¿Ha muerto el neoliberalismo?

La actual crisis económica es el principio del fin de la soberbia neoliberal que convirtió a Chile en su laboratorio. La salida más sensata exige reconstruir los grandes sistemas públicos desmantelados por el neoliberalismo y un cambio radical en las políticas públicas.

Sí, la crisis lo ha dejado tieso. Ha estirado la pata. Kaput. Su defunción ha sido certificada por las principales autoridades políticas y financieras de los países desarrollados e, incluso por nuestra Presidenta. Ha fallecido por segunda vez en el curso del último siglo y por cuarta o quinta en los últimos dos.
Los principales inspiradores de esta escuela económica -Friedrich Hayek y Milton Friedman-fueron notables mentes críticas que hicieron aportes importantes a la ciencia económica, aunque muy delimitados al ámbito de la formación de los precios. Al mismo tiempo, fueron ideólogos extremistas de una suerte de anarquismo burgués, como lo ha denominado Eric Hobsbawm. Una variante bastante despiadada del pensamiento libertario que bien poco tiene que ver con algunas nobles tradiciones del anarquismo de los artesanos.
Su forma de pensar la economía parte de supuestos comportamientos inmanentes a los individuos, definidos como axiomas, sobre los cuales construyen sus modelos de  comportamiento social. Esto encantó a varios matemáticos que se han encargado de formalizar su optimización de forma elegante.


GANAR SIN  PRODUCIR

La subjetividad extrema de esta concepción se aviene bastante con la manera de pensar de los banqueros. Marx describió su forma de ver el mundo en las palabras que ha recordado el Financial Times en su edición del 18 de octubre último:
“Al poseedor del capital dinero el proceso de producción se le aparece como un mero vínculo intermedio inevitