorge, que en ese entonces tenía apenas 18 años, y que dio sus primeros pasos como escritor justamente en el diario mural que dirigía Gamboa en el recinto de reclusión. Hoy, laureado escritor, Montealegre presentó el libro que Gamboa empezó a escribir en prisión y que, años mas tarde, en 1984, viera luz en forma de fascículos semanales que circularon junto con la revista Hoy.

El Gato desafiaba así nuevamente a la dictadura, y lo hacía como periodista, dijo Alejandro Guillier, otro de los presentadores, quien lo conoció justamente en esa época de la revista Hoy. “Escribía casi metido dentro de un closet, donde apenas cabía su escritorio y una vieja máquina de escribir. Cuando le dije: “pero cómo puede Ud. –el gran periodista, un gurú para nosotros, que empezábamos en estas lides- estar ahí, me respondió sonriendo: es que necesito espacio para pensar mejor”.

Alberto Gamboa es uno de los mejores tituleros del país, recordó Guillier. Una mezcla de candor, picardía e inteligencia emocional. Durante el tiempo del plebiscito de 1988, él dirigía Fortín Mapocho y al conocerse el resultado de la consulta, tituló en primera página:  “Corrió solo y llegó segundo”. Es sólo un ejemplo del estilo de este notable periodista, tan “profundamente humano” –en el mejor y más noble sentido en el que entendemos ese vocablo-. Un estilo que le da fuerza –de profunda humanidad- a este Viaje por el Infierno que nació gracias a la valiente decisión de su autor y de la revista Hoy de esos años, y que ahora, por primera vez, se presenta como libro gracias a la buena iniciativa de Editorial Forja.

Periodistas, políticos, el antiguo equipo de revista Hoy y muchos de quienes compartieron su ruta en Clarín, en el Estadio Nacional o en Chacabuco, se dieron cita esa tarde a la presentación. Y lo que es quizás más importante, también lo hicieron  periodistas jóvenes y futuros periodistas, que no habían nacido aún en el 73, pero que quisieron conocer de primera agua, la experiencia de este Gato.

En estilo periodístico, el autor relata su paso por esos centros de reclusión y tortura; cuenta cómo después de cada interrogatorio sus compañeros de celda lo recibían “en calidad de saco” y las angustias, incertidumbres y soledades que debieron soportar por largos meses en Chacabuco. Pero también relata el afecto, el compañerismo, la solidaridad de sus iguales; las actividades en que se organizaban para poder seguir viviendo y la alegría de la partida, cuando finalmente alguno era puesto el libertad… con el riesgo que ello implicaba pues, como una última tortura, generalmente eran liberados en el límite del toque de queda, con lo que quedaban expuestos de ser nuevamente detenidos o… muertos.

Por Myriam Saá Contreras

El Ciudadano N°81

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