es Spanish

11 de septiembre de 1973: Cuando Chile perdió

“Al volver a mi oficina ya no teníamos radios, la aviación había bombardeado sus plantas transmisoras y sólo seguía en el aire Radio Magallanes, a través de la cual el Presidente Allende envió su último mensaje al pueblo de Chile”

El 10 de septiembre fue un día bastante agitado en Santiago, a raíz de las diversas manifestaciones que se registraron tanto a favor como en contra del Gobierno. Al mismo tiempo, circulaban toda clase de rumores y para el día siguiente se preparaban otras dos marchas, con sus respectivas concentraciones.

El presidente Allende se retiró de La Moneda ese día más temprano que de costumbre porque tenía varias reuniones esa noche en la residencia oficial. Había resuelto dirigirse al país al día siguiente para plantear una salida al problema generado en torno a la creación de las tres áreas de la economía.

Al mismo tiempo, desde las sedes provinciales de la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la presidencia, se informaba de un importante tráfico de camiones militares que se dirigían a Santiago, pero no se lograba determinar el motivo. Ya de madrugada, a las autoridades provinciales se les comunicó que se trataba del traslado de militares como medida preventiva para evitar confrontaciones en los actos a desarrollarse en la capital…

Mientras, en Tomás Moro se trabajaba en el discurso que dirigiría al país el presidente Allende, anunciando la realización de un plebiscito en torno a la creación de las tres áreas de la economía. Se encontraban allí el ministro del Interior, Carlos Briones, y el de Defensa, Orlando Letelier, así como los periodistas Augusto Olivares, director de Televisión Nacional, y Carlos Jorquera, adscrito a la Secretaría Privada del presidente.

Briones se había reunido previamente con el presidente del Partido Demócrata Cristiano, Patricio Aylwin, para tratar la situación de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones, e informarle al mismo tiempo que el Presidente Allende pronunciaría un importante discurso al día siguiente, sin señalar el tema y como una deferencia en función de las reuniones sostenidas entre el mandatario y el timonel de la Democracia Cristiana.

A las 7 de la mañana recibí en mi casa una llamada de Jorge Timosi, corresponsal jefe de Prensa Latina, que preguntaba si el Presidente Allende ya estaba en La Moneda. Le respondí que seguramente sí, llamé a una de las periodistas adscritas a la Secretaría de Prensa, le pedí que me pasara a buscar y en el camino escuchamos la proclama de los golpistas. A las 8 de la mañana entramos a La Moneda. Los carabineros de la guardia permanente que había allí la rodeaban en actitud de defensa.

Después de confirmar que estaban en el aire las radioemisoras que respaldaban al Gobierno, fui hasta la oficina del Presidente y le pregunté si estaba de acuerdo en que les pidiera que se mantuvieran conectadas, dijo que sí, le consulté si había algo en particular que decir y su respuesta fue: “Sí, hay que decir que esto ocurre cuando la armada norteamericana está a tres millas de las costas chilenas”.

Cabe señalar que la marina chilena se había negado en forma persistente a participar en esas operaciones, hasta que no pudo seguir resistiéndose y la noche anterior sus barcos zarparon de Valparaíso, pero regresaron para incorporarse al golpe.

Al volver a mi oficina ya no teníamos radios, la aviación había bombardeado sus plantas transmisoras y sólo seguía en el aire Radio Magallanes, a través de la cual el Presidente Allende envió su último mensaje al pueblo de Chile.

Minutos después recibí una llamada telefónica de Belisario Velasco, quien había integrado la anterior mesa directiva del Partido Demócrata Cristiano que presidió el senador Renán Fuentealba. Ambos, junto a una decena de parlamentarios y dirigentes de ese partido, todos opuestos al golpe de Estado, estaban reunidos en la casa del diputado y ex ministro del Interior Bernardo Leighton, e integraban lo que luego se denominó el “grupo de los 13”.

Querían saber cómo podían contribuir a frenar el golpe y les di los teléfonos del área presidencial. Supe después que Don Bernardo, al no poder comunicarse con el Presidente Allende, había salido de su casa para dirigirse a La Moneda para estar a su lado, tal como lo había hecho cuando se pretendió vincular al presidente con el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic. Les costó trabajo a los demás convencer a Leighton para que regresara.

