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La tensión Norte-Sur en torno a la crisis climática y ecológica

La fórmula creada desde el norte coloca presión sobre los ecosistemas de los países del sur, en donde la élite económica y política de todas las tendencias se encuentran abrazando la formula impuesta sin mayor problematización.
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Chile / Columnas / Medio Ambiente / Portada

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Por Pamela Poo

El 9 de agosto de 2021, se conoció el informe “Cambio Climático 2021: Bases Físicas” del Grupo 1 del IPCC[1], que concluye: el cambio climático es causado por las acciones de los seres humanos; que este es irreversible; y que todas las regiones del mundo se verán afectadas por los efectos de este, los que serán intensificados a medida que aumente la temperatura. Por tanto, el informe subraya que, si no se toman medidas drásticas e inmediatas, no se podrá limitar el alza de la temperatura en 1.5 grados, cuestión que es nuestro mejor escenario para tener un cambio climático no tan peligroso para los ecosistemas y la humanidad.

El mundo hace décadas que tiene claro que el modelo de desarrollo basado en el uso intensificado de los bienes de la naturaleza tendría efectos nocivos en los ecosistemas y en los componentes del planeta. Esto, por algo simple y a la vez complejo: el planeta es uno sólo y no soporta la carga de los estilos de vidas basados en la creciente acumulación de capital y el consumo desmedido.

Los primeros indicios de dicha preocupación por el modelo de desarrollo se concretaron en 1976, cuando se realizó la primera conferencia en Estocolmo que reunió a la mayoría de los países del mundo, en donde el foco se encontraba en lo ambiental. Esto, a raíz de que los países del norte global veían con inquietud el cómo se desarrollaban los países del sur, replicando el modelo del norte[2], por lo que se enfocaron en controlar la degradación ambiental y la contaminación transfronteriza, con el fin de que el sur, no ocupará la misma fórmula por el riesgo que implicaba para el planeta.

Posteriormente, la preocupación se transformó en la toma proactiva de decisiones. Específicamente, en una de las cumbres más emblemáticas en torno al medio ambiente, la de Río 1992. En dicha cumbre ya se hacen patentes los estragos del modelo de desarrollo basado en el crecimiento exponencial, por lo que se puso el foco en el desarrollo sostenible fijado en 1987 por la Comisión Bruntland[3], donde se indica la necesidad de equilibrar el desarrollo económico, el desarrollo social y la protección del medio ambiente.

Si bien la Cumbre de Río se consideró como exitosa debido a los diversos acuerdos logrados, también se hizo patente la diferencia entre los llamados “Norte” y “Sur globales”, a través del concepto de la deuda ecológica. El termino explica, las diferencias entre ambas zonas en cuanto a riqueza, tecnología y responsabilidades ante el cambio climático producido por las naciones desarrolladas y las que históricamente desde la revolución industrial han emitido gases de efecto invernadero y el uso intensivo de los bienes de la naturaleza que provee el sur global. Por lo tanto, los países del sur postularon que no podían asumir la totalidad de la responsabilidad, ya que aún no se lograba el desarrollo e incluso algunos países se encontraban en condiciones de pobreza.

De lo anterior nace en 1997 el Protocolo de Kioto, acuerdo que sería el primer esfuerzo por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a través de mecanismos de mercado. Este no tuvo los resultados deseados, debido a que potencias como Estados Unidos y otros países que son grandes emisores de carbono no se hicieron parte. Así, el mundo seguiría en las diversas versiones de la Conferencias de las Partes (COP), reuniéndose para tratar el cambio climático, las que no llegaron a buen termino y en donde los países mas pobres, pequeños y del sur global fueron presentando sus preocupaciones, dado que no se abordaban las problemáticas de las cuales tienen que hacerse cargo.

Ya en el año 2015, y ante el desafío que representa la crisis climática y ecológica, los distintos países del mundo lograrían concretar el Acuerdo de París. Este, a grandes rasgos, busca establecer esfuerzos en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en materia de mitigación y la adaptación al cambio climático, a través de los compromisos que cada país pueda asumir, acorde a su realidad. Tal materia es compleja desde la lógica Norte-Sur, ya que los países que menos responsabilidades tienen son algunos de los más afectados por el cambio climático y los que menos herramientas tienen para enfrentarlo.

De lo brevemente expuesto – y a pesar de los continuos esfuerzos de actores políticos estatales y de la sociedad civil – el fracaso ha sido una lamentable constante. De hecho, no han habido mejoras contundentes en torno a los ecosistemas, ni tampoco han disminuido las emisiones, al punto que la crisis climática y ecológica, cada año se sigue acrecentando. Esto no se ha querido reconocer de parte de los gobiernos, debido a que hacerlo implicaría tener que cambiar la estrategia hasta acá esbozada desde la Conferencia de Estocolmo en adelante.

