Reseña literaria: «Cripsis» de Germán Carrasco, una lectura crítica

En el contexto del lanzamiento del nuevo libro de Germán Carrasco, Pablo Véliz nos ofrece esta lectura de "Cripsis" y del ocultamiento del poeta y el poema.

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Reseña literaria: «Cripsis» de Germán Carrasco, una lectura crítica

Autor: Absalón Opazo
06/07/2023

Por Pablo Véliz

La poesía es el conato de una experiencia, porque el poema siempre está oculto, como siempre está oculto el pensamiento del poeta, como siempre está oculto el mundo.

El poeta es el conato, pues siempre la escritura es la escritura de una cifra preexistente, un palimpsesto que se escribe a sí mismo. De ahí la idea borgeana de que todos escribimos el mismo libro.

Ahora, detrás de este libro humano inacabado, surge la idea del ocultamiento. Es imposible que “el vate se desnude” plenamente ante la página bajo aquella Noche Oscura del Alma, porque este es quien danza con su careta ante el éxtasis de la realidad buscando la luz de esos candiles para quedar enceguecido.

El ciego es el poeta por excelencia, ya que él no hace otra cosa que estar oculto. So pena de crear una nueva realidad, el bardo antes de esto busca una ingenua, pero genuina objetividad que se plasma en la construcción poética, asunto que finalmente es posible siempre y cuando el hablante se vele y luego muera.

El poemario “Cripsis” es precisamente esto, la poesía. Es la metáfora de la poiesis, puesto que quien escribe se “esconde” en el poema en la medida que se traslada al ir más allá desde la página a un mundo representado. Este hacer cripsis es, en esencia, la poesía, una hipérbole, un arrojarse de la verosimilitud de lo real a una representación ficticia que finge disputar la hiperrealidad.

Cripsis, es, también, escribir, un escribir haciendo siempre un preludio indefinido, una dolorosa hendidura. Desde Homero hasta Carrasco no se ha hecho más que camuflar, un posicionarse tras el oscuro bosque de la poesía, sine qua non sería imposible entrar en el laberinto de Teseo. En este sentido, matar al Minotauro correspondería al propósito último del poema, a manos del poeta que, delictivamente, se atreve a trasgredir la Ley de la Realidad para ocultarla.       

En este contexto, el del ocultamiento como manifestación de la poesía, aparece un fenómeno de suyo evidente. El ser humano ha de ocultarse en la tiranía de la masa. Si la poesía es un gesto crípsico, también lo es el estilo en el que se moviliza el hombre hoy. Tras la soberbia de la masa queda el ser humano despersonalizado, diseminado en un lote de coágulos acéfalos, desdibujando la identidad propia que, en definitivas, es un modo de morir.

Se evidencia en este fenómeno un concepto que atañe a la perdida de la libertad individual y el de una brutantesca mediocridad. Aunque atomizado el hombre masa se rebela de la responsabilidad del sí mismo, de la conquista de la autonomía para ser parte de una comunión falsa y desprovista de axialidad.

El cripsis aquí es un estado fofo de negatividad que alude a un intento por dejar de lado la autenticidad esencial junto al poder y los medios como invisibilización del individuo, asunto que queda atestiguado en el poema del poemario de Germán titulado Un poema es un rosario de sílabas.

Por otra parte, claramente, otro centro de ocultamiento másico, es el aparato del mercado. El deseo bobalicón por comprar de modo desenfrenado es un modo de hacer cripsis, como además el uso de las redes sociales, los aparatos virtuales, la mensajería instantánea, en otros mecanismos o dispositivos tecnológicos. En el imperio del Me Gusta el usuario desaparece.

Entre pinturas hipónimas se devana este poemario. A tientas con un lenguaje galimático, o de una mesurable sencillez, la poética carrasquiana impone una originalidad patente ante temáticas ausentes de metarelatos o temas universales cliché. El término “cripsis”, emanado de una realidad animal, se desplaza metonímicamente hacia un escenario múltiple. Todo ha de estar “camuflado”, “oculto”, “hermético”.

