Mientras las calles de Francia vuelven a arder por la carestía de la vida y el descontento social, el Elíseo ha optado por una maniobra de perfil bajo. Macron se esconde tras las faldas de Lecornu: la estrategia para frenar su impopularidad se hace evidente en este contexto.
Por Bruno Sommer
Según la Encuesta Ipsos BVA-Cesi (para La Tribune Dimanche), publicada el 11 de octubre, revela que solo un 15% de los franceses tiene una opinión favorable de Macron, una caída de un punto respecto al mes anterior. Esto se traduce en un 82% de desaprobación de su gestión.
El Barómetro Ifop-Fiducial (para Paris Match y Sud Radio), publicado el 20 de octubre, sitúa su popularidad en un 25% de opiniones positivas, lo que supone un desplome de 8 puntos en un solo mes. En este ranking de 50 personalidades políticas, Macron ocupa el puesto 49, con un 75% de opiniones desfavorables y un saldo neto de -50 puntos.
Macron se viene refugiando tras las faldas de Lecornou, que duda cabe. Busca evitar el descontento se dirija contra el verdadero responsable y de este modo permanecer gobernando una Francia que protagoniza un estallido social que trasciende las fronteras.
El modus operandi: ordenar y desaparecer
La orden de preparar el bloqueo de redes sociales como TikTok, Instagram, Snapchat y X no lleva la firma de Emmanuel Macron, sino la de su primer ministro, Sébastien Lecornu. Esta decisión, revelada por el medio independiente Blast, no es un simple trámite administrativo, sino el síntoma de una estrategia política calculada: la de un presidente que, en el ocaso de su mandato, utiliza a su jefe de gobierno como pararrayos de una medida profundamente impopular y legalmente controvertida.
La mecánica es recurrente. Cuando el Consejo Constitucional censuró en agosto la ley que prohibía las redes sociales a los menores de 15 años, Macron no salió a la palestra a asumir el revés. En su lugar, según informó la agencia AFP, el presidente «recordó que había pedido al primer ministro Sébastien Lecornu que encontrara una ‘vía de paso'» para salvar su reforma estrella. De igual manera, la cadena BFMTV detalló que Macron «encargó a Sébastien Lecornu» la tarea de redactar un nuevo texto «jurídicamente robusto».
Este patrón se repite ahora con el bloqueo de emergencia. Lecornu es quien firma la carta, quien se reúne con los operadores y quien, en última instancia, comparece ante el fracaso técnico. Las compañías telefónicas ya han expresado sus «reservas» y su incapacidad para ejecutar un corte de tal magnitud en tan poco tiempo, un desgaste que recae directamente sobre el primer ministro. Mientras tanto, Macron permanece en un segundo plano, preservando la imagen de un presidente que marca la dirección estratégica sin mancharse las manos con la implementación de una censura que roza los límites del Estado de derecho.
A lo anterior se agrega la fuerte represión de la que ha sido víctima el pueblo francés en su legítimo derecho a la protesta social, dejando al ministro del interior la responsabilidad.
«El 24 de octubre, hubo un millón de personas movilizadas en Francia pese a que el ejército estaba en las calles y la represión jurídica está muy activa, a pesar de los mutilados, a pesar de los muertos y sobre todo la prohibición de manifestar», señalan a El Ciudadano desde el país galo. «Sin la prohibición hubiesen salido 2 millones de personas o más», apunta.
«Los medios y la clase política de extrema derecha e incluso los macronistas buscan culpar a la juventud racializada de todos los males», explica.
El porqué: un legado en juego y una libertad en jaque
La razón de este ocultamiento es doble. Por un lado, está la obsesión por el legado. Macron, consciente de que su tiempo en el Elíseo se agota, ha convertido la regulación de las redes sociales en un «caballo de batalla» de su segundo mandato. Necesita que su reforma se apruebe antes de su partida, pero no puede permitirse el coste político de aparecer como el impulsor directo de un bloqueo que atenta contra la libertad de expresión en plena ola de protestas.
Por otro lado, está el cálculo de la impopularidad. El bloqueo de redes sociales no cuenta con un amplio respaldo social. La oposición ha calificado la medida de «liberticida». El diputado Nicolas Dupont-Aignan fue especialmente explícito al señalar en redes sociales que Macron es «tan hostil a vuestra libertad de expresión que pidió inmediatamente a Sébastien Lecornu retrabajar el texto para imponer esta prohibición». Al delegar en Lecornu, Macron intenta despersonalizar la medida, presentándola como una decisión técnica de orden público y no como un capricho ideológico del presidente.
Lecornu, el fusible perfecto
Sébastien Lecornu no es un primer ministro cualquiera. Su nombramiento ya fue una maniobra para superar un bloqueo político, y su papel actual parece ser el de un gestor de crisis que asume los costes de las decisiones más duras del Elíseo. Al mantenerlo en la primera línea, Macron logra un doble objetivo: por un lado, si la medida funciona, el mérito será de la estrategia presidencial; por otro, si fracasa estrepitosamente —como ya ocurrió con el bloqueo de TikTok en Nueva Caledonia, anulado por la justicia—, la responsabilidad política y mediática recaerá exclusivamente sobre el primer ministro.
En un momento en que la tensión social es máxima y la confianza en el ejecutivo se desmorona, Emmanuel Macron ha decidido que su mejor defensa no es dar la cara, sino esconderse tras la figura y las faldas de Lecornu.
Por Bruno Sommer
El Ciudadano
