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Zamudio: Pobre, loca, triste

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El pasado domingo 29 de marzo, por el canal de todos los chilenos, se estrenó la tan esperada serie nocturna “Zamudio”, la cual relata la vida y prematura muerte del joven Daniel Zamudio, asesinado a manos de un grupo de neo nazis, en marzo del año 2012.

El revuelo causado por la crudeza de la serie no dejó indolentes a los bulliciosos espectadores, quienes atónitos comenzaron a comentar su descontento por las imágenes y mensajes que la serie estaba entregando, tanto del mundo gay, como de la vida de Daniel. Ciertamente hubo quienes aplaudieron lo ajustado a la realidad y a los hechos que resultaba la serie, mientras otros argumentaban diciendo algo como “ahora pensarán que todos somos iguales”.

El problema, para mí, no radica en cuan verosímil sea o no la serie hecha por TVN, sino por la imagen social que se ha formado, desde hace tres años, con la vida y la persona de Daniel Zamudio. Su adjudicación como bandera de lucha y su posicionamiento como mártir, por parte de las agrupaciones defensoras de los derechos de la diversidad de sexual.

Ciertamente, desde el día en que la golpiza a Daniel fue dada a conocer por parte de los medios de comunicación, se levantó una estrategia comunicacional por parte de grandes organizaciones de la diversidad sexual y por algunos, hasta ese entonces, no tan grandes. Hablo del Movilh por un lado y de Iguales por otro. Un motivo único tenían, lograr el posicionamiento que no poseían desde hace muchos años atrás y de pasada, para la fundación incipiente, hacerse conocer mediáticamente.

El discurso y los slogans no cesaron posteriores a la muerte de Daniel. Las fundaciones comenzaron a levantar diversas acciones, todas ellas aglutinadas sobre el fervor de aprobar una ley que llevaba dormida muchos años en el senado, la Ley anti discriminación. La utilización de chapitas, la recolección de firmas, la toma de fotos con carteles alusivos, los hashtag y las fotos de perfil fueron la tónica de lo que ellos, malamente, llamaban movimiento social.

Dentro de esto, Daniel fue una figura pública para ellos. La imagen de su muerte fue asignada a todos y todas quienes participaban y se sentían representados en la diversidad sexual y sus fundaciones. Su vida, su realidad y su muerte, fue idealizada. Como algo que le podía suceder a cualquiera, como alguien que era “como nosotros”, “como uno” o “como ellos”.

La realidad distaba del gesto. Las fundaciones estaban movilizadas y, con ellas, un centenar de personas que se agolpaban en grandes manifestaciones callejeras que nutrían y daban fisionomía a lo que, hace años, se llamaba Movimiento de diversidad sexual. Todo el auge y efervescencia buscó una catalización inmediata por parte del gobierno a este descontento social que se estaba dando a conocer. En efecto, la promulgación de la Ley N. 20.609 (más conocida como Ley Zamudio) el 12 de julio de 2012, apaciguó la efervescencia o “rabia” que tenían las fundaciones. Tanto es así, que el presidente Sebastián Piñera, con su discurso del 21 de mayo de 2012, logró sacar aplausos de la directiva del Movilh y apoyo firme de los altos mandos de Iguales.

Con este posicionamiento y el auge hacia la figura de Daniel, comenzó a germinarse aquello de lo que hablamos párrafos atrás. Tal pareciera que, dentro de las acciones filantrópicas de las organizaciones de la diversidad sexual, subterráneamente ocurría algo inesperado, el distanciamiento sideral entre aquella figura construida como un mártir de las fundaciones y la realidad de un joven que fue golpeado en un parque de Santiago. Trágica y paradójicamente, estamos hablando de la misma persona.

Pareciera ser, que con la ascensión de la figura del mártir, descendió la figura del escandaloso, del bailarín y del intenso. Las fundaciones, dentro de sus líneas editoriales, obviaron y dejaron de lado, todo aquello que no entraba dentro de sus directrices morales y éticas. Jiménez y Simonetti levantaban la sensibilización al más puro estilo de la tolerancia y el respeto, pero ¿conocían de quien se estaba hablando?

De esta manera, se obviaba aquello de lo que ellos no se harían cargo, aquello que mediáticamente no era atrayente o simplemente, aquello que no aceptaban. Las fundaciones comenzaban a callar respecto a su condición socioeconómica, a sus fracturas familiares, un tanto bajo el alero de que respaldaban el dolor de su culposo padre y otro tanto, ya que ¿cómo sería posible que defendieran e hicieran notar su condición socioeconómica si sus canales de acción no hacen nada en ayuda de aquellos que comparten la misma condición que él? si fuésemos un poco más suspicaces pensaríamos ¿acaso no caerían en un error metodológico grave, al hablar que Daniel era pobre y a la vez no hacer nada por las personas que viven donde él mismo vivía?.