Además, aceptar el fracaso del modelo de desarrollo actual, significaría transparentar que las soluciones que se están planteando desde un capitalismo verde no funcionan, ni van a funcionar. Esto porque no existe la voluntad para disminuir los estilos de vida de los países desarrollados, ni tampoco su crecimiento económico, por lo que, para seguir sosteniendo el modelo, se ha establecido la promesa de la Carbono Neutralidad al año 2050, lo que implicaría que los países tendrían emisiones neutras. Esto significaría que, sin cambiar el modelo de desarrollo, las emisiones, serían absorbidas principalmente a través de la reforestación, electromovilidad y proyectos energéticos sin emisiones, dejando nuevamente la solución en manos de la tecnología y el mercado, sin siquiera cuestionar el modelo que nos trajo hasta acá.

Si bien la carbono neutralidad por sí misma no es una mala medida, la tensión nuevamente surge entre el Norte y Sur Global, ya que no se cuestiona el cómo se va a lograr. Para fabricar los insumos para la electromovilidad y proyectos energéticos sin emisiones, se necesita la extracción de bienes de la naturaleza en grandes escalas y sin limitación. En el caso chileno, se apuesta por la extracción de cobre y litio en cantidades que los ecosistemas no podrán soportar, sumado a la apuesta del hidrógeno verde. Esto para muchas/os resulta atractivo, pero lo que no se indica es que, para que sea rentable de exportar, la escala de los proyectos será elevada, por lo que se intensificarán los proyectos energéticos, como también de desalinización, lo que implicará seguir sobrecargando los ecosistemas claves para la adaptación al cambio climático. La promesa de la carbono neutralidad y la electromovilidad reflota nuevamente la relación norte-sur, en la cual el norte global vuelve a imponer la fórmula para la supuesta solución, sin problematizar como los países del sur salen del subdesarrollo y en el caso de Chile, no se considera como terminar con su extractivismo primario exportador.

La fórmula creada desde el norte coloca presión sobre los ecosistemas de los países del sur, en donde la élite económica y política de todas las tendencias se encuentran abrazando la formula impuesta sin mayor problematización. Cuestión que profundiza la dependencia de los países del sur de la exportación de bienes de la naturaleza, sin mayor transformación, relación que se ha extendido desde el colonialismo y la expansión en la acumulación de capital, por lo que tampoco se cuestiona la noción de que el sur coloca los bienes de la naturaleza para que los países desarrollados puedan disminuir sus emisiones, sin cambiar su estilo de vida.

Si bien se comprende la necesidad de las sociedades de tener que contar con bienes de la naturaleza para poder generar un bienestar y calidad de vida, la que debiera ser en equilibrio y respetando los ciclos naturales, lamentablemente se sigue apostando por un modelo capitalista teñido de verde, con graves consecuencias para los países del sur, cuestión que se hace visible por los numerosos conflictos socioambientales activos en la región, por lo que se requiere internalizar el problema y buscar nuevas y múltiples soluciones, para que logremos el nivel de conciencia de que necesitamos a aprender a vivir con menos.

Ante la urgencia de los desafíos contemporáneos que amenazan la vida, los países deben seguir buscando soluciones basándose en la ciencia y los diversos saberes, desde una ética biocéntrica. El cambio radical que necesitamos consiste en proteger los ecosistemas que permiten sostener nuestra existencia. Esto, sumado a la profundización de medidas de adaptación que permita preparar una transición y transformación socioecológica, acorde a los desafíos de tener que convivir con un cambio climático peligroso, en caso de que el Acuerdo de París no se cumpla.

Este llamado histórico es principalmente hacia la ciudadanía, la cual requiere volver a poner en práctica la asociatividad y sistemas comunitarios basados en la solidaridad y ayuda mutua, que permita resistir en un escenario de cambio climático peligroso, Asimismo, avanzar en la incorporación de conocimientos y saberes que proporcionen los elementos para generar autonomías por ejemplo en torno a la energía y la alimentación.  

Por último, enfrentar la crisis climática y ecológica será el mayor desafío que tengamos como humanidad en el siglo XXI. La actual pandemia ha sido sólo una pequeña muestra de cómo la sociedad y el frágil e insustentable modelo de desarrollo basado en el crecimiento han sido puestos en jaque, dejando en completa evidencia la tensión entre el norte (desarrollado) y sur global (subdesarrollado). Si no buscamos soluciones que representen la realidad existente e impliquen el pensar y repensar nuevos modelos que abandonen las creencias e ideologías del siglo XX que nos trajeron hasta acá, el colapso será inminente y de los gobiernos y de nosotros mismos dependerá si este problema nos golpea de forma suave o intensificada, por lo que desde ya debemos enmendar el camino.

Pamela Poo, Politóloga y Magíster en Sociología.


[1] Panel Intergubernamental de Científicos de Naciones Unidas.

[2] Estenssoro Saavedra, Fernando y Vásquez Bustamante, Juan Pablo. (2017). Las diferencias Norte-Sur en el debate medioambiental global. el caso de la iniciativa de Ecuador: Yasuní-ITT. Universum (Talca), 32 (2), 63-80. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-23762017000200063

[3] Asamblea General de las Naciones Unidas (2010), Desarrollo Sostenible. https://www.un.org/es/ga/president/65/issues/sustdev.shtml


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