miércoles, julio 8, 2020

El coronavirus entre el saber y el poder

Por Alejandro González Llaguno / La coyuntura del Covid-19 es un terreno fértil para analizar y comprender la relación que funda toda sociedad entre poder, saber y verdad. Desde el momento en que se empezó a gestionar la crisis sanitaria por parte del gobierno, se abre un campo de batalla en que los conocimientos sobre la enfermedad, sus modos de emergencia, circulación y funcionamiento se convierten en juegos de verdad que van definiendo las formas en que la sociedad, el Estado y el gobierno enfrentan política y sanitariamente la infección viral que rápidamente es convertida en un “enemigo poderoso, peligroso, cruel e implacable” que amenaza la vida; y por tanto, genera condiciones para crear un escenario de guerra, que no es más que la continuación de las batallas iniciadas en octubre.

Para hacer frente a este escenario de guerra en que la vida está en juego y la muerte ronda las puertas de los hogares, el Estado y el gobierno implementan estrategias y tácticas que en su conjunto configuran el modo de gestionar la crisis sanitaria desde sacar a los militares a la calle para controlar los desplazamientos hasta la forma de contar los infectados y los muertos, pasando por la socialización de las medidas de autocuidado (como lavarse las manos, usar mascarillas y mantener distancia social). En consecuencia, se pone en operaciones un dispositivo de poder que tiene como objetivo “combatir” y “vencer” la enfermedad.

La forma que asume la gestión política de la crisis sanitaria depende, por tanto, de modo directo del saber que se construye sobre la enfermedad. Desde los primeros momentos vemos como la ciencia produce conocimiento que el poder va usando para construir las verdades de la enfermedad y desde ahí legitimar su acción política. Por ello, es muy relevante lo que se va “diciendo” sobre la enfermedad y lo que se va “haciendo” sobre los cuerpos enfermos y potencialmente enfermos, sobre todo cuando ese “decir” viene de la autoridad científica que goza de mayor legitimidad que las autoridades políticas.

El saber sobre la enfermedad, en consecuencia, define el marco conceptual y los límites metodológicos sobre los cuáles se construye la acción política y se gestiona la crisis sanitaria. La verdad sobre la enfermedad, es decir, lo que se cree y dice de la enfermedad y sus formas de operación constituyen enunciados de certezas que la política usa para administrar y ejecutar poder.

El diagnóstico del experto era simple: se puede morir “mucha gente” y en breve intervalo de tiempo. Sin este enunciado fundacional, nada de los que sucedió hubiese sido posible: la humanidad había recibido una declaración de guerra. Sin duda, tiene que ser muy grave la “amenaza” a la comunidad para haber congelado sin resistencias (en época de revolución plebeya) no sólo las libertades civiles y políticas de las democracias capitalistas, sino también haber congelado una parte (lo “no esencial”) de los “negocios” y la vida cultural del mundo global.

La estrategia de los gobiernos se sustenta, por tanto, en el enunciado científico de que los trabajadores, ciudadanos y consumidores en cada uno de los estados nacionales podrían morir a causa del nuevo coronavirus. En consecuencia, a partir de enunciado que articulan un juego de vida y muerte surgen dos acciones que a nivel mundial se han usado para enfrentar la amenaza: el dispositivo de aislamiento y el dispositivo de caza.

Dispositivo de aislamiento. A partir del primer momento se desplegaron tácticas de control destinadas a evitar que las personas pudieran “estar juntas”; y de ese modo evitar que la infección siguiera su alta velocidad de propagación al pasar de unos a otros. Las restricciones a las libertades civiles y políticas tienen como objetivo “obligar” a que las personas mantengan su condición de aislamiento y de distancia social.

El caso chileno, muestra que la “distancia social” fue el enunciado “razonable” que no sólo justifica la modificación del calendario electoral y el cambio de fecha de las municipales y del plebiscito constitucional, sino también pone en riesgo el proceso constituyente en sí mismo. Sin embargo, no ocurre lo mismo cuando se trata de actividades laborales y de consumo que se consideran esenciales y que tienen la misión de mantener en funcionamiento la economía neoliberal y evitar el derrumbe económico. Los hechos muestran que se puede ir a trabajar, usar transporte público e ir al supermercado o al médico, pero no se puede ir a votar ni hacer campaña electoral.

