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Narrativa psiconáutica

Algunos creen que la marihuana es un peligro, y enseñan a la gente a desecharla de sus vidas, otros la encuentran valiosa y la promueven por sus virtudes estimulando su cultivo y su uso con diferentes fines. En el caso particular del cannabis, la aguja que buscamos en el pajar, es una relación adecuada con ella precisamente. Quienes ven en el cannabis uno de los azotes de la humanidad, un vicio, la puerta de entrada para el consumo de drogas duras, la decadencia moral y fisiológica, la pérdida de voluntad para plantearse propósitos vitales por la aparición del “Síndrome Amotivacional,” generan literatura, de muy distintas disciplinas, truculentas, marginales, de asaltantes, narcotraficantes criminales, ajustes de cuentas, y de enriquecimientos de mafias internacionales capaces de podrir a la comunidad mundial completa. Quienes creen en sus virtudes, producen literatura de distintas disciplinas sobre los fines terapéuticos y de la antigua relación del ser humano con la marihuana, su larga historia vinculada con la espiritualidad, la exploración psíquica, la diversión, la afinidad con los jóvenes en la búsqueda romántica de un desarrollo permisivo y trascendente.

Alessandro Baratta, autor italiano, habla del sistema social actualmente imperante como un sistema que se reproduce a sí mismo. “La política actual de la droga en nuestras sociedades, es decir la política de la penalización de ciertas drogas, constituye un sistema “autopoiético”, o sea un sistema que se auto reproduce ideológicamente y materialmente. Por reproducción ideológica se entiende un proceso general a través del cual un actor, o grupo de actores, integrados en el sistema encuentra confirmación de su propia imagen de la realidad en la actitud de los otros actores. Este mecanismo puede ser representado por un circuito cerrado. En efecto, se trata de un proceso circular, en que cada actor depende de los otros de tal modo que es difícil o imposible una modificación de su imagen de la realidad y de sus actitudes“.

Existe un tipo de literatura, la narrativa psiconáutica, que habla del consumo de drogas, no se restringe a la cannabis sino que trata sobre las drogas o sustancias psicotrópicas o psicoactivas en general, su uso en las funciones psíquicas, preocupación y práctica atávica que nace con el uso de las plantas, vehículos naturales de exploración e intervención psíquica, del enigmático, mágico e infinito poder del cerebro humano, sus posibilidades, de su enfermedad y su curación, de los caminos de la conciencia, o de la inconsciencia, que nos llevan de nuevo a la casa materna universal, nos libera de cadenas, nos saca de las cuatro paredes de las concepciones materialistas y éticas restrictivas.

Una literatura, que habla sobre las drogas psicotrópicas y psicoactivas, y sin embargo, no se asocia con el tiroteo de la policía, con los narcotraficantes, con cadáveres en la acera, con estadísticas de los porcentajes de VIH infectados por el uso endovenoso de drogas, con los millones de dólares que destinan cada año los distintos países para combatir el narcotráfico, ni con reportajes a ex adictos rehabilitados que a “cara limpia y cuerpo limpio”, cuentan cómo tocaron fondo. Tampoco, es una literatura que nos hable principalmente de personas que organizan actos políticos en defensa de libertades, o estilos de vida, ni para conseguir legislaciones que permitan el cultivo terapéutico. Es una literatura que puede verse como algo distinto a la literatura idealista condenatoria, y también aunque en menor medida, distinta a la literatura idealista absolutoria del consumo total. Se trata de un conocimiento, de un tema encantador, en el sentido quizás original de esta palabra con relatos de viajes psicodélicos, experiencias psiconáuticas con drogas visionarias, vivencias de drogas similares en simbolismo mitológico a leyendas, a héroes que ante una situación de injusticia sacan desde un anillo una sustancia, o dicen una palabra mágica, que los hace invencibles y les da poderes extraordinarios. Es una afición, un hobby, que acicatea afanes de exploración, de ingenio, una verdadera obsesión como la del Quijote de la Mancha por los libros de caballería, o la de los seguidores de los géneros literarios, religiosos o cinematográficos, de películas de culto cuyos seguidores llegan a las premieres, con el vestuario de su personaje favorito primorosamente elaborado.

Una especie de literatura sobre las potencialidades fantásticas de las drogas psicoactivas o psicotrópicas, en las que los seguidores de los psiconautas (que son los que realmente las consumen), de las más diversas condiciones, admiran los relatos de las experiencias avezadas, las anécdotas de los viajes, las especulaciones sobre los efectos de las sustancias; conocen las biografías de los investigadores consagrados o descubridores de ellas, el itinerario por el mundo de los exploradores de las drogas elasivas, de quienes hacen de vanguardia, o van construyendo leyenda y fama, en la cofradía. Este género de literatura y esta afición, que tiene expresión desde varias disciplinas y cultores, no busca ni produce necesariamente interés en convertirse, realmente, en un consumidor de lo que halla, ni de probar los efectos de las drogas elasivas a que se tenga la oportunidad. Es en cierto modo, como el niño que ve pasar desde la puerta de su casa la farándula del circo, y de pronto, se imagina él mismo saltando en el trapecio, haciendo malabares con clavas de fuego, envuelto luego por la ola de aplausos que baja de las galerías.

Muchos de los que se encantan por leer y conversar del mundo de las drogas, están fascinados por la aventura de la mente, y van en la dirección contraria al caos, la corrupción, la violencia, la irresponsabilidad, la negligencia. Son personas, de sentimientos gregarios y amorosos que profesan una ilusión semirreligiosa cercana a la alquimia psíquica -o del alma-, a la ilusión de una sociedad justa que nunca ha llegado en miles de años, a la ilusión del resultado de las psicoterapias, y en fin similar a las infinitas flores del frondoso jardín utópico por el que nos gusta pasear a las personas. Los seguidores de esta visión no salen en televisión, más que muy excepcionalmente. Para las masas y los medios de comunicación la palabra droga es sinónimo de violencia, de enfermedad y muerte, es un estímulo para la lucha, el castigo y la marginación, para ellos, los iniciados en la afición de la literatura del mundo de las drogas, su nombre se asocia con beatitud esperanzadora, curiosa, científica-mística, tradicional y legendaria. Con búsqueda de las formulas naturales o químicas que le develen al ser humano ese más allá secreto, salvador de lo real finito, en busca inexorable “del cielo”, “el nirvana”, de las maravillas, que son con toda coherencia el horizonte de las religiones, los partidos y movimientos sociales. Pero esta inspiración no nace en el ser humano, las personas solo expresan la naturaleza –supongo-: y de ahí que hasta la más pequeña y extraña “vida insectaria” al cantar en la noche sobre una hoja perdida, estará diciendo a esa inmensidad desde lo oscuro: me gustaría mejorar mi vida, y si llega a ser buena: ojala que sea para siempre –y para todos.

 Avelino Jiménez Domínguez

 

 

 

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