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Del sueño al vuelo

Los Hermanos Wilbur y Orville Wright tenían años trabajando antes de que en 1908 patentaran su invento: el aeroplano. Ciertamente ese 22 de mayo lograron compartir con el mundo el resultado de años de caídas, desvelos, ensayos y errores.

A 110 años de entonces, recordamos que llegar allí no fue solo producto de su ingenio. Detrás yace la experiencia de otros creativos que con sus intentos alimentaron el deseo de lo que parecía imposible y que para la fecha representó uno de los aportes modernos más importantes de la ciencia y la tecnología.

Ya en el año 852 Abas Ibn Firnas, empeñado en volar como las aves, se lanzaría desde una torre de Córdoba (España), con lo que más tarde se consideraría el primer paracaídas de la historia. 23 años pasaron para que este hombre obsesionado con ser pájaro, construyera una estructura con alas de madera recubiertas de seda con el que volvería a subirse a la torre. Pero el placer de sentir los pies en el aire sería efímero, pues pocos segundos bastarán para que terminara estampándose contra el suelo. Con las piernas rotas, Firnas finalmente descansará a su empeño, feliz de haber marcado el récord como el primer intento científico de realizar un vuelo.

Pasarán 35 años para que en 1010, el monje inglés Eilmer de Malesbury, mezcle sus estudios de matemática y astrología para volar 200 metros sobre un planeador de madera y plumas. Misma suerte correrá el ecleciástico, quien terminará con las piernas rotas pero el gusto de haber hecho su sueño realidad.

Tras la experiencia, el tiempo de inventar, caer y sufrir tendrá un prolongado receso. Pues no será hasta 1250 que, otro inglés, Roger Bacon, dé título -en un libro que combina arte y naturaleza-, inventara el ornitóptero, artilugio parecido a un planeador con alas que se mueven como las de un ave. 250 años más tarde la idea motivará a Leonardo da Vinci a realizar los primeros diseños de su ornitóptero y planeador personal.

Parece increíble que los primeros intentos de emprender vuelo estén asociados a personas ligadas a la religión. De allí que en 1709, el popular “padre volador” brasileño, Bartolomeo de Gusmao, construyera el primer globo de la historia, un invento que exhibirá en Lisboa, al rey Juan V de Portugal y que, casi 80 años más tarde será utilizado por los hermanos Joseph y Etienne Montgolfier para subir al francés Jean Frangois Pilátre de Rozier a un globo de aire caliente.

La noticia que alimentará la imaginación de otros logrará que dos años más tarde, en 1785, el francés Jean Pierre Blanchard y el estadounidense John Jeffries crucen por primera vez el canal de la Mancha en globo. Este acontecimiento hará que en 1794 nazca el Servicio de Artillería Francesa, fuerza aérea que avanza sobre globos como máquina de guerra. Entendida como estrategia bélica, a partir de allí, el desarrollo será progresivo y contundente, lo mismo que la intención de algunos países en controlar antes que otros los cielos. El resultado: tres años más tarde, en 1797, el francés André-Jacques Garnerin se lanzará en paracaídas desde un globo a 680 metros de altura, en París. El globo cierra su ciclo en 1836 cuando la aeronave, impulsada por aire caliente de Nassau, cruza desde Londres hasta Alemania, a 800 Km, en 18 horas.

Llega el tiempo de avanzar y en 1849 el británico George Cayley crea una aparato más pesado que aire cuyas tres alas lo elevan, pilotado por un niño de diez años. Le seguirán Otto Lilienthal, ingeniero de profesión, que construyó un planeador que le permite aterrizar con total seguridad. Esta inspiraría a los hermanos Wilbur y Orville Wright quienes, conjugando sus conocimientos como fabricantes de bicicletas, realizarán una aeronave motorizada el 17 de diciembre de 1903, para un año más tarde efectuar un centenar de vuelos. En uno de ellos recorriendo casi 40 kilómetros en 38 minutos y patentar su proyecto.

Tras los aviones hechos de tela y madera, la empresa alemana Junkers fabricó un prototipo hecho de metal en 1916. A partir de su creación comenzarán a integrarse aleaciones metálicas más resistentes.

Lo que vino después

Que Charles Lindbergh, piloto del servicio de correos de los Estados Unidos, cruzara el Océano Atlántico en 1927 logró que el avión se convirtiera en medio de transporte de larga distancia. Apareció entonces el Boeing 247, que alcanzaba la velocidad de 322 km/h. A la par los dirigibles o zepelines cruzaban continentes hasta que en 1937 murieron 37 personas a bordo de uno de ellos y estos fueron sacados de circulación.

Durante la Primera Guerra Mundial, fueron desarrollándose y mejorándose nuevos prototipos, algunos para romper la barrera del sonido durante la Segunda Guerra Mundial, o para volar transportando máquinas de guerra. Ya en el aire el sueño se había cumplido.

Ahora los sueños van más allá del alcance del hombre, fuera de la tierra, pues quedan pendiente los vuelos espaciales o los que recorren la órbita de la Tierra, impulsados  por ideas que parecen imposibles como la de Paul Allen, millonario de Microsoft, que espera construir un avión que sirva como plataforma aérea para el lanzamiento de naves espaciales.

Mientras eso ocurre, los aviones cazas son hoy los más potentes, con motores que los hacen volar a gran velocidad, al tiempo que portan y lanzan armas letales como misiles guiados.

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