Convergencia Estudiantil ayuda a Peralillo

Los días viernes 5 desde las 15:00 hasta las 20:00 hrs, sábado 6 y domingo 7 de marzo en la casa Ukamau (ubicada en la Población Santiago 1, pasaje 37) desde las 11 a las 20 hrs


Autor: Wari
05/03/2010

Los días viernes 5 desde las 15:00 hasta las 20:00 hrs, sábado 6 y domingo 7 de marzo en la casa Ukamau (ubicada en la Población Santiago 1, pasaje 37) desde las 11 a las 20 hrs. se estarán recibiendo donaciones para ser llevadas a la comuna de Peralillo ubicada en la VI Región. En este lugar la situación es crítica pues el 90% de sus casas han sido destruidas por el terremoto, además se encuentran sin agua ni luz, y las comunicaciones son nulas. El relato de una periodista oriunda de esa localidad nos sitúa en lo que se vive en aquel lugar.

Debido a lo escasa de la ayuda que ha llegado al lugar, como Convergencia Estudiantil enviaremos una comisión que lleve las donaciones directamente, la que además se quedará para prestar ayuda en el lugar.

Quienes deseen cooperar deben comunicarse directamente con Convergencia Estudiantil o con alguno de sus miembros.

Por las condiciones del lugar, se estará recolectando ayuda de todo tipo y principalmente:

• alimentos no-perecibles
• ropa de abrigo y frazadas
• carpas o plásticos, etc.

De antemano muchísimas gracias

Convergencia Estudiantil
[email protected]
www.convergencia-est.blogspot.com

UN TRISTE RECORRIDO POR MI PUEBLO

Un periodista, por lo general, no escribe en primera persona, sólo lo hacen los grandes de las letras y yo estoy lejos de serlo; sin embargo, en esta ocasión lo haré, no porque haya crecido en la escala profesional, sino porque la ocasión lo amerita. Hoy relataré una de las historias más tristes de mi vida, un hecho que impactó a mi pueblo, a mi gente, a mi Peralilo.

Ocultar información

Los padres, en su afán constante de proteger a los hijos, tienden a “omitir información” y los míos suelen hacerlo. Tanto los conozco que cuando sus llamadas duran menos de cinco minutos o sus respuestas son evasivas es que algo me están ocultando.

“Mamá, cómo están, les pasó algo, cómo está la casa” pregunté en el primer contacto telefónico que puede establecer el fatídico día. “Todos bien, no te preocupes, no nos pasó nada y en la casa sólo se quebraron un par de cosas. Nada grave”. Me quedé tranquila, aunque no convencida.

Dos días después y en un nuevo contacto telefónico, el discurso cambió. El “está todo bien” fue reemplazado por un “estamos mejor, pero el pueblo es un pueblo fantasma”. Ya no me gustó el panorama y mucho menos sentir la voz quebrada y las lágrimas de mi madre.

Tras recibir un llamado teléfono de Pilar anunciando que no debíamos volver a trabajar hasta el viernes, partí al terminal de buses en busca de uno que me trajera a Peralillo. Las cuatro horas de viaje aumentaron en dos y esos 120 minutos extras fueron millones de segundo sumados a mi incertidumbre.

“En Pérez Brito, por favor”, dije al auxiliar. Él tomó mi bolso rojo y me preguntó “¿usted es de Peralillo?”. “Sí, pero no vivo aquí, vengo a ver a mis papás”. “Uy, Peralillo es el pueblo que quedó en peores condiciones”. Estuve a punto de decirle gracias por la noticia, no se imagina lo que me alienta, pero cayé…

Las cuadras a mi casa fueron terribles. Ya el trayecto me lo anunciaba: tejas en el suelo, casas destruidas y gente en las calles. Pensé lo peor. Unos árboles cubrían la fachada de mi casa, lo que me impedía verla.
A lo lejos diviso a mi mamá que camina hacia la puerta, como presintiendo mi llegada. Dejo los bolsos en el suelo, la abrazo, llora… “No te preocupes, ya pasó, no les pasó nada y arreglaremos todo”. Nuestros roles se habían invertido, de hija pasé a ser madre, pero no importa, porque nuestros roles, invertidos o no, son de esos que ni los terremotos destruyen.

A los minutos veo a mi papá entrando con el arquitecto del pueblo, quien recomienda romper parte de la fachada para que no se caiga parte del segundo piso.

Finalmente comprobé que “la omisión” sigue siendo parte de la naturaleza de mis padres y que el “se trizaron los pilares” no era sólo eso, sino que lo que se había trizado eran sus almas al ver que parte de su casa estaba herida y que su pueblo destrozado.

El circo noticioso

“Y dónde está la luna”, preguntó mi mamá ante la propuesta de mi padre de salir a recorrer el pueblo. “Ya debe estar por salir, porque todos estos días nos ha acompañado”, dijo él mientras me mostraba su super linterna heredada de don Luis Díaz Munita, su ex jefe de Soquimich.

Salimos a recorrer lo que quedaba del pueblo. En la medida que avanzábamos mis papás me hacían un completo informe del estado de cada una de las viviendas, negocios y familias de la comuna.

Caminábamos por la calle de la Taberna, el primer pub que existió en Peralillo y el que fue testigo de mis primeras salidas nocturnas, cuando me detuve a pensar en cómo describiría a mis hijos Peralillo, si ya no hay rastro del pueblo que me vio y vi crecer. Pregunté a mi papá sobre la respuesta que debía dar y sabiamente respondió “deberás mostrarle las fotos que tenemos, las fotos antiguas de diferentes lugares”. Claro, menos mal que mi papá atesora distintas imágenes de lugares de la comuna, las que me ayudarán con mi relato.

Seguimos recorriendo las calles con linterna en mano y a nuestras espaldas la luna, la que por fin se había dignado a acompañarnos en la ruta. Llegamos hasta “la avenida”, la calle principal, “el centro” como los peralillanos le solemos decir. Ahí, como cada verano, se encontraba la carpa del circo, pera esta vez no nos estaban haciendo reír los payasos, sino que era Consuelo Saveedra quien contaba lo que estaba sucediendo en distintas zonas de nuestro país.

Ingeniosamente los circenses, únicos con generador de luz, pusieron en la calle un televisor y sintonizaron televisión nacional, de manera de que la comunidad se informara. Esto me hizo sentir que era la píldora que les haría pensar que no éramos los más afectados.

Les pedí a mis papás que no nos detuviéramos, ya que bastante tenían con ver a su pueblo destrozado como para ver las impactantes imágenes que a diario nos mostraban los medios de comunicación. No se trata de desconocer lo que pasa, sólo de hacerles menos dolorosa la noche.

La reconstrucción de mi vida

Anoche, tras la seguidilla de temblores, los que no me permitían conciliar el sueño, me puse a pensar en mi Blog, el que quedó varado hace casi un año atrás en las costas de Puerto Montt. Siempre pensé que lo sacaría a tierra firme, cuando pasara algo que me volviera a electrizar y éste es el momento: el terremoto del 2010.

En ese estado de insomnio construí cada una de las historias que formarían parte de las nuevas entradas, pero esas historias necesitarían estar acompañadas de imágenes, las que plasmarían el antes y después de mi pueblo.

Me levanté temprano y con cámara en mano salí a recorrer aquellos lugares más significativos de mi vida: las casas de mis compañeros de colegio, las casas de amigos, la casa parroquial, la iglesia, los negocios en los que nos fiaban, la casa de la cultura, la municipalidad, los pub, entre otros.

A medida que graficaba esa parte de mi vida, me daba cuenta que habían miles de personas que ni siquiera cuentan con el registro gráfico de las suyas, porque tras su historia sólo hay escombros. Está bien, las casas son antiguas, el adobe estaba a punto de caer, pero eran sus casas… Mientras recorría las calles cubierta con mi sombrero negro y mis grandes gafas se me acercó un caballero en bicicleta, se detuvo a mi lado y me dijo: “¿cómo está su papito, le pasó algo?”. Me saqué los lentes para responder a su pregunta y saciar su curiosidad llena de preocupación. Conversamos un rato y siguió con su ruta y yo con la mía.
Si me preguntan quién es, simplemente no lo sé, nunca lo había visto, o al menos, que lo recuerde. Lo importante es que él sí me conoce, porque yo soy parte de su historia, así como hoy él está siendo de la mía.

Mi facha de “periodista alternativa” para Peralillo hizo que varias personas me invitaran a ver sus casas, a fotografiar lo que quedaba de ellas, pero no quise, ya bastaba con la invasión que estaba haciendo de sus exteriores, como para -además- “robarles el alma”. Lo agradecía infinitamente, pero me bastaba con sus palabras. Si sé, soy periodista, pero también peralillana y hoy estoy aquí como eso.

Esto sigue, vamos a ver qué pasa. Se espera que no llueva y que el gobierno mande pronto las media agua, aunque sinceramente no sé si esas personas se sentirán cómodas en esos pequeños espacios, después de haber vivido toda su vida en grandes casas de adobe.

Hoy, a mis 30 años y con dos terremotos en el cuerpo, siento que éste me marcó, porque no sólo veo lo que pasó, sino porque logré sentir el dolor de mi Peralillo.

Por Carmen María Baeza

Foto: elrancahuaso.cl

El Ciudadano


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