Mientras, en La Moneda, el Presidente Allende nos reunió a todos en el salón Toesca, nos dijo que estábamos en libertad de acción, que nadie estaba obligado a quedarse pero que le pedía a los hombres que antes le ayudaran a convencer a las mujeres de que se fueran. Mientras lo intentaban, para protegernos nos llevaron a una oficina en el primer subterráneo, a la que luego llegó el Presidente, quien en todos los tonos nos pidió que nos fuéramos, señalándonos a cada una las tareas que teníamos por delante.

No podíamos convertirnos en un problema y en forma casi simultánea nos paramos y subimos al primer piso. El Presidente nos acompañó y al pasar por un citófono llamó al general Baeza, que se había convertido en el nuevo director de Investigaciones y le dijo “las mujeres van a salir y aunque usted sea un traidor mande ese jeep, espero que al menos sepa respetar a las mujeres”.

Le dimos un beso en la mejilla como despedida y salimos. No había jeep y alcanzamos a refugiarnos en el subterráneo de un edificio mientras la aviación bombardeaba La Moneda. Cuando salimos, se divisaban los escombros caídos en la entrada principal de la sede del gobierno. Se produjo entonces una balacera en algún lugar cercano y cuatro corrieron en direcciones diferentes a la nuestra. Isabel y Tati Allende, Nancy Julien y yo nos refugiamos en el hall de un hotel en calle Ahumada, donde los demás saludaban el golpe brindando con champán.

Nos fuimos luego de ahí porque resultábamos sospechosas, unas cuadras más allá dos jóvenes aceptaron llevarnos en su auto, los militares nos pararon en un retén y tras comprobar que no llevábamos armas nos dejaron ir. La casualidad hizo que pasáramos por una casa amiga y les pedimos que nos dejaran ahí.

Desde esa casa pudimos conocer el desenlace de la batalla de La Moneda antes de que la dictadura lo informara, porque allí los teléfonos continuaron funcionando y algunas agencias de prensa pudieron comunicarse hasta que ingresaron los militares.

***

“YA NO HALLO LA HORA DE QUE NOS VAYAMOS A LOS TIROS”

Supimos, primero, que Augusto Olivares se había quitado la vida. Recordé entonces que una mañana, cinco o seis días antes había llegado a mi oficina y se veía muy alterado. A modo de saludo me dijo: ”Ya no hallo la hora de que nos vayamos a los tiros, total no nos van a dar ninguna oportunidad, o tú qué crees?”. Le respondí que no, que no darían ninguna, le convidé un café y cambiamos el tema. El 11 de septiembre fue uno de los combatientes de La Moneda y pasado el mediodía se suicidó.

Seis meses después, cuando la dictadura me dio el salvoconducto para que pudiera salir del país, encontré en México a un ex Director de Televisión del Canal Nacional, del que Augusto fue Director General, y así supe que en esos días previos al golpe habían ido al ministerio de Defensa para acordar con el general Palacios los detalles de la transmisión de la Parada Militar del 19 de septiembre. Al salir, el militar retuvo a Augusto en la puerta para decirle: ”Si las cosas siguen como están, usted le podría ser muy útil a los que vengan”. Palacios encabezó el asalto a La Moneda y allí conoció la respuesta a su insinuación.

El presidente Allende había dicho y reiterado “que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente; defenderé esta Revolución chilena y defenderé el Gobierno Popular porque es el mandato que el pueblo me ha entregado”, lo cumplió a cabalidad.

Pasaron los años y pocos días después de asumir como presidente, Patricio Aylwin me dió una entrevista para el periódico en que trabajaba. Me recibió afectuosamente y la entrevista se inició cuando le pregunté por qué el acuerdo entre partidos de distintas ideologías había sido posible para salir de la dictadura y no para evitarla como lo había planteado el presidente Allende. Aylwin levantó los brazos, como quien se rinde, y dijo:”Porque estábamos muy ideologizados”.

Por Frida Modak

Fue secretaria de prensa del presidente Salvador Allende. Estuvo en La Moneda durante el bombardeo.

El Ciudadano Nº146 / El Clarín Nº6.923

Septiembre 2013

Facebook Comments

4,250,795FansMe gusta
173,741SeguidoresSeguir
292,118SeguidoresSeguir
16,500SuscriptoresSuscribirte

Edición Impresa El Ciudadano

- Advertisment -

Más Leídos

- Advertisment -