La revolución inconclusa en Egipto

La Revolución Egipcia ya no ocupa las primeras planas

Por Wari

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La Revolución Egipcia ya no ocupa las primeras planas. La campaña militar Libia y las crisis en Yemen y Siria han ido desplazando a Egipto de los programas estelares. Sin embargo, ese país es una sociedad aún en movimiento, donde la caída de Mubarak no representó sino sólo el primer paso de un proceso de cambios que promueven los movimientos populares, los cuales son resistidos por quienes tienen algo que ganar con el mantenimiento del statu quo. Para entender cómo se desarrolla ese proceso hoy, es preciso comprender los antecedentes que llevaron a la caída de la dictadura y las fuerzas sociales que se vienen confrontando desde entonces.

Se insiste en el carácter espontáneo de la revolución egipcia, lo cual es cierto solamente en el sentido de que nadie preparó la enorme movilización social que derrocó al régimen de Mubarak ni nadie estuvo en condiciones de tomar un rol de vanguardia en ese proceso. Sin embargo, es erróneo decir que la revolución fue espontánea como si hubiera llegado de la nada.

EL DESGASTE DE LA DICTADURA DE MUBARAK

En realidad, la revolución en Egipto siguió un período de varios años de contradicciones internas de la férrea dictadura. El economista Ali Kadri lo explica así: “Hemos tenido un proceso de acumulación y de crecimiento, pero también hemos visto que la productividad de los trabajadores se ha deprimido. El crecimiento se basó en un modelo rentista basado en el petróleo [ie., Egipto exporta petróleo por un valor de U$15 mil millones anuales]. La acumulación ha sido mediante una extracción del plusvalor absoluto. Aquellos que son productivos en las manufacturas y la agricultura han visto sus salarios contraerse, mientras la industria crecía. El poder adquisitivo en la última década se ha reducido a la mitad. De manera exactamente opuesta a lo que dicta la teoría económica clásica, los salarios se han venido deteriorando a medida que producen más valor, generando un fenómeno de pauperización absoluta de la población.”

Esto llevó a un ciclo de huelgas que comenzó en el 2006 con las movilizaciones de los obreros de la industria textil del Delta del Nilo, en Mahalla. El 2006 se vivió en esa ciudad una auténtica insurrección de 27 mil obreros. En todo este lustro, hemos visto el número de huelgas crecer en número y en combatividad. Tan sólo el 2007 se registraron 750 huelgas en un país donde toda actividad sindical independiente era criminalizada. Otras huelgas combativas se vivieron en el Canal de Suez, sector clave de la economía egipcia y también por parte de los recaudadores de impuestos. La lucha de clases fue el factor crucial que erosionó las bases de la dictadura.

La miseria absoluta que se agudizó en la última década de recetas neoliberales del Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los Estados Unidos, se vio también engrosada por la contra reforma agraria de Mubarak. Estos sectores excluidos, componían el grueso del 10% de cesantía oficial, que con toda probabilidad ronda el 20% (sin contar el subempleo).

Ali Kadri, dice que “El Cairo es, de hecho, una ciudad campesina, engrosada por un influjo de desplazados del campo debido a la ley que a fines de los ’80 privó a la mayoría de los campesinos de su tierra, creando condiciones de trabajo semi-esclavo. No puede separarse la miseria abyecta de los tugurios de El Cairo de lo que sucede en el campo.”

Esto, sumado a la creciente pérdida de legitimidad del régimen debido a su humillante colaboración con el Estado de Israel, su postración ante los Estados Unidos, la corrupción rampante del régimen que en las elecciones amañadas de fines de 2010 ganó con un 97% de los votos y, sobre todo, los eventos de Túnez que dieron esperanza a la población de que el cambio sí era posible, nos permiten entender el contexto en el cual se desató la revolución comenzada el 25 de enero.

Egipto es el país más viejo del mundo y a la vez el más joven. Las personas entre 15 y 24 años representan el 22% de la población (los menores de 30 representan el 65%), y son el sector más golpeado por la cesantía (el 90% de los desempleados tienen menos de 30 años), la falta de oportunidades, múltiples restricciones y violencia policial. Razones para protestar no les faltaban.