Sucede, por ejemplo, con el poema Pasos (2) donde un puma no ha de tener un poema en su piel y, así, hace cripsis para evitar la masacre. La inmediatez del animal lo hace parte de la variabilidad de la naturaleza, ausentándolo de poesía, pues no la necesita: No hay ningún poema ahí. / Hay silencio de montaña. Todo lo natural está más cerca del ocultamiento. Evitar la masacre es evitar la totalidad de la destrucción para adquirir el silencio tan presente en las rocas. Silencio y cripsis para evitar la masacre. Masacre acá es muerte, disolución impar de la estratagema natural lejos del poema o tan cerca de este, salvajismo imponente y duradero.      

Esta perorata supone pedestales diversos tales como El vuelo de una golondrina, modo de hacer cripsis en su aparataje distendido. Seguir el vuelo de una golondrina. / Al principio es similar / a una piedra aventada, pero luego hace / una serie / de arabescos / y caídas falsas / que terminan en elevaciones. Todo es ver cómo se oculta en el parapeto volátil en suaves contorsiones. Llámese lo anterior un vuelo que busca enaltecer su figura hermética.

Lo mismo, en su abisal diferencia, cuaja con el insecto que se posa sobre unas teclas de un piano. Ante el inmensismo hay que convertirse en bicho / ante la pretensión el engolamiento y el alarde / hay que puro convertirse en un insecto / un insecto que haga cripsis / para pasar desapercibido y no lo maten. Este último tampoco quiere dejar pista, siquiera el sonar de una nota. Quiere dispersarse.

Así transcurre este variopinto espectáculo: Quizás eso es el poema. / Dejar constancia de la existencia / de ciertas especies / que de lo contrario serían masacradas / y a nadie le importaría un pico. Estos versos corresponden al poema Ecologías donde figura una escena que sirve de preludio, se trata de unos tomates o manzanas que el poeta recoge del suelo tras la feria, para luego pintarlos, y, así, pensar en sus libros impecables: Siempre hemos vivido con poco, hermano, / somos santos o vagabundos. Es un cliché / pero es cierto. / Ayuno. Lectura. Silencio. / El poeta da a lo indecible / una solución habitacional / y un nombre. Una especie / de certificado de existencia: / que sepan que existimos.

El autor de este libro a saber del tratamiento general es poco condescendiente con el lector, a ratos caprichoso y no benevolente. No obstante, parece todo el poemario hojas del liquidámbar otoñales guardadas en la mano empuñada de un Carrasco próximo a la muerte, al menos esto lo constata el poema: Cita con un Dios en alguna parte de Santiago. En este último el hablante adquiere un tono compareciente. El poema se constituye como la huella deleble, el rastro tras la diseminación del individuo, el vehículo que el permite al autor salir de sí. Aquí estoy / tal como me lo solicitaste: Acá se visualiza el sentido conversacional que el autor impone ante “un” Dios, porque no es “el” Dios, como si este fuera único, es “un”, uno cualquiera, aludiendo al hecho de que existieran indefinidos dioses.

Sin embargo esto no es lo importante, sino el presentarse y desprenderse ante lo divino: Quizás alguien se imaginó a dios / como un cuchillero de la vieja escuela, /como una persona que canaliza el rencor y el dolor / con elegancia.

Esta definición, tal vez artera, presupone el interés por acercarse ante lo divino como si este fuera un ser absolutamente terrenal, con quien armar una rencilla urbana, sin antes conocerlo. Ahora, lo crucial en este poema se concita de un modo muy decidor: Te espero. / He estado horas. / Seguiré esperándote / hasta hacer cripsis con el entorno / y desaparecer por completo.

Esto permite desarrollar el sentido último del poemario: ¿para qué escribir el poema si se desea no dejar rastro?

Cripsis es una manera de morir al desdibujar la identidad, dejar de ser, pero, y entonces, por qué esta necesidad de plasmar el poema, esta rara certeza como diría Lihn.

Tal vez, este escribir el poema pese a no querer dejar vestigio, sea un modo de ceder la poesía al lector, hacer que la obra no le pertenezca al autor, o bien hacer que este último perezca.

Solo de ese modo el “surco” del autor desaparecería, dejando que la obra, aunque huella propiamente crípsica, quede relegada al lector, el que formaría una nueva inscripción al leerla. Con todo, el único autor de la obra es el lector, y el autor quien yace una vez que la haya creado.

Por Pablo Véliz

«Cripsis» fue publicado por la editorial Libros Tadeys y ya se encuentra a la venta AQUÍ.

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