Este saber aplicado para la dominación y la obediencia en época de pandemia mortal se traduce en medidas que van desde el toque de queda (que restringe el uso del espacio público) hasta las cuarentenas que son formas “blancas” de encierro y servidumbre, pasando por el cierre de las fronteras, los cordones y las aduanas sanitarias, el uso obligatorio de mascarillas y las fiscalizaciones que van en aumento. Lo números son contundentes: 3 meses en toque de queda con la posibilidad de llegar a seis, 10 millones de chilenos con alguna forma de cuarentana (aislamiento), control a los desplazamiento en adunas y cordones sanitarios en diversos puntos del territorio nacional, fronteras cerradas, más de 15 millones de fiscalizaciones y más de 100.000 mil detenidos por violar la normativa político-sanitaria.

De hecho, la imposibilidad de hacer cumplir en estricto rigor las medidas de “distancia” y “encierro” condujo al aumento de casos, al fracaso la tesis de la “nueva normalidad” que instala el gobierno a mediados de abril, a la derrota de la “batalla por Santiago” que culmina con la salida de Mañalich a mediados de junio; y en definitiva, a la derrota política y sanitaria del modelo de gestión que el gobierno desplego desde enero. Más allá de si el modelo de gestión era o no el adecuado para la demanda de la coyuntura y de los errores cometidos por la dupla Piñera-Mañalich, hay que considerar que para ese fracaso contribuye de modo relevante la precariedad de la vida de amplios sectores de chilenos. Hasta el ex ministro de salud se sorprendió de “tanto hacinamiento”.

No poder dejar de trabajar, producir dinero al día, tener que pagar compromisos y deudas, no tener vivienda, vivir en hacinamiento y los conflictos familiares, son algunos de los factores que “obligan” a que los individuos generen estrategias y tácticas de contra poder para romper el cerco y recuperar en algo sus espacios de movilidad característicos de la “antigua normalidad”. A esto hay que agregar que esa pulsión libertaria se ve fomentada por autoridades e instituciones que están inmersas en una crisis profunda y terminal que no logran “obediencia”. Sólo la profundización de las medidas policiales podrá revertir esta tendencia.

El dispositivo de caza es el segundo eje para combatir la amenaza del coronavirus. El saber y la metodología en uso también juegan un rol clave en el modo en que el Estado captura infectados y contabiliza muertos: ¿quién está enfermo?, ¿qué síntomas definen la enfermedad?, ¿quién es un caso sospechoso o contacto estrecho?, ¿quién muere o no por corona virus?, ¿qué rol juegan los test diagnósticos?, ¿cómo se cuentan y que se hace con los muertos?, ¿qué se hace con los infectados?, ¿cuánta infraestructura se necesita para la demanda sanitaria?, son preguntas que son fundamentales para definir el plan de acción. Lo relevante, es que hay que ir en busca de los infectados para capturarlos, medirlos, aislarlos, encerrarlos y enterrarlos. Y todo, al menor costo económico (y político) posible.

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La eficiencia de esta acción de caza y aislamiento es clave para el resultado final de la guerra. Hay, por tanto, toda una analítica y una contabilidad de la enfermedad que se hace necesaria para lograr el objetivo de vencer el virus con el menor daño posible a la economía neoliberal y a la normalidad socio-cultural del país.

En este contexto la contabilidad de los infectados y muertos es un debate político en el sentido de que los criterios metodológicos que subyacen van defiendo las decisiones políticas de gestión que se van tomando. De hecho, al cambiar el criterio para contar muertos se modifica de modo automático el número de los mismos; lo que también ocurre cuando se trata de contar infectados, definir qué hacer con los casos asintomáticos o definir quien muere o no por coronavirus.

Una breve mirada a los sucesos del coronavirus desde marzo nos muestra como el debate metodológico sobre el cual se construye el saber científico sobre la infección va determinando como se entiende y enfrenta el virus mortal; es decir, cómo a partir de enunciados verdaderos (“basados en evidencia científica”) se va constituyendo, ejecutando y evaluando la gestión político-sanitaria de la crisis. El caso de cómo se contabilizan los muertos es un caso emblemático de esta discusión político-científica.

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En consecuencia, el enunciado científico de que nos podemos “morir” genera en los estados nacionales políticas públicas que limitan las libertades civiles y políticas por medio de dos acciones: aislamiento y captura. Sin embargo, estos dos elementos base de la estrategia que usan los gobiernos del mundo para enfrentar la crisis sanitaria no surge en el vacío. Al contrario, hay un contexto histórico-social externo e interno al interior del cual se manifiesta el virus y se aplica la gestión político-pública de la crisis sanitaria.

En el caso chileno, la crisis del neoliberalismo local que estallo en octubre, los efectos post “crisis de octubre” y los efectos de corto y largo alcance de la pandemia son el contexto al interior del cual se van tomando decisiones en ambas dirección: crisis neoliberal y crisis sanitaria.

