Por Rolando Garrido Quiroz. PhD.

Los inmigrantes en Brasil no vienen principalmente del extranjero como en la mayoría de los países. Proceden del nordeste. En el caso de Lula, salió del pequeño pueblo de Caetés, Estado de Pernambuco, hacia el poderoso Estado de Sao Paulo en Brasil y, desde su nutrida trayectoria política, hacia el mundo como líder global aún activo.
Es difícil encontrar en el planeta a un líder que aglutine más personas en sus actos políticos que Lula. El mandatario brasileño es un líder que basa su estrategia política en el diálogo y la negociación. Aprendió tempranamente como dirigente sindical la importancia de entenderse con todo tipo de líderes e intereses divergentes, para abrirse camino con perseverancia y contundencia, sin abandonar sus objetivos y su visión de futuro sobre Brasil.
Lula es un rock star de la política mundial, apreciado en todos los continentes por líderes y ciudadanos de muchos países, incluyendo Chile. La admiración por este nordestino la han expresado públicamente Obama, Trump, Putin, Xi Jinping, Sheinbaum, Macron y Bachelet, como en su época Mandela, Piñera y Mujica.
Lula salió del nordeste para conquistar una nueva vida junto a su madre y sus hermanas y hermanos, al igual que decenas de miles de nordestinos que fueron la mano de obra para construir Brasilia a fines de los años ´50, y principios de los ´60, también conocidos como candangos en la nueva capital del país. En la actualidad, son una fuerza laboral primaria y técnica especializada en varias ciudades de Brasil.
Esos nietos y bisnietos de inmigrantes nordestinos hoy son médicos, abogados, ingenieros, educadores, empleados públicos, militares, economistas, policías, deportistas. El nordeste, en el Brasil actual, cuenta con nuevos dirigentes políticos como Rafael Fonteles (Piauí) y Camilo Santana (Ceará), ungidos por Lula la noche del triunfo como potenciales nombres para su sucesión. Nada casual. El pueblo dirá.
Mujeres y hombres que salieron a hacerse la vida desde los estados de Ceará, Piauí, Bahía, Maranhão, Paraíba o Pernambuco. Como señaló la periodista de CNN Brasil, Elisa Veeck, el pueblo nordestino sufre de ataques racistas y clasistas de muchos brasileros que los apuntan como personas “que no gustan de trabajar”. Solo en Sao Paulo hay casi cuatro millones de nordestinos que no fueron a pasear, sino a trabajar duro para el sustento de sus familias. En las ciudades del sudeste de Brasil, construyeron carreteras, puentes y todo tipo de obras, así como presencia en los servicios.
Esas mujeres y hombres nordestinas, primero que todo, trabajaron duro a temprana edad y, luego, terminaron sus estudios primarios y secundarios, para acceder a la educación superior en la adultez, tanto de forma presencial en las universidades federales, como en sistemas de formación profesional EAD (educación a distancia), incluyendo a aquellos que sacaron adelante más de una carrera profesional u oficio.
Desde mi particular punto de vista, el portugués brasilero debiese ser una lengua obligatoria u optativa en el sistema educacional chileno.
Esa votación dura, que se expresa en las elecciones a favor de Lula, son votos conscientes para quien ha intentado sacar al nordeste y a Brasil del mapa de la pobreza y con meta de hambre cero. No tiene que ver con un trabajo territorial consistente del PT en los territorios -partido que amerita un profundo proceso de renovación-, sino con el impacto de las políticas públicas impulsadas sistemáticamente por Lula en la presidencia del gigante sudamericano.
Lula cuenta con un frente amplio social, más que político (alianzas políticas). La amplitud social que adhiere a Lula para un cuarto mandato son años de diálogos intergeneracionales, que dan cuenta de las fortalezas de Brasil con todo su potencial económico para la economía internacional, las aspiraciones de poner el foco en la democracia como sistema político, las oportunidades que brinda la generosidad de sus riquezas naturales y la vitalidad de su gente, así como resultados demostrados en diversos indicadores como una nación que apuesta por la innovación colaborativa.
No por nada, el Brasil de Lula es el segundo país del planeta en recibir mayor inversión extranjera y sus alianzas estratégicas aseguran el desarrollo de un potencial industrial en seguridad alimentaria, recursos energéticos, biotecnología, producción farmacéutica, así como los productos que pone en el cielo para el mundo, con el objetivo de reemplazar el combustible contaminante de los aviones a nivel mundial, considerando a Embraer como un gigante aeronáutico global, más allá de cualquier horizonte con su nueva planta en Nueva Delhi, India.