Para algunos probablemente, frente a la atrocidad de los hechos que sufrió Daniel, su condición socioeconómica pasaría a un segundo plano ¿Pero cómo lograríamos entender a un joven que deseando ser modelo estaba sentenciado a trabajar en Estación Central? ¿Qué gravitación encontraremos en sus encuentros con uno de sus victimarios fuera de Blondie? ¿Esta historia sería distinta si la paliza de odio recibida por Daniel no hubiese ocurrido en un lugar tan clandestino como un parque en el corazón de Santiago? Ciertamente, una pieza de este puzle tiene que ver con esto que intentamos desarrollar. Desgraciadamente, ni las motivaciones de Movilh, ni el enfoque de Iguales, están puestos en lograr entender y comprender la gravedad de la discriminación en situaciones de vulnerabilidad económica. Por el contrario, seducen mediáticamente a la sociedad civil mostrando hombres y mujeres profesionales, exitosos y con “buen gusto”, de tal suerte que entre lo indecoroso que puede resultar ser homosexual o lesbiana para algunos, resalten sus virtudes y condiciones económicas y sociales. Eso, para gente como Daniel, no era una posibilidad.

De igual manera, ningún medio de las fundaciones comentaba o hacía alusión a sus características, sino más bien, lo intentaban pasar como si fuese un gay “promedio” que cumplía con el standard que la sociedad (y ellos) dibujaban para los homosexuales. Bajo los argumentos que “no es relevante” o “No importa”, se invisibilizó aquella realidad efervescente e intensa que cubría al joven asesinado. Aquella característica que, a ojos de un gay, lo podía convertir en “afeminado”. Desde acá, Zamudio dejaría de pertenecer a la norma que ellos mismos dibujan. Detrás de sus jeans ajustados y sus zapatillas converse resaltaba un colita que “se le notaba”. Pero una vez más, ¿Cuál sería el motivo de las fundaciones para hablar de esto, si lo que más respetan y veneran es la norma social? Ciertamente resulta difícil dibujar, desde la muerte de Daniel, acciones que vayan enfocadas hacia el respeto de quienes viven su orientación sexual de manera libre, si desde la realidad las fundaciones levantan rostros varoniles y discretos que portentan una imagen “como uno” dentro de los heterosexuales. La pregunta que nos asalta es ¿Cómo sería el abordaje de la “hombría” o “poco hombría” desde la figura de Daniel, si el trabajo sistemático de las fundaciones está enfocado hacia la normalización y equiparamiento de la conducta homosexual frente a los heterosexuales? Otra vez, el Daniel que fue mártir vence al Daniel que vivió entre nosotros.

Hasta acá, con todo lo dicho, logramos entender que existe un impasse o ruptura con la figura del joven Daniel Zamudio. Desde su construcción como un símbolo de la lucha de la diversidad sexual hacia la dicotomía de esta construcción en razón de la realidad de Daniel. Apreciamos como se formó intersticialmente una idea y visión, en base a un hecho trágico, de un Joven homosexual. Pero que a su vez, sigue conviviendo con la realidad del joven, que no lo anula, sino que lo transforma y moldea.

Esta modelación es la que explica la escandalización moral que se ha visto desde las redes sociales, siendo la muestra clara de aquello que hemos venido esbozando. En donde, si bien se conoce y defiende al sujeto violentado y posteriormente idealizado por las fundaciones, paralelamente se le sentencia y prejuicia, en base a los hechos conocidos. En tanto sienten el dolor de su tragedia, condenan y reprochan sus acciones.
Esto nos hace pensar, que las personas no han conocido completamente al sujeto real que era Daniel Zamudio. Las personas conocieron aquella maqueta armada y vendida por parte de las agrupaciones de diversidad sexual y que, de pasada, vendían una carga moral impositiva que hoy, hace que muchos gays intenten tomar distancia de aquello que se puede mostrar como “grotesco”, “amujerado”, “promiscuo” o “suelto” dentro de la serie.

No deja de ser alusivo además, que frente al inicio de la serie, los representantes de las agrupaciones de diversidad sexual mantengan un dialogo al margen respecto a esta realidad latente. Por un lado, Larraín afirma que le parece muy bien la realización de la serie, pero al hablar de discriminación social combinada (es decir, ser gay y pobre o gay y negro, por ejemplo) tan solo nos menciona la mentira del protagonista respecto a donde vivía, como si el mentir por nuestro lugar de residencia fuese lo más crudo o urgente respecto a discriminación, sin si quiera hacer un noble esfuerzo por empatizar con la condición del protagonista (o de los miles de jóvenes LGTBI que viven en el mismo sector que Daniel). Por otro lado, Jiménez ha sido conocido por sus dichos contra los afeminados, mientras el Movilh lanza tweets, dando cifras estadísticas comparadas, antes y después de la muerte de Daniel. Como si el problema de la discriminación y la homofobia fuera un problema de números y no de vidas.

Sin lugar a dudas, muchas de las críticas hoy están confinadas en estereotipos y en normas morales que siguen estando impuestas. Pero, desde la relegación de las figuras vendidas, podemos acceder a la realidad de los sujetos y de las personas, y con ellos, adentrarnos en aquella veracidad y sinceridad sobre la cual podemos construir respeto. Palabra que, dicho sea de paso, ha sido muy manoseada por estos mismos grupos a los que tanto, lamentablemente, nos hemos referido.

Hacia el final de esta polémica, la única forma de salvar y superar este impasse o ruptura ya mencionada, es acercándonos lentamente hacia las concepciones entablilladas por los grupos de influencia antes mencionados y desarraigar aquello que nos han hecho pensar y creer, no tan solo respecto a este tema, sino en una gama de asuntos que, futuramente se podrían revisar.

Juan Ignacio Cisterna Bahamondes.
Estudiante 5to año
Pedagogía en Historia y geografía
UMCE (Ex –pedagógico)

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