Los opinólogos entretuvieron ideas sobre una supuesta “revolución post-moderna”, divagando sobre las redes sociales y las nuevas tecnologías. Si bien es cierto que los blogs jugaron un rol importante ante la ausencia de libertad de prensa y que las redes sociales convocaron, tampoco se puede sobredimensionar su rol.

Esa versión de los hechos es rebatida por el bloguero Hossam el Hamalawy: “Acá se movilizó todo el país. Y en Egipto solamente un 7% de la población tiene acceso a Internet, y durante toda la lucha el régimen bloqueó tanto el acceso a Internet como a la telefonía móvil. Lo que decidió fue la lucha en las calles, no las redes sociales, las cuales apenas sirvieron para hacer un primer llamado a un círculo muy limitado de gente, y no era la primera vez que hacíamos este llamado”.

En 2008 los obreros de Mahalla llamaron a una huelga general para el 6 de abril, la cual fracasó ante la represión y el sabotaje del sindicalismo afecto al régimen. Desde entonces, se consolidó un grupo de jóvenes conocido como el “Movimiento 6 de Abril” que hizo varios llamados a protestas nacionales, ninguno de los cuales prendió. Pero los jóvenes hicieron escuela en la solidaridad, y junto con otros movimientos juveniles reivindicativos como “Todos Somos Khaled Said” -un joven asesinado por la policía en plena calle-, lograron convocar exitosamente a las manifestaciones del 25 de enero. La chispa estaba encendida en Túnez y eso ayudó a que reventara el polvorín.

ALLAH, MARX Y NASSER

No puede entenderse el proceso de lucha que se vivió en Egipto sin antes entender las fuerzas sociales y políticas en presencia. Ya hemos hablado del rol de los jóvenes y de los trabajadores, que con una importante participación de las mujeres, se convirtieron en pilares de la protesta contra Mubarak. Ellos y ellas ocuparon la plaza de Tahrir, las asambleas de los comités populares, las barricadas de Alejandría y los piquetes huelguísticos en el Delta y en el Canal de Suez.

Pero también estos actores encarnaron visiones políticas diferentes que se unieron en el objetivo común de derrocar al dictador. La contradicción entre esas visiones es lo que ahora moldea al Egipto post-Mubarak.

Por una parte, tenemos a los sectores islamistas agrupados en torno a los Hermanos Musulmanes, organización que ha sido intermitentemente perseguida y estimulada por las diversas dictaduras de turno. Ellos fueron los grandes ausentes del 25 de enero, cuando no se sumaron como organización, aún cuando muchos de sus miembros lo hicieran a título individual, principalmente los jóvenes.

Los Hermanos Musulmanes, aún cuando capitalicen la profunda frustración y miseria del pueblo egipcio, no tienen un programa de transformación social y confrontados con la realidad de un pueblo en lucha se han fraccionado (el ala juvenil se salió en masa para conformar junto a los otros movimientos juveniles la Coalición Jóvenes de la Revolución) y han quedado los sectores más conservadores, los cuales se han plegado a la defensa del gobierno de transición. Son la organización más importante de Egipto, pero cada vez se revelan más impotentes para dar respuestas a las necesidades planteadas por la lucha social. Aún así, son el sector con mayor capacidad de conducir el próximo gobierno junto a los remanentes del antiguo régimen.

Luego están los sectores de la izquierda egipcia que ha venido creciendo en influencia y presencia en la última década, jugando un rol importante pese a su escaso número, en el reciente ciclo de protestas y movilizaciones iniciado el 2006. Su influencia entre trabajadores y estudiantes es significativa si se toma en cuenta que han pasado casi un siglo de existencia clandestina. Nasser, quien representó la quintaesencia del nacionalismo árabe y es hoy reverenciado por la izquierda internacional, fue implacable con ésta, persiguiéndola, encarcelándola y asesinándola hasta 1964, cuando debido a las relaciones con la Unión Soviética y el deterioro de las relaciones con los Estados Unidos, liberó a varios de los comunistas presos.

El académico Mamdouh Habashi nos cuenta un chiste para entender a Nasser: “Él era 5% Stalin, un 5% Hitler, y un 90% Ramsés”. Nos comenta que su régimen puede ser catalogado como anti-imperialista, nacional-desarrollista pero en ningún sentido democrático o de izquierda. Sin embargo, su legado es profundo; Ali Kadri comenta que “su legado es todo lo que aún funciona en la economía egipcia”.

