Por un decrecimiento redistributivo

Antes del año 2050, debido a la crisis climática y el agotamiento de los combustibles fósiles, podría precipitarse un cambio en los sistemas políticos desarrollados por los seres humanos para gobernarse.

Por Wari

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Columnas / Medio Ambiente

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Por Manuel Baquedano

Durante el Antropoceno, el ser humano fue la principal fuente de transformación de los ecosistemas; lo que también coincidió con el uso intensivo del carbón, el petróleo y el gas. Al mismo tiempo, prevaleció (particularmente en los siglos XIX y XX) el eje izquierda-derecha que daba cuenta de la contradicción que existía entre el capital y el trabajo. En un caso, la riqueza debía ser distribuida por el mercado y en el otro, por el Estado en función de las necesidades de la población. Sin embargo, ambos estaban de acuerdo en que la civilización industrial podía crecer de forma infinita, aunque el mundo fuera finito.

En pocos años más, este antiguo eje izquierda–derecha que sirvió para ordenar el comportamiento de los seres humanos podría llegar a su fin no tanto por razones ideológicas sino porque la misma actividad humana habrá traspasado los límites de la naturaleza. Con el agravamiento de la crisis climática, este eje político podría ser sustituido por otro ya que se encuentra directamente amenazada la permanencia de los seres humanos en el planeta.

En este punto hace falta señalar que no se trata solamente de una posición teórica. La ciencia también sostiene que la única forma que tenemos para sobrevivir es volviendo a colocar a la actividad humana dentro de los límites de la naturaleza y esto significa decrecer.

Entonces, el tema en discusión no es si tendrá lugar el decrecimiento o no. Ya nos encontramos transitando la era de la escasez y el dilema ahora es sobre la forma que asumirá. Si será un decrecimiento planificado, que redistribuye los recursos a medida que se vuelven más escasos, o si dejaremos que la reducción la haga la propia naturaleza de forma caótica, es decir, fuera de nuestro alcance.

Las ideologías que primaron en el siglo XIX y XX (los “azules” partidarios del capital y los “rojos” partidarios del trabajo) tienen en común su marcado antropocentrismo. Ambas consideran al ser humano por encima de la naturaleza como si nuestra especie fuera “dueña” de los recursos naturales. Ninguna de las dos tiene en cuenta que los seres humanos pertenecemos al reino animal, que formamos parte de la naturaleza y que, por lo tanto, nuestra vida debe desarrollarse dentro de los límites que ella nos impone. La crisis ecológica y climática que estamos viviendo se debe a que como especie hemos sobrepasado estos límites y hemos forzado a la naturaleza a buscar nuevos equilibrios para su conservación.   

Para ilustrar la situación podemos analizar el problema de la escasez del agua en la zona central de Chile. Para los “antropocentristas” (que conforman la elite azul o roja), la región vive una sequía, es decir, ausencia de lluvias. Para los azules y para los rojos este fenómeno es transitorio ya que un día la sequía se terminará y volverá a llover.

Por un lado, los azules considerarán necesario subir los precios y que el Estado aporte subsidios para los que no lo pueden pagar por el servicio. De esta forma, podrán ganar tiempo hasta encontrar una solución definitiva en las plantas desalinizadoras colocadas cerca del mar. En cambio, los rojos advertirán que la sequía se verá agravada por el acaparamiento del agua que se desprende de la legislación actual. Entonces tendrá que ser el Estado el que administre el recurso ya sea con camiones aljibes que permitan gestionar el racionamiento o también, a largo plazo, con plantas estatales de desalinización.

Ambas visiones “antropocéntricas” no pueden dar cuenta de lo que está efectivamente ocurriendo en la naturaleza y es por esto que consideramos que el diagnóstico está errado. Es una mal llamada “sequía”. Se trata de un fenómeno mucho más profundo porque la crisis climática y ecológica entró en una etapa irreversible. Lo que se esconde es la transformación de un territorio con ecosistema rico en aguas por la presencia de la Cordillera de los Andes (cuya nieve aseguraba disponibilidad del vital elemento) a otro derivado de la ausencia permanente del recurso propio de un ecosistema árido.

Gestionar esta nueva situación supone una adaptación profunda y acelerada. También implica aceptar que cada día tendremos menos agua potable y que será necesario decrecer en el uso del recurso hasta llegar a un límite que permita la vida de todas las especies (incluida la vida humana) y la regeneración de los ecosistemas.

El decrecimiento supone una nueva gobernanza que supere las visiones antropocéntricas que profesan los azules y rojos.

Ya transcurrieron 50 años desde que tuvo lugar la primera conferencia mundial del medio ambiente en Estocolmo en 1972. Hoy la situación es mucho peor en materia ecológica y climática. Si los azules y rojos tuvieron 50 años para solucionar el problema y no lo hicieron: ¿Por qué vamos a seguir confiando en ellos? Es necesaria una nueva visión con otro enfoque científico y de valores, una visión que sea más “verde” y que acepte que somos seres que pertenecemos a la naturaleza y que debemos convivir con ella.

Los azules y rojos podrán convertirse en “pardos”. El mayor desafío será advertirlo y emprender una gobernanza verde que nos permita realizar un cambio profundo para preservar las numerosas formas de vida que existen en el planeta.

Por Manuel Baquedano

Presidente del Instituto de Ecología Política

Publicado en Poder y Liderazgo 23.06.22


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