martes, octubre 15, 2019

En el desierto puede comenzar un diálogo

“Solidarizo con el dolor y sufrimiento interno que durante muchos años (…) sigue vigente producto de que no se ha encontrado la verdad y la justicia”. El actual alcalde de Calama, Daniel Agusto, militante de RN, dice esto cuando asiste al emotivo acto que cada año organiza la Agrupación de Familiares de Ejecutados y Detenidos Desaparecidos Políticos de Calama (AFEDDEP) en el memorial ubicado en el lugar donde, en julio de 1990, y tras días, años, penas, energías, vidas buscando, encontraron los pocos restos materiales de los cuerpos de sus hijos y parejas. Al presentarlo, los asistentes comienzan a pifiar, pero Lorena Hoyos, secretaria de la Agrupación e hija de Rolando Hoyos Salazar, uno de los 26 fusilados por la Caravana de la Muerte hace exactamente 44 años, en Calama, cuando ella tenía nueve y le arrancaron de una vez a su padre y su niñez, pide respeto. La oyen y lo oyen. Quizás sea el desierto.

Cuando poco después habla el gobernador de Tocopilla, Sergio Carvajal, reconoce lo valioso de este  gesto y, en su discurso, le solicita al alcalde que se preocupe porque las personas de su sector político que tengan información, la entreguen a la justicia. Quizás comienza así un diálogo ese 19 de octubre de 2017, en plena pampa, alrededor de la fosa donde se encontraron los pocos fragmentos de quienes fueron fusilados 44 años atrás, a mansalva, pero en silencio, negando desde entonces los culpables sus acciones y sus culpas, así como el destino de sus cuerpos, haciendo que muchas de estas mujeres hasta el día de hoy añoren y/o crean ver a sus hombres de regreso.

Sueño lejano, pensamos cuando en la exposición que cada año realizan en la calle peatonal Ramírez del centro de la ciudad no faltan quienes las enfrentan y ofenden, las continúan enfrentando, ofendiendo, maltratando, denostando. Así como ayer les negaron los destinos y los cuerpos de sus hombres, el trabajo, hoy muchos de estos hechos son reflejo de una dictadura que fue exitosa no solo en asesinar, torturar y acallar, sino también en enfrentar y dividir a la sociedad y convertir el diálogo en algo parecido a una quimera, quimera que va adquiriendo ribetes de realidad en la noche del 19 de octubre, a 13 kilómetros del camino a San Pedro desde Calama.

Y es que los sonidos se oyen en el desierto. Las cosas se ven también de otra manera. Las proporciones se distorsionan, confunden. Los sonidos penetran y se graban fuerte. Los abrazos parecen más sentidos. Porque en dicho escenario se repite un acto que es ya una especie de ritual de memoria para conmemorar cada año el paso siniestro de la igualmente siniestra Caravana de la Muerte, en ese espacio se realizan acciones y se oyen palabras que no pueden aislarse del paisaje, espacio que carga además una historia única, pues allí se encontraron los escasos y pequeños fragmentos de restos que tras décadas de recorrer y “barrer” la pampa, haciendo caso a cualquier información y/o rumor, tienen de sus seres queridos. Con ese acto finalizan varios jornadas de conmemoraciones, que incluyen una homilía en el cementerio, una misa en la catedral, dos días de una exposición en el centro de la ciudad, un acto en el edificio corporativo de Codelco y una velatón en la plaza de Calama.

Días que marcan inexorablemente su calendario, un calendario propio. Porque para las mujeres (y algunos hombres) que conforman la AFEDDEP, cada año termina y comienza en octubre, con la memoria activada y movilizada con la vida cotidiana, pero también con las conmemoraciones en las que recuerdan, vuelven a recordar, la partida, detención, asesinato, negación, búsqueda de sus seres queridos, de lo que ocurrió con ellos, de sus trayectorias, de sus cuerpos, despiadadamente asesinados. Negados, escondidos, no solo por la Caravana de la Muerte y los representantes de la dictadura, sino también por gran parte de la sociedad, por prejuicios, errores y omisiones, las que, por ejemplo, los han hecho vivenciar varios “reconocimientos” y luego “desconocimientos”, pues los pocos restos materiales que lograron encontrar aquí, en la Quebrada del Buitre, estaban mal identificados. Por lo mismo, debieron intercambiarlos y luego, varias veces, exhumarlos, dada la existencia de nuevas técnicas, lo que ha hecho que, aparte de algunos entierros individuales, ya hayan tenido cinco funerales. Este 11 de noviembre sería el sexto (y el último pues con las técnicas actuales no se pueden obtener más identificaciones de los restos encontrados), porque hace poco llegó la última identificación de 13 personas, con material enviado el año pasado al laboratorio GMI de Austria. Entre éstas, dos que hasta el momento no habían sido identificadas: Milton Muñoz Muñoz y Carlos Piñero Lucero. Aún no se han identificado a otras dos de las personas asesinadas por la infausta comitiva: David Miranda Luna y Rafael Pineda Ibacache.

También por eso, cada nuevo año cuesta. Cuesta organizarse, duele recordar, volver a revivir los aciagos días en que sus vidas cambiaron “de golpe”. Cuando asesinaron a sus padres, hermanos, parejas, maridos. Destruyendo familias, sueños, confianzas. Escondiendo verdades, cuerpos, vergüenzas. Pero aunque les resulta difícil volver a revivir lo ocurrido, en la medida que transcurren las conmemoraciones de recuerdos duros, mezclados con los ideales y sueños, con días de felicidad inconmensurable, van poco a poco, a través de los mismos actos, cuando ven y sienten la participación, el cariño y apoyo de más gente, ojalá otros apoyos, fidelidades, rearmándose, soñando con posibles diálogos, sintiendo, como dice la canción que les hizo Víctor Manuel, que no están solas. Se van energizando, empoderando y, junto con el cansancio, el dolor removido, se notan satisfechas, realizadas, más tranquilas para comenzar el nuevo año con más paz, con un poco más de paz. Paz que este año deberá esperar un poco por lo del nuevo funeral, que las hace relacionarse con este estado anhelado de forma ambigua: nuevas identificaciones proporcionan quizás algo de paz, en especial a los familiares de quienes no habían sido identificados, pero también remueven dolores y dudas, cansancio y perturbación por volver a abrir los nichos y los osarios, volver a cerrarlos, volver, o continuar, llorándolos, volver a verse enrostradas con la evidencia y desesperanza, con la imposibilidad de poder tenerlos algún día enteros. Aunque sea muertos, pero enteros.

Por Yael Zaliasnik

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