Por Valeria Menéndez

José Antonio Kast llegó a La Moneda mediante una operación política reconocible en toda esta nueva extrema derecha internacional: convertir la crisis económica, la inseguridad, la inmigración y el agotamiento de los partidos tradicionales en una sola narrativa de decadencia nacional, cuya solución dependería, esencialmente, de recuperar la autoridad política. La promesa era extraordinariamente sencilla y, precisamente por eso, electoralmente eficaz: restablecer el orden permitiría recuperar simultáneamente la seguridad, la inversión, el crecimiento y el empleo. El capitalismo chileno no estaría atravesando contradicciones estructurales, sino sufriendo las consecuencias de una administración incompetente, ideologizada y permisiva. Bastaría entonces cambiar el gobierno, liberar las energías empresariales y devolver capacidad represiva al Estado para que el país volviera a funcionar.
Seis meses después, esa construcción comienza a enfrentarse con la realidad. Resulta particularmente significativo que sea La Tercera, un diario situado inequívocamente dentro del horizonte político del orden burgués y alejado de cualquier perspectiva revolucionaria, el que describa las «duras lecciones» recibidas por Kast durante sus primeros 184 días. El balance registra un gobierno en el que la amplia autonomía entregada a ministros y partidos ha terminado produciendo conflictos públicos, mensajes contradictorios y una impresión de desorden. Cristián Valdivieso, director de Criteria, sintetiza el problema señalando que el diseño presidencial, pensado para empoderar a los ministros, terminó proyectando tensiones y disputas que repercuten directamente sobre el liderazgo de Kast. No se trata de una crítica proveniente de la izquierda: es la constatación, desde el propio establishment, de que el candidato del orden comienza a padecer problemas para ordenar su propio gobierno.
Esta cuestión no es secundaria. Kast construyó buena parte de su identidad política alrededor de una contraposición deliberada con Gabriel Boric. Frente a la improvisación habría profesionalismo; frente a las contradicciones internas, disciplina; frente a la fragmentación del poder, autoridad presidencial. Pero la experiencia concreta del gobierno demuestra algo bastante menos espectacular: administrar el Estado capitalista significa ingresar en una red de intereses contradictorios, restricciones fiscales, negociaciones parlamentarias, presiones empresariales, conflictos sociales y límites económicos que ninguna retórica de campaña puede abolir. Incluso dirigentes de la derecha tradicional han debido advertir públicamente sobre ministros que se contradicen a través de los medios y sobre discrepancias tan elementales como las metas gubernamentales de desempleo.
Más importante todavía es lo que ocurre con las expectativas sociales. Otra investigación de La Tercera, significativamente titulada «El desplome de las expectativas», describe la preocupación instalada dentro del oficialismo por aquellos electores que no pertenecen al núcleo ideológico duro de la derecha, pero que fueron decisivos para llevar a Kast a La Moneda. El problema tiene una materialidad precisa: el desempleo alcanzó el 9,5% en el trimestre mayo-julio y los propios partidos gubernamentales comenzaron a exigir medidas rápidas, incluyendo la posibilidad de recuperar mecanismos de subsidio al empleo. Es decir, apenas seis meses después de haber conquistado el gobierno prometiendo que la liberación de la iniciativa privada reconstruiría espontáneamente el mercado laboral, la coalición gobernante comienza a discutir nuevamente mecanismos de intervención estatal para enfrentar el desempleo.
Aquí aparece exactamente la contradicción que permite relacionar a Kast con AfD, Trump, Meloni y Milei. La extrema derecha contemporánea resulta extraordinariamente eficaz para transformar el malestar económico en una acusación política contra quienes gobiernan; encuentra dificultades mucho mayores cuando ella misma debe explicar por qué ese malestar continúa después de conquistar el gobierno. Mientras está en la oposición, la inflación es responsabilidad de la izquierda, el desempleo es consecuencia de las regulaciones, el bajo crecimiento resulta de la incertidumbre política y la delincuencia de la debilidad gubernamental. Una vez conquistado el Ejecutivo, ese mecanismo explicativo comienza inevitablemente a agotarse. El gobernante que prometió que todo dependía de voluntad política descubre entonces que tampoco posee dominio sobre el ciclo económico, la inversión, los mercados internacionales, la acumulación de capital ni las múltiples determinaciones sociales de la criminalidad.
Precisamente por eso resulta tan significativa la evolución del propio discurso presidencial. Al cumplir seis meses, Kast ya no presentó el balance mediante la retórica rupturista característica de la campaña. Destacó, en cambio, que había aprendido de los gobernadores, agradeció la colaboración del Parlamento y reconoció que los proyectos gubernamentales podían ser «perfeccionados» mediante su discusión legislativa. La transformación semántica resulta políticamente reveladora: el candidato que se presentó como encargado de quebrar las inercias del sistema comienza a hablar el lenguaje convencional de cualquier presidente obligado a administrar sus instituciones.
