Desde el veloz pronunciamiento del presidente Gabriel Boric, descalificando -nada menos que desde la federación de siete monarquías feudales llamada Emiratos Árabes Unidos– las elecciones del 28 de julio, en Chile hay una suerte de ataque colectivo de pánico, en que nadie -especialmente en el progresismo- quiere aparecer bajo sospecha de simpatizar con el chavismo (al que llaman «madurismo»).