Lo que parece evidente es que la crisis de la pandemia se combina con la crisis terminal del neoliberalismo chileno produciendo un escenario explosivo. La pregunta que surge, en consecuencia, apunta a conocer el impacto que tendrá la crisis sanitaria sobre la crisis neoliberal y los efectos de ésta última sobre la decisiones que se toman en la coyuntura pandémica; es decir, mientras por un lado se abre un juego cuyo resultado será la profundización o no de la crisis del neoliberalismo local, por otro, surge un contexto socio-político que condiciona la gestión de la crisis sanitaria al supeditar la misma a las necesidades y objetivos de poder del gobierno.

El principal objetivo político del gobierno en términos generales, por tanto, es producir condiciones políticas, económicas y culturales que impidan que la crisis neoliberal se profundice y el modelo de desarrollo en todas sus dimensiones tenga su muerte definitiva: matar el virus y mantener vivo el modelo es la tarea política de un gobierno que también transita por tierras de ultratumba.

Para el gobierno de Piñera la crisis sanitaria, en consecuencia se presenta como la gran “oportunidad” para revertir el 6% de apoyo ciudadano y anular la movilización social con plebiscito constitucional incluido. Las restricciones a las libertades civiles y políticas es la respuesta que usan los gobernantes para anular la presión ciudadana que pone en jaque la dominación y la obediencia. El recurso es conocido y antiguo. Piñera no dudo en recurrir al estado de excepción constitucional a fines de octubre cuando estallaba la olla neoliberal y también lo volvió a usar en marzo para enfrentar el coronavirus y de paso frenar las movilizaciones y el plebiscito constitucional. La suerte y la fortuna en política son grandes aliados.

Pero, la fortuna sin astucia es un recurso neutro en política sobre todo cuando se ésta en los márgenes de la legitimidad y la capacidad democrática de obediencia es baja o muy baja. Tres meses después de iniciada la crisis sanitaria a principios de marzo el gobierno reconocía el fracaso de la estrategia sanitaria y desperdiciaba la oportunidad de revertir su compleja posición política y estabilizar la crisis del neoliberalismo chileno. Este reconocimiento, es el signo de que la crisis pandémica ha profundizado la crisis neoliberal y la fatiga estructural del gobierno. También, tres meses después

No se puede desconocer que las condiciones que hicieron posible el “reventón de octubre” se han profundizado en todos los planos de la crisis. Del mismo modo, también la debilidad del gobierno se ha profundizado generando una sensación de ingobernabilidad que sólo será superada con medidas cada vez más restrictivas. Se abre, sin duda, un complejo escenario para las democracias y las revoluciones ciudadanas y plebeyas que estaban emergiendo en diversos lugares del planeta desde la primavera árabe en el 2010 hasta el reventón de octubre en Chile del 2019, pasando por el 15M español y llegando a la demanda (también igualitarista) por igualdad racial a propósito de las movilizaciones que se abren con la muerte de George Floyd en Estados Unidos.

La doble crisis (la neoliberal y la sanitaria) y sus efectos post pandemia son explosivos. Los científicos de la economía nos advierten que se vienen tiempos difíciles que no harán más pobres y que la recesión económica ya ha llegado. Como el gobierno no está capacitado para pensar fuera de la lógica neoliberal y de sus coordenadas ideológicas, su apuesta esta en seguir pagando subsidios, bonos y traspasando negocios y recursos a la empresa privada que no sólo reproducen lo que el modelo viene haciendo desde sus inicios, sino también lo mantienen “vivo” en uno de los ventiladores mecánicos que llegaron a Chile en esta coyuntura.

Surge, en consecuencia, una pregunta política relevante: ¿qué sucederá cuando los enunciados científicos en torno al coronavirus que sustentan la suspensión de las libertades civiles y políticas, dejen de ser útiles y dominantes para seguir anulando los enunciados igualitaristas de la política contra neoliberal?

En ese momento, sabremos si los enunciados científicos que hoy sustentan la política pública que restringe las libertades podrán ser desterrados y dar paso a enunciados que restituyan la competencia, la promesa democrática y la revuelta igualitarista o la crisis sanitaria seguirá subsidiando a un sector político que se resiste a competir y que lucha por mantener “sus granjerías y privilegios”.

La evidencia nos dirá que ese momento ha llegado cuando los científicos de la salud nos digan que el riego de muerte ha desaparecido y/o disminuido. Los enunciados de muerte darán paso a los enunciados de vida y la “nueva normalidad” comenzara a envolver nuestras vidas en un contexto de alta conflictividad y de riesgo democrático.

González-Llaguno, Junio, 2020

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