Lo que empieza a revelarse es una contradicción más profunda entre la dimensión de las expectativas movilizadas por la extrema derecha y la estrechez de los instrumentos efectivos que posee para satisfacerlas.
No estamos simplemente ante un problema comunicacional ni ante errores propios de un gobierno todavía joven. Lo que empieza a revelarse es una contradicción más profunda entre la dimensión de las expectativas movilizadas por la extrema derecha y la estrechez de los instrumentos efectivos que posee para satisfacerlas. Kast prometió resolver una crisis que caracterizó esencialmente como política y administrativa. Pero el deterioro del mercado laboral, el estancamiento económico y las dificultades fiscales no nacieron en La Moneda ni desaparecerán mediante decretos presidenciales. Constituyen expresiones de contradicciones más profundas de la acumulación capitalista chilena. Allí donde la campaña decía «falta autoridad», el Gobierno comienza a descubrir relaciones sociales que no obedecen simplemente a la autoridad del Presidente.
La seguridad reproduce el mismo problema. Durante años Kast pudo atribuir prácticamente cualquier incremento de la criminalidad a la debilidad política de sus adversarios. Desde el gobierno debe demostrar que el aumento de las facultades policiales, los estados de excepción, el endurecimiento penal y el control migratorio producen aquella transformación inmediata prometida durante la campaña. La dificultad explica también la tentación de radicalizar permanentemente los instrumentos jurídicos de excepción. El proyecto destinado a crear un nuevo estado de excepción constitucional —capaz de entregar al Presidente facultades extraordinarias para restringir derechos durante períodos prolongados— provocó reparos incluso dentro de sectores de derecha que apoyan al Gobierno. La contradicción resulta nuevamente instructiva: cuando la realidad no responde a la velocidad prometida, la política del orden tiende a reclamar más instrumentos de orden.
Esto ayuda además a precisar por qué resulta equivocado caracterizar automáticamente al gobierno de Kast como fascista. Precisamente su experiencia gubernamental demuestra hasta ahora otra cosa: Kast gobierna mediante las instituciones de la democracia burguesa, negocia con el Parlamento, depende de mayorías legislativas, procesa las contradicciones de su coalición y busca ampliar las facultades represivas del Estado mediante reformas constitucionales. Que estas últimas puedan contener tendencias autoritarias o iliberales no convierte automáticamente al régimen en fascista. La extrema derecha contemporánea procura fortalecer el aparato coercitivo de la democracia burguesa desde dentro de ella; el fascismo histórico se planteó la destrucción de las organizaciones obreras y de las formas parlamentarias mediante una movilización contrarrevolucionaria de masas. Confundir ambos fenómenos no hace más radical la crítica: la vuelve teóricamente menos precisa.
La comparación internacional adquiere entonces toda su fuerza. Trump prometió restaurar la prosperidad norteamericana mediante proteccionismo, deportaciones y nacionalismo económico; Milei anunció que la destrucción de la «casta» liberaría inmediatamente las fuerzas productivas argentinas; Meloni convirtió inmigración, soberanía y decadencia nacional en los grandes significantes de su ascenso; Kast prometió crecimiento y seguridad mediante autoridad, desregulación y disciplina fiscal. En todos estos casos existe una misma operación política: presentar contradicciones estructurales del capitalismo como consecuencias contingentes de una mala conducción política. Y precisamente allí reside simultáneamente la extraordinaria potencia electoral y el límite histórico de estos movimientos.
AfD todavía disfruta en Sajonia-Anhalt de una ventaja que Trump, Meloni, Milei y Kast han comenzado a perder: puede prometer sin haber tenido todavía que demostrar. Puede decirle al trabajador alemán empobrecido que la CDU, el SPD, los Verdes, Bruselas o los inmigrantes son responsables de su deterioro material. Puede recoger electoralmente el resentimiento acumulado contra un sistema político desacreditado sin responder todavía por la administración cotidiana de ese mismo sistema. Pero si llega al gobierno, la contradicción que hoy permanece escondida aparecerá inevitablemente: deberá explicar cómo un programa favorable al capital, hostil a los sindicatos y regresivo en materia social puede satisfacer las expectativas de aquellos trabajadores que hoy la convierten en primera fuerza política.