Comparar la imagen de los líderes europeos sumisos a la arrogancia del mandatario estadounidense, contrasta con un Lula cómodo, seguro, con la espalda de ser jefe de Estado de una nación apetecida por los intereses internacionales y transnacionales, dialogando con Trump, Putin, von der Leyen o Xi Jinping. Con la misma deferencia para dialogar con líderes de Bolivia, Nigeria, Vietnam o de Chile.
A Trump y sus arremetidas tarifarias le tuvo que recordar sobre la balanza comercial entre ambos países, así como que EEUU es su tercer socio comercial, después de China y la UE. Seguramente a Kast más de alguna sugerencia le va a hacer en sus futuros encuentros, para no comprar boletos vencidos al nuevo capitán del Titanic, sin salvavidas, un capitán América que actúa con desmesura y desesperación sobre su pérdida de poder imperial en el marco de un ciclo histórico que se acelera.
Desde mi particular punto de vista, el portugués brasilero debiese ser una lengua obligatoria u optativa en el sistema educacional chileno. Al menos, obligatoria en la educación pública. No en desmedro del inglés, sino complementaria a la apertura de oportunidades para la mayoría de los chilenos que pasan por la educación pública y subvencionada, con el objetivo de fortalecer su aproximación con Brasil, un gigante que son 27 países en uno. Esa lengua es latina, sensual y poética.
¿Por qué? Porque Brasil representa un mercado de 215 millones de personas, muy cerca de Chile. Porque, en los hechos, existen muchas oportunidades por descubrir a nivel económico, industrial, infraestructural, alimentario, energético, tecnológico, educacional, sanitario, cultural, etc. Porque Brasil es futuro y no tiene por dónde estancarse, dado su dinamismo bioeconómico y expectativas abiertas para intereses regionales, hemisféricos e internacionales de todo tipo.
Brasil -y no otro país- tiene el potencial de resignificar el espacio iberoamericano como una nueva zona de influencia en los próximos años.
Lula, el domingo de la victoria presidencial señaló que no quiere depender de la inteligencia artificial china o estadounidense, quiere jugar sus propias cartas en el futuro digital. Además, Brasil -y no otro país- tiene el potencial de resignificar el espacio iberoamericano como una nueva zona de influencia en los próximos años.
Para esos futuros posibles los ciudadanos chilenos al suroeste de Brasil tienen que estar preparados. No depender únicamente de nuestra realidad nacional acotada. Chile tiene que experimentar un cambio cuántico en innovación colaborativa. Tenemos buenos números e historia de aprecio recíproco entre chilenos y brasileños.
En este esfuerzo estratégico hay que poner a disposición lo mejor de nuestros liderazgos. Un loop de experiencias, conocimientos, aprendizajes, habilidades, prácticas y valores con alto poder de innovación colaborativa.
A Chile le hace falta una dupla tipo “Lula – Alckmin” porque el equilibrio es el óptimo, es decir, el político pragmático que tiene claridad de objetivos, sin olvidar de donde viene, acompañado de la diplomacia y el conocimiento tecnopolítico de quienes avanzan en las decisiones estratégicas. Lula viró la segunda vuelta con la confianza de quien delega y sabe de estrategias de juego en equipo.
Lula está virando la geopolítica mundial porque es un actor protagónico de esa escena, sobre todo en sus tres gobiernos con inclinación hacia en Atlántico. Una relación más estratégica con Chile está pendiente, orientada hacia el Pacífico en su cuarto mandato, donde Chile es un país aventajado. Una meta 2030 debe ser, sin ambigüedades ni retrasos, el corredor bioceánico y toda la economía de servicios y bienes que ello conlleva. Los liderazgos de turno deben estar a la altura del desafío.
Lula salió del nordeste, para hacer viable a Brasil como actor regional y hace rato está facilitando los puentes en construcción del sur global. De esa escena tiene que ser parte Chile y sus ciudadanos, paso a paso, con decisión, desde nuestras fortalezas.
Por Rolando Garrido Quiroz
Presidente Ejecutivo de Instituto INCIDES. Brasilia & Santiago.
Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

