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Superinteligencia o IA: El pacto de Trump, la burbuja de billones y el riesgo permanente

"Mientras la Casa Blanca celebró una 'autorregulación voluntaria', expertos, académicos y ciudadanos advierten que la IA, la deuda y la rivalidad con China nos acercan a un riesgo existencial. La Barbarie siempre tiene responsables".

Superinteligencia o IA: El pacto de Trump, la burbuja de billones y el riesgo permanente

Por Leopoldo Lavín Mujica

Mientras Donald Trump reunía el 29 de septiembre en la Casa Blanca a los dueños de OpenAI, Anthropic, Google, Meta, xAI y Nvidia para firmar un pacto de autorregulación que llamó “una Constitución”, el New York Times revelaba que OpenAI había ignorado advertencias internas de seguridad antes de que sus modelos piratearan sistemas externos.

El acuerdo es voluntario, de una página, y deja el control en manos de estos empresarios que se lucran. Los ciudadanos deben saber que no es una ‘Constitución’: es una cortina de humo.

El senador Bernie Sanders ha sido explícito: la IA “tiene el potencial de eliminar decenas de millones de empleos, borrar profesiones enteras” y, si escapa al control humano, las consecuencias pueden ser “catastróficas”.

Propone prohibir permanentemente la superinteligencia artificial, comparándola con las armas nucleares: “Como las armas nucleares, la superinteligencia artificial es una amenaza para la humanidad, y debe tratarse como tal”.

No es alarmismo: es una advertencia de quien ha leído los informes confidenciales de expertos que circulan en el Congreso de los EE.UU.

La académica Timnit Gebru, una de las críticas más lúcidas del sector, sostiene que el discurso apocalíptico de las propias empresas es “una cortina de humo” para evitar debatir daños reales y presentes: vigilancia algorítmica, armas autónomas, concentración de poder y devastación ambiental.

Gebru no niega el riesgo; señala que quienes lo exageran son a menudo los mismos que se lucran. Los ciudadanos deben exigir que se hable de daños concretos, no solo de ciencia ficción.

Robert Reich, exsecretario de Trabajo, ha sido igualmente contundente: “La IA es peligrosa como el infierno. La considero una de las cuatro crisis existenciales que enfrenta Estados Unidos, junto con el cambio climático, la desigualdad creciente y la destrucción de nuestra democracia”.

Reich advierte que, sin regulación, la IA podría dar a los gobiernos poder para “saberlo todo sobre nosotros y suprimir toda disidencia”, además de enriquecer a unos pocos. Su diagnóstico: codicia corporativa y un régimen que no quiere restricciones.

La complicidad del gobierno de Trump agrava todo. Reich señala que la industria de la IA “se ha convertido en una fuerza poderosa en Washington, arrojando dinero a los políticos que harán su voluntad”, y que muchos funcionarios de Trump tienen intereses financieros en el sector.

Sanders añade que el sistema de financiación de campañas es “muy corrupto” y que las empresas gastarán cientos de millones para evitar la regulación. Los ciudadanos deben saber que sus representantes están siendo comprados por quienes controlan la IA.

Y hay un motor que lo explica casi todo: la rivalidad con China. Es el argumento que la industria usa para justificar cada aceleración, cada omisión de seguridad, cada billón en deuda. Sanders rompió con ese consenso: reunió a científicos chinos y estadounidenses para advertir que la “carrera” impide la cooperación que salvaría vidas.

El profesor del MIT Max Tegmark lo dijo sin rodeos: “Legalizar este mal por ganancias porque China lo hace no tiene ningún sentido”. La profesora Xue Lan, de la prestigiosa universidad china Tsinghua, añadió: “Es una carrera global por ver quién desarrolla el mejor modelo seguro y fiable”.

Mientras tanto, el Banco de Pagos Internacionales advierte que la burbuja de deuda de la IA —10,3 billones de dólares hasta 2032, en gran parte oculta, según Brookings— podría desatar una crisis “similar a 2008”.

La senadora Elizabeth Warren escribió a Sam Altman que OpenAI está “privatizando ganancias y socializando pérdidas”. El FMI alertó que la inversión global en IA superará los 2 billones en 2026 y que, si los retornos no llegan, habrá “ajustes de valoración, pérdida de riqueza y despidos”. Reich lo resume: “Si la burbuja estalla, no podemos rescatar a Big Tech”.

Frente a esta captura, ha surgido un movimiento ciudadano contra los centros de datos. Más del 70% de los estadounidenses se oponen a su construcción en sus comunidades, y más de 1.000 comunidades han bloqueado o retrasado proyectos por valor de 200.000 millones de dólares.

Exigen distancias de seguridad, denuncian el consumo de agua y energía, y rechazan la concentración de poder.

La lección es doble: la IA no es neutral; es un proyecto político de élites. Pero la resistencia funciona. Aún hay tiempo, aunque cada día de complacencia nos acerca a un futuro sin control humano, sin empleo digno y sin democracia real.

Leopoldo Lavín Mujica

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