Los impactos de Bolsonaro y de la covid-19 en los movimientos de mujeres brasileñas

Los datos de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (Apib) contabilizan casi mil muertos y más de 35 mil casos confirmados.

Por Analu Melo Ferreira

La llegada de Jair Bolsonaro a la Presidencia de Brasil puso a los más vulnerables en alerta. Hoy, casi dos años después, el nuevo enemigo coronavirus muestra que las amenazas a esos grupos no cesan y por consecuencia hay que siempre estar atentos.

En una de las más importantes avenidas brasileñas, un conjunto de personas miran, aprehensivas, a una gran pantalla. Algunas de ellas están sentadas en el suelo, mientras otras, lado a lado, están de pie. Papás llevan a sus hijos en los brazos y parejas se dan la mano. Es un verdadero evento. Con sus ropas rojas, llenas de símbolos de los movimientos sociales, son mujeres, negros, transexuales, trabajadores y estudiantes a la espera del resultado que cambiaria la historia reciente del país. El 28 de octubre de 2018, con el anuncio de la victoria de Jair Bolsonaro (Partido Social Liberal) en las elecciones presidenciales, se quedó marcado, para esa gente, como un día de silencio. Las lágrimas que caían sin pudor en la Avenida Paulista – y en otros rincones de Brasil y del mundo -, señalaban una constatación: a partir de esa fecha, una difícil batalla empezaría.

            Durante su campaña – y en su insignificante actuación como Diputado Federal -, Bolsonaro expresó su hostilidad frente a grupos minoritarios con frases contradictorias y violentas. Fue así que, semanas antes de las elecciones, un movimiento de mujeres ganó visibilidad en los medios de comunicación y en las calles para decir #ÉlNo (#EleNão). Bajo esa consigna, las protestas, organizadas en las redes sociales y lideradas por el electorado femenino, han ocupado los espacios públicos para rechazar la candidatura del ex militar de extrema derecha. 

Del mismo modo que mujeres de todo Brasil han marchado a gritos de “Fuera, Bolsonaro”, ellas reconocen que, hoy, poca cosa mejoró. Sus derechos conquistados en la búsqueda por la igualdad siguen en riesgo. El gobierno teocrático de Jair Bolsonaro, cuya responsable del Ministerio de la Mujer, de la Familia y de los Derechos Humanos es una pastora evangélica fundamentalista, ataca, incluso en período pandémico, a la joven democracia brasileña.

            Sobre la elección de Bolsonaro, la diputada estadual, Mônica Francisco, reconoce que el candidato simbolizaba un peligro para la política y para los derechos de las mujeres, tanto por su discurso misógino y sexista como por su histórico. “Cuando supe que él fue electo, sentí mucha tristeza. Las personas estaban desesperadas, con mucho miedo. El primer sentimiento ha sido de tristeza, luego de acoger a mis compañeros desmoralizados”, se acuerda la representante del Partido Libertad y Socialismo (PSOL) en Río de Janeiro. Para ella, con Bolsonaro no existe más esperanza en Brasil. Según Francisco, es notorio el proceso de desmantelamiento del país coordinado por el bolsonarismo. 

Mônica nació en 1970 en el morro do Borel, zona norte del estado. Mujer negra, favelada, feminista, ex-asesora y amiga de Marielle Franco – la vereadora asesinada por la milícia -, fue escogida por los cariocas, en 2018, para representarles en el parlamento carioca. Bien que su carrera política pública empiece solamente en el año de la muerte de Marielle, Mônica lucha desde temprano para cambiar la realidad de su comunidad. A partir de las tragedias, sin embargo, ella terminó convirtiéndose en una notable figura del movimiento de mujeres negras que buscan hacerse oír en las calles – condució, por ejemplo, las manifestaciones #ÉlNo contra Bolsonaro. Conforme la diputada, su activismo empieza por una cuestión de supervivencia. “Yo no me desperté y me dije ‘oye, hay que ser militante’. No lo queremos, es una necesidad”, concluye. 

            Ella observa, actualmente, el crecimiento del feminicidio, de la violencia contra las mujeres y la supresión de sus derechos. “Hay una conjugación de fuerzas del gobierno para destruir las conquistas de las mujeres, fruto de la lucha por su emancipación. Es un proyecto de destrucción. El impacto es direccionado y recae sobre los cuerpos femeninos”, afirma. La diputada lamenta que debido a la pandemia las militantes no puedan salir para expresar su revuelta. “Nosotras batallamos por nuestros derechos y los del colectivo, de las mujeres como un grupo popular. No poder estar en las calles, mientras que Brasil arde en llamas, es desesperante. Nada mejor que la calle para mostrar nuestra garra”, finaliza.

            Maestra del Instituto de Economía de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), Marilane Oliveira Teixeira participa del movimiento feminista, como militante, desde los anõs 80. Al fin de la dictadura militar brasileña, en 1985, ella cuenta que acompañó la ascensión de los movimientos sociales y sindicales de izquierda. De acuerdo con la economista y Doctora en Desarrollo Económico y Social, el feminismo ha sido indispensable en su trayectoria para comprender la estructura de la sociedad. “Yo no podía mirar, criticar o cuestionar la discusión de clases sociales sin una perspectiva de género”, relata.

A los 50 años ella reconoce que para la sociedad, sobre todo para las mujeres y para la población más fragilizada, la elección de Jair Bolsonaro ha sido un desastre en todos los sentidos. “Él trae no solamente el regreso de las políticas neoliberales, de mercado, de la reducción del rol del Estado y de privatización, pero también presenta en términos políticos y morales un retroceso. Él representa una pérdida en lo que las mujeres han conquistado en las últimas décadas. El debate sobre el aborto, las políticas contra la violencia, el avanzo el las políticas de igualdad, todo lo que fue acumulado en los últimos años está actualmente en cero. Bolsonaro es lo que hay de peor, de más perverso. Es un conservador en la política y en la moral y liberal en la economía”.

