La discriminación y [email protected] niñ@s


Por mucho tiempo la discriminación en Chile se asoció a la desigualdad económica, lo que invisibilizó  su impacto de anulación de los derechos fundamentales de mujeres y hombres, sin distinción de edad.

La creación del departamento de la No Discriminación, canalizado a través de la División de Organizaciones Sociales del Ministerio Secretaría General de Gobierno, ha permitido instalar el tema –aunque muy tibiamente- en la agenda pública nacional.

No obstante podemos apreciar a diario que la discriminación es una práctica común ¿Acaso no hay comunas cuyos habitantes se consideran delincuentes, colegios cuyos niños se sabe que no asistirán a la universidad, familias que, pensamos, jamás saldrán de la situación de desmedro en la que se encuentran? Cabe preguntarse ¿Qué es la discriminación?

DISCRIMINACIÓN Y DESIGUALDAD

Según la abogada Patricia Palacios, el vocablo alude a uno de los derechos que el estado debe proteger, protección que se entiende desde el reconocimiento universal de los derechos inherentes al ser humano: “las normas internacionales al respecto no obligan al estado a lograr una estricta igualdad de trato hacia las personas, sino que se requiere que las personas sean tratadas sin discriminación”.

Mas esta protección se dificulta al no consignarse en los grandes catálogos universales qué se debe entender bajo la locución discriminación.

En palabras de Palacios, la discriminación tiene directa relación con la desigualdad: ella viene a ser  “una especie de corolario negativo y práctico de ese principio”.

DESIGUALDAD Y BIENESTAR

El norteamericano Ronald Dworkin lapidariamente nos dice: “La igualdad es la especie en extinción de los ideales políticos”.

Este jurista enfoca la desigualdad desde la mirada de los recursos y el bienestar; sin embargo, advierte que esta descripción “es muy abstracta y muchos ideales diferentes se pueden ordenar en torno a estos dos objetivos generales. De hecho, la igualdad del bienestar (irle bien y estar bien) se puede interpretar de diversas maneras”.

De la última expresión de igualdad –referida a bienestar-, concuerdo con este docente al señalar que no alude a la capacidad de las personas para obtenerlo, pues se busca una igualdad en recursos personales e impersonales propios del individuo. “La diferencia entre estas metas igualitarias es profunda: es la diferencia entre una nación de iguales y una nación de adictos”.

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LA DISCRIMINACIÓN ANULA, MATA Y MARCA PARA SIEMPRE

Para el equipo del Centro Nelson Mandela, que trabaja con niñas, niños y jóvenes de la comuna de Renca, región Metropolitana, el objetivo de una sociedad civil y comunitaria debiese ser “la vida en pluralidad y democracia, incorporando el respeto a las diferencias como parte constitutiva de la modernidad”, todo ello desde los ejes participación y responsabilidad ciudadana.

Cuando hablamos de desigualdad en los términos antes propuestos –y por ende de discriminación-, aparecen a colación todos aquellos grupos humanos en los que hemos enfocado la mirada discriminatoria, sean minorías sexuales y étnicas

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Pero hay muchos otros grupos que, bajo la perspectiva de la que hablamos, viven la discriminación y no son conscientes de ello. Esto es un mecanismo de operación en la existencia de la discriminación: “La invisibilidad, la ‘naturalización’  de las conductas discriminatorias”, que sólo es posible por ser la discriminación una conducta que nunca se ejerce sobre sectores poderosos de una sociedad.

¿QUÉ PASA CON LOS NIÑOS?

Uno de los grupos humanos discriminados más invisibles en la comunidad es aquel conformado por niñas, niños y jóvenes, puesto que muchas veces no están en pie de exigencia de aquellos derechos reconocidos como inherentes al ser humano.

Caso para ejemplificar es el de Renca: con una población infantil equivalente al 22,62% de la cantidad total de habitantes de dicha comuna10, tiene una oferta programática que trabaja el tema de vulneración de derechos de infancia y juventud que no supera los 500 cupos.

Renca es una de las comunas más menesterosa de la región metropolitana, con cerca del 19% de su población en situación de pobreza12 -unas 25 mil personas-, y más de 30 mil niños13 a su haber. Si sólo hay cuatro programas para la protección de la infancia y no existe OPD, cabe preguntarse ¿Qué sucede con la voz de niñas, niños y adolescentes? Si no hay espacios de protección donde se puedan hacer valer los derechos de este grupo invisible ¿No hablamos de discriminación?

Karen Zelaya Latham

El Ciudadano

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