Musas

La Inhumana nos cuenta como va tatuando sus sueños a través de las agujas, los retos y problemas a los que se enfrenta una artista de la piel
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Artes / México / Puebla

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Por Ameyalli Sarmiento Ramírez

Porque el tatuaje ha existido desde siempre a través de los huesos animales y tintes vegetales, el handpoke es técnica tatuadora inspirada en lo antiguo y tradicional. Usa meramente la aguja esterilizada: recoge tinta con la punta y la inyecta en piel, punto por punto el trazo toma forma, figura, garabato o atropello, dependiendo de la propia identidad del autor.

La tendencia clasista y sesgada de asociar personas y tatuajes con ladrones, drogadictos, asaltantes, asesinos, estudiantes de humanidades, malandros; se desvanece con la generación emergente, el requisito de haber pasado por la juventud y entrar en carrera, trabajo o adultez. El hacerlo es un lujo; aquí la tarifa depende del tamaño, el diseño, y la necesidad económica del tatuador, dos centímetros, doscientos ochenta pesos, ahí vamos.

Está entonces la cafetería Musa, 2 oriente 809, centro. Avancé a la entrada armada con mi cuaderno y un lapicero, me quedé esperando por el medidor de temperatura y gel antibacterial pegajoso, costumbre que adquirimos todos desde que estamos en pandemia. Como nadie vino seguí por el local escaleras arriba, puras mujeres tatuando; puras morras de veinte años haciendo su arte y echando desmadre. Dicta el glamur de medias de red en los brazos, los ojos delineados estrambóticos, todas vestidas con tintas, estampadas sobre sí de su propia mano diseños en negro y a color. Ninguna tiene estudios en arte, sacan su trabajo adelante, aprendieron primero por su cuenta y luego entre ellas, compartiendo técnicas, consejos, links de YouTube. Se respira un aire feminista mientras el grupo me da la bienvenida, como también soy morra me sentí amenizada.

Elegí de entre tanto repertorio un diseño que fuera chico y fui a esperar por Jael, la Inhumana, quien es parte del colectivo y se sirve de la religiosidad de su método: uno a uno saca la indumentaria para empezar a trabajar, coloca la vaselina en la mesa emplayada, la tinta, la aguja esterilizada, el jabón quirúrgico, el esténcil. “El plan es vivir de esto, empecé a tatuar en la pandemia, pero todo está caro, luego no quieren pagar bien por mi trabajo, hay banda que lo deja muy barato, más de lo que debería, eso nos deja mal a todos. Creo que me voy a tardar contigo como media hora porque está chiquito el diseño. El mínimo que cobro es trescientos, pero en bazares como éstos tengo que hacer descuentos. ¿Los bazares? Sí, con frecuencia vamos, te tienes que mover mucho, porque si no te mueves no hay jale. Entonces sí hay que moverse mucho y producir mucho, porque todos los diseños son míos, no tatúo otras cosas por respeto al artista, todos estamos tratando de subsistir en el medio”. Me siento como con una amiga, una compañera de la escuela, ¿qué tan distintas?, ¿Qué tan parecidas somos?

Una vez puestos los guantes, desinfectó mi dedo, la zona de piel designada, abrió el paquete de la aguja, tinta en punta comenzó a pinchar.  “Me daba miedo empezar a trabajar, pero ya me urgía. Sí es necesidad, pero me divierto. Disocio mucho, pero esto me hace prestar atención. Si te duele mucho me avisas ¿eh?”. Le costaba acomodarse a la luz, intentaba no hacer sombra. “Y es que ese es otro tema, me gustaría abrir mi propio estudio, trabajar en un estudio es más fácil, no te tienes que estar adaptando al espacio como hoy, además ganas mejor, doscientos ochenta pesos no alcanzan ni para una caja de guantes”.  El esténcil se me quedó adherido, ella pasaba una y otra vez vaselina o crema para borrarlo y nada. “Si se quedó pegado ¿verdad?, ahorita se quita. Pero empecé a tatuar porque me gustaba ver a la gente tatuada, igual y dibujo desde siempre, pero lo dejé porque no me sentía tan buena como la demás banda, hasta hace poco retomé.” Sentía el pinchazo sobre lo pinchado, la mano adormecida y el calor bajando por mi brazo unido al emplaye, el dedo no lo sentía ya. “Igual y si quieres descansar me avisas. Sí, está muy feo moverse en la ciudad ¿verdad? Y más para nosotras; yo voy en patines, imagínate, si no respetan a los ciclistas, menos me van a respetar a mí, ¿el gobierno? Todo lo manejan como les da su regalada gana, la política no me interesa, yo lo que quiero es hacer de una furgoneta mi hogar y viajar, a cualquier lugar, da igual, como hacen los nómades”.

Mientras el dedo se me enrojece pienso en que Jael se sabe libre porque no distingue colores ni partidos (no ha primera vista), porque decide ser tatuadora en vez de empleada, porque lo único que la ata a la ciudad es la violencia. Al final del día todos estamos sometidos a una ideología que creemos propia. Tenemos convicciones. Queremos un planeta limpio, compartimos un destino en común, “marchamos solas”, somos marginales de un sistema que se reproduce.

Como el tatuaje, escoger un modo de vida puede doler, pero es tu elección, y toda elección libre te adorna. Hora y media después habíamos terminado. Pagué el servicio con una trasferencia directo a su cuenta, recogí mis cosas y me despedí de La Inhumana, quien me devolvió el gesto con su mano. Se me hinchó el dedo.

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Foto: Pinterest

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