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El gabinete de Obama desdice sus ideales

Clinton, Gates, Jones, Holder, Volcker, Summers, Emanuel, Richardson, son algunos de los nombres más conocidos de la cúpula política estadounidense. Ahora son integrantes del “nuevo” gobierno, el que prometió “cambiar” el mundo que ellos mismos, entre otros, crearon. El presidente electo Barack Obama justifica el nombramiento de tantos veteranos de Washington, sobre todo integrantes del gobierno de Bill Clinton, como algo necesario ante los ingentes desafíos que enfrenta el país, y sostiene que no implica continuidad.

“Lo que vamos a hacer es combinar la experiencia con el pensamiento fresco. Pero entiendan de dónde proviene la visión del cambio primero y ante todo: proviene de mí”, afirmó la semana pasada en conferencia de prensa.

A lo largo de estas dos semanas Obama ha presentado a su gabinete económico y de seguridad nacional. Casi todos los designados tienen larga trayectoria política (la “experiencia”) y son figuras muy reconocidas aquí y en el extranjero. Entre ellos, Paul Volcker, presidente de la Reserva Federal durante las gestiones de Jimmy Carter y Ronald Reagan, como jefe de una nueva entidad asesora que orientará la política económica del nuevo gobierno; Timothy Geithner, próximo secretario del Tesoro, y Lawrence Summers, como principal asesor presidencial en políticas económicas.

El lunes presentó a Hillary Clinton como próxima secretaria de Estado, retuvo a Robert Gates como secretario de Defensa, nombró asesor de Seguridad Nacional al general retirado James Jones, secretaria de Seguridad Interna a la gobernadora de Arizona Janet Napolitano, procurador general a Eric Holder, y embajadora ante la ONU a Susan Rice (ninguna relación con Condoleezza).

Se anticipa que asignará la cartera de Comercio al gobernador de Nuevo México Bill Richardson (quien será el latino de mayor rango en su gobierno), y la de Salud y Recursos Humanos al ex senador Tom Daschle. Ya ha nombrado a otros dos veteranos del gobierno de Clinton en puestos altos: Rahm Emanuel como jefe de equipo de la Casa Blanca, y Greg Craig como consejero legal.

Líderes de ambos partidos, los principales analistas y asesores políticos y sus think tanks, así como los grandes medios, han elogiado en general la gran suma de experiencia colectiva e individual del gobierno en construcción.

Pero la “experiencia” política también tiene un problema: está conformada por largas historias, no todas tan puras ni cómodas, y no poco contradictorias con las posiciones del nuevo jefe.

Para empezar, ni un solo integrante del equipo de seguridad nacional y política exterior se opuso a la guerra contra Irak. Es decir, ninguno compartió la postura de quien será su nuevo jefe, el cual mostró precisamente ese tema durante la elección pasada como prueba de que no era como los demás.

Clinton, como senadora, no sólo votó por la guerra de Bush contra Irak, sino la justificó y promovió antes y después de la invasión. Algunos críticos señalan que, si bien romperá con varios esquemas de política exterior de los ocho años anteriores, también posee un historial de repudiar normas internacionales y de derechos humanos que obstruyen “intereses” de Estados Unidos, sobre todo en lo referente a Israel.

Además se cuestiona su talento diplomático, al recordar algunas de sus posiciones y afirmaciones. Una de las declaraciones más espantosas de la contienda por la candidatura presidencial demócrata fue cuando Clinton declaró que, si Irán se atreviera a atacar a Israel con armas nucleares, ella como presidenta “atacaría a Irán… En los próximos 10 años, si tuvieran la torpeza de pensar en lanzar un ataque contra Israel, nosotros seríamos capaces de arrasarlos por completo”. Irán tiene una población de 66 millones de personas, que Clinton al parecer está dispuesta a borrar del mapa… diplomáticamente hablando.

El jefe de equipo de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, también es conocido como ferviente defensor de Israel y justificador de la guerra. Usó su puesto de liderazgo legislativo (fue el cuarto en la jerarquía en la Cámara) para negar apoyo a candidatos de su propio partido al Congreso que se oponían a la guerra.

Por otro lado, Gates no sólo ha sido el encargado de las dos guerras actuales durante casi dos años –criticadas por Obama, lo cual le ganó amplio apoyo en las elecciones desde un inicio–, sino que su larga trayectoria ha sido de “combatiente de la guerra fría”. También fue jefe de la CIA en la presidencia de Bush padre, culminando una carrera de 26 años en la agencia, donde aún no está claro su papel durante el escándalo Irán-contras y tampoco acertó a prever el fin de la Unión Soviética, entre otros problemas.

Joe Biden, el vicepresidente electo, fue otro entusiasta promotor de la guerra contra Irak y es conocido por sus posiciones de halcón en política exterior.

El periodista Jeremy Scahill lo resumió así en The Guardian: “Clinton, Robert Gates, Susan Rice y Joe Biden son una parvada de halcones con un historial comprobado de apoyo a la guerra en Irak, a la intervención militarista, las políticas económicas neoliberales y una visión mundial consistente con el arco de política exterior que se extiende desde los tiempos de George H.W. Bush hasta el presente.

“Lo que finalmente vincula al equipo de Obama –agrega– es su apoyo uniforme a la clásica receta de la política exterior de Estados Unidos: la mano invisible del libre mercado, respaldada por el puño de hierro del militarismo, para defender la doctrina de: Estados Unidos primero.”

Junto con los integrantes del equipo económico –todos los cuales participaron en las políticas económicas que prohijaron la desregulación de sectores financieros que condujo a uno de los más dramáticos traslados de riqueza de las mayorías a los más ricos en los 80 años pasados, sólo para estallar en la peor crisis desde la gran depresión–, estos políticos de amplia “experiencia” ocasionan preguntas sobre qué paso el “cambio” prometido por Obama.

Cuando hasta opositores conservadores de Obama –figuras como Karl Rove, estratega político de Bush; asesores de su contrincante John McCain, así como el New York Times y otros del llamado establishment– elogian sus selecciones para el nuevo gobierno, todo parece indicar que Obama ha logrado generar “confianza” entre la cúpula política y económica del país. Pero no es lo mismo generar confianza en las enormes mayorías que repudiaron las políticas bélicas, la manipulación del temor, el manejo económico y la violación de los derechos civiles, constitucionales e internacionales, y que acudieron a la invitación a votar por el “cambio”.

Ahora estarán a la expectativa para ver si, como argumentan algunos citando precedentes en la historia de este país, Obama emplea la experiencia y el capital político que representa su equipo para poner en marcha ese “cambio en el cual se puede creer”.

La consigna de la campaña fue “sí se puede”. ¿Se podrá?

Por David Brooks
La Jornada

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