Esta es también la razón por la cual sería precipitado interpretar el ascenso de AfD como una marcha lineal e irreversible hacia la fascistización de Alemania. Lo que los resultados electorales revelan con mucha mayor claridad es una crisis gigantesca de representación política. Millones de trabajadores y sectores populares están rompiendo con los partidos que administraron durante décadas el capitalismo alemán. La tragedia histórica consiste en que, ante la bancarrota política de una izquierda integrada al régimen, esa ruptura está siendo capturada por la extrema derecha. Pero capturar el malestar no significa resolver sus causas.
…la extrema derecha crece prometiendo resolver mediante autoridad política contradicciones sociales que tienen sus raíces en el capitalismo; comienza a desgastarse cuando conquista esa autoridad y descubre que las contradicciones permanecen.
La experiencia chilena comienza precisamente a mostrar esa diferencia. A seis meses de asumir, el problema político de Kast ya no consiste fundamentalmente en derrotar al gobierno anterior. Consiste en responder por el suyo. La prensa registra conflictos ministeriales; el oficialismo discute cómo enfrentar un desempleo del 9,5%; el electorado volátil que permitió su victoria comienza a modificar sus expectativas; y las prioridades económicas y de seguridad que justificaron el denominado «gobierno de emergencia» continúan sin ofrecer aquella transformación espectacular prometida durante la campaña. El propio oficialismo admite que la preocupación central está precisamente en los electores que votaron esperando cambios rápidos en economía y empleo.
Allí reside el significado más profundo del hundimiento político que comienza a experimentar Kast. No es necesario afirmar que su gobierno se encuentra acabado ni que carezca de capacidad para recuperar iniciativa. Se trata de algo políticamente más importante: ha comenzado a perder el monopolio de la expectativa. Durante la campaña podía prometer que las cosas cambiarían cuando llegara al poder. Ahora está en el poder. Cada mes que transcurre convierte una promesa en una comparación y cada comparación transforma la propaganda electoral en un problema de resultados.
Economía y seguridad fueron los dos pilares fundamentales de su campaña demagógica. En ninguno de ellos, transcurridos seis meses, puede exhibir una modificación estructural proporcional a las expectativas que levantó. Y ésta es exactamente la experiencia internacional que une Santiago con Buenos Aires, Washington, Roma y, potencialmente, Magdeburgo: la extrema derecha crece prometiendo resolver mediante autoridad política contradicciones sociales que tienen sus raíces en el capitalismo; comienza a desgastarse cuando conquista esa autoridad y descubre que las contradicciones permanecen.
Por eso el ascenso de AfD y el temprano desgaste de Kast no son fenómenos contradictorios. Son dos momentos diferentes del mismo ciclo político. AfD representa todavía la fase ascendente de la ilusión: la extrema derecha que recoge el malestar porque aún puede hablar desde fuera del gobierno. Kast representa ya el comienzo de su segunda fase: aquella en que el agitador debe transformarse en administrador y la promesa debe convertirse en resultado. AfD muestra cómo crece la extrema derecha; Kast comienza a mostrar cómo puede comenzar a agotarse.
La conclusión decisiva para la izquierda revolucionaria no consiste entonces en esperar pasivamente que estas experiencias se derrumben por sus propias contradicciones. Trump, Meloni, Milei, Kast y AfD pudieron crecer porque encontraron delante de ellos una izquierda incapaz de proporcionar una salida independiente a la crisis capitalista. El agotamiento de la extrema derecha no produce mecánicamente una alternativa revolucionaria. Puede producir nuevas variantes reaccionarias, recomposición del centro burgués o incluso formas políticas todavía más autoritarias. La cuestión fundamental sigue siendo quién logra transformar el malestar social en programa político. La extrema derecha ha demostrado una formidable capacidad para capturar electoralmente la crisis del capitalismo presentándose como enemiga de sus administradores. Su talón de Aquiles aparece cuando debe gobernar: entonces queda expuesto que jamás pretendió superar las relaciones sociales responsables de la crisis, sino preservarlas.
La experiencia de Kast empieza a proporcionar una demostración chilena particularmente pedagógica. Llegó para imponer orden y debe explicar el desorden de su gabinete; llegó para producir empleo y gobierna con una desocupación del 9,5%; llegó prometiendo una transformación inmediata de la seguridad y continúa reclamando nuevas herramientas excepcionales para conseguirla. La distancia entre la promesa y el resultado comienza así a convertirse en la medida política de su gobierno. Y esa contradicción contiene una lección que excede ampliamente a Chile: la extrema derecha puede ganar elecciones explotando la crisis del capitalismo; lo que no puede hacer es gobernar indefinidamente esa crisis fingiendo que ella no existe.
Por Valeria Menéndez
El Porteño, septiembre 13 de 2026.
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