Pero también podríamos decir que el Estado autoritario y anti-izquierdista es también parte de su legado. Este Primero de Mayo fue la primera vez que a las banderas comunistas se les permitió flamear desde 1924. Por eso para la izquierda es importante poder rearticularse y ganar fuerzas. Said Bayoumi, del Partido Comunista egipcio, nos comentó que su propuesta es la “construcción de una gran coalición democrática y socialista en contra del actual gobierno de derecha”.

Otros sectores, marxistas, trotskistas y libertarios, apuntan su estrategia primordial a fortalecer las expresiones de poder de base como los comités populares y los sindicatos independientes. Otros sectores, como el Partido Socialista, conformado por profesionales e intelectuales, sin descuidar sus nexos con los sindicatos independientes, plantea como su gran tarea la consolidación de una revolución democrática, poniendo énfasis en la batalla contra el islamismo político.

También está el importante rol que tuvieron las ONGs, que debido a la falta de espacios políticos durante la dictadura de Mubarak, cumplieron el rol de denuncia constante del régimen y sirvieron de espacio para la articulación de los sectores de oposición. El desafío es encontrar un lenguaje común para articular sus demandas.

TRANSICIÓN, ¿A QUÉ?

Me llamó la atención el interés con que muchos egipcios querían discutir la experiencia de transición democrática chilena, la cual ha sido vendida a la opinión pública como la receta a seguir para Egipto. No es de extrañar, ya que los Estados Unidos y las élites están interesadas en mantener los pilares fundamentales de la dictadura: El rol del Consejo Militar, la Constitución de 1971 y el modelo económico neoliberal que pretenden incluso profundizar, tal como ocurrió en el Chile post-dictadura.

Egipto, se estima, recibiría unos U$ 15 mil millones de dólares en inversiones, ayuda y préstamos de los países del G8 (sobre todo Estados Unidos), de los Emiratos del Golfo y de las instituciones financieras internacionales. Estos fondos serán utilizados para “fortalecer” al sector privado y, en general, para promover un paquete de medidas tendientes a la liberalización del mercado y a “reformar las instituciones” para adaptarlas mejor a los requerimientos del capital transnacional.

Por otra parte, las figuras del antiguo régimen buscan eternizarse en los cargos del Estado mientras se busca asegurar la impunidad para todos los crímenes contra el pueblo egipcio, salvo condenas simbólicas a ciertos personajes claves. Incluso el mismo Mubarak está hoy preso por cargos de corrupción, no por violación a los derechos humanos. Cualquier parecido con la realidad chilena no es mera coincidencia, sino que responde al mismo patrón de transición de una dictadura amiga de los Estados Unidos a una democracia amiga de los Estados Unidos. Es lo que Obama llamó la “transición en orden” para Egipto.

Hoy día están por una parte los tecnócratas del gobierno de transición, que reflejan a ciertos sectores liberales y empresariales, y que no tienen contradicciones de fondo sino de forma con el antiguo régimen; está el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas que es el verdadero grupo en el poder, el cual aún mantiene el estado de emergencia en el país y ha prohibido las huelgas y otras manifestaciones que considera lesivas al “interés de la nación” (5 mil personas han comparecido desde el 24 de marzo ante los tribunales militares); y por otra parte están los movimientos sociales que se niegan a aceptar que la única voz en la transición sea la de los poderosos. Estos sectores desafiaron al régimen el 27 de mayo con una movilización de varios cientos de miles de personas que recuerdan que el legado de Tahrir está aún vivo y que la crisis social egipcia se mantiene aún abierta.

Hoy todos piden democracia, pero entienden cosas diametralmente diferentes por ésta. De cómo se resuelve la contradicción entre estos tres actores principales, depende qué concepto de “democracia” sea el que prime al final de cuentas.

Nota del Autor: Mis agradecimientos a Mamdouh Habashi, Ali Kadri, Yasser Abbdullah, Tamer Mowafy, Hossam el Hamalawy.

Por José Antonio Gutiérrez D.

El Ciudadano Nº104, segunda quincena junio 2011

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