“Al mismo tiempo, la ministra Damares Alves es absolutamente misógina y conservadora, con un fuerte discurso de la moralidad, de la familia, del regreso de las mujeres a los cuidados de la casa”, señala la investigadora. Damares, en agosto de 2020, ha sido acusada de visitar a una niña de 10 años que ha sido violada por su propio tío desde los 6. La ninã se quedó embarazada de su violador y aunque tenía derecho de hacer un aborto, de acuerdo con la Constitución Federal de 1940, la ministra la quiso cohibir. La mejor opción, según la pastora, era esperar hasta que la cesariana fuera posible. 

Así, militantes antiaborto intentaron impedir al médico de realizar el procedimiento y le gritaban a la niña, frente al hospital, “asesina”. Pese a que las estadísticas del Ministerio de la Salud revelen que a cada hora tres niños y adolescentes son violados en Brasil – 76,4% de ellos son niñas -, encontrar soluciones para la temática, no obstante, no demuestra ser la prioridad del poder ejecutivo. 

Con la pandemia de la covid-19, el cuadro de violencia volvió a niveles de años atrás, añade Marilane. La profesora cree que la crisis es más severa con las mujeres. “En las actividades esenciales, que fueran preservadas para garantizar el enfrentamiento al coronavirus, la presencia es principalmente de mujeres. Son enfermeras, agentes de salud. Más del 80% son mujeres, más del 50% son médicas. Una gran parte de ellas son jefes de familia, son madres y no tienen con quienes compartir los cuidados de los hijos. Mujeres en trabajos más precarios se hallaron sin ingresos. Mitad de ellas no ha logrado acceder a la ayuda financiera de emergencia”. 

Esa ayuda financiera (el Auxílio Emergencial, en portugués) fue instituida, por iniciativa del poder legislativo, como una subvención de 600 reales (107 USD) a desempleados y 1200 reales (o 215 USD) a mujeres jefes de familia. Bolsonaro, todavía, intentó al principio establecer el valor de 200 reales (o sea, 35 dólares), pero perdió la votación en la Cámara de los Diputados y en el Senado. 

            Alice Pataxó, de la etnia Pataxó, es estudiante, comunicadora y activista indígena desde los 14 años de edad. Residente del pueblo Craveiro, en Prado, Bahia (nordeste brasileño), ella comenta que los movimientos sociales hacen parte de su vida – su madre, una líder indígena, es su referencia. La construcción del ser social, que frecuenta otros espacios y necesita batallar por otras personas, es bastante común en las comunidades nativas. Para ella, esa es una lucha pasada de generación en generación. Ahora, a los 19, la joven necesita enfrentar la omisión del gobierno bolsonarista en la pandemia y también a los abusos sistémicos que su comunidad sufre cotidianamente. 

            “Desde el principio de la candidatura de Jair Bolsonaro, hubo una preocupación, sobre todo por parte de nuestra juventud. Eso nos puso en dificultades, por su odio declarado a los movimientos LGBTQI+, al medio ambiente, a lo que apreciamos. De repente podría ser una gran amenaza, como se lo tocó ser una amenaza. Miramos el gobierno quitar los derechos a las mujeres, a las minorías, a la propia vida al considerar el medio ambiente insignificante. Lidiamos con diversos conflictos al mismo tiempo. La pandemia, las quemadas en nuestros territorios, la deforestación. No tenemos a nadie en Brasil competente para arreglar nuestras cuestiones y tenemos que hacerlo por nosotros mismos”, admite.

Los datos de la Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil (Apib) contabilizan casi mil muertos y más de 35 mil casos confirmados. Por otro lado, los números oficiales y sub-reportados del gobierno son menores: no más de 450 muertes indígenas. “Sufrimos mucho de hecho que estamos infectados y que perdemos a nuestros ancianos, nuestros líderes. Son vidas, sabedorias. Son personas muy importantes en nuestra formación social y en nuestra contribución cultural, que debido a la pandemia se están muriendo prematuramente. No existe política pública que pueda arreglar eso. Brasil no está preocupado con las vidas indígenas. Infelizmente es la realidad. Es un otro proceso de genocidio y una vez más utilizan armas biologicas contra nosotros”. 

            Alice se acuerda del caso de los bebés Yanomami, desaparecidos en julio tras haber sido infectados con la covid-19, en el hospital donde sus madres trataban la neumonía. Ellos fueron descubiertos un mes después en un cementerio, en Roraima (al norte de Brasil), enterrados sin la autorización de las familias. “Nadie supo decir dónde estaban los niños, solo decían que estaban muertos. Somos irrespetados, deslegitimados. Para los Yanomami el rito funeral es muy importante, dura un año. Ellos infringieron completamente la cultura de esas madres. Es catastrófico”, confiesa. 

            Cuando entrevistadas, Alice, Mônica y Marilane están de común acuerdo: “tenemos que luchar para defendernos”. Según las activistas, hay que protegerse del discurso de violencia tolerado, incentivado, por el gobierno; del feminicidio que se sucede en las casas de las víctimas, obligadas a aislarse con sus agresores; de representantes que se preocupan más con las ropas que llevan las mujeres que con la cultura del abuso; con niñas violadas por sus familiares, niñas que se ven obligadas a ser mamás porque no hay soporte del poder público. Problemas que ahí estaban, pero que con la crisis del coronavirus y la pobreza extrema, resultante de ella, han sido potencializados. Una verdad inconveniente, que se quedó aún más clara con la pandemia, es que no es nada fácil ser mujer en un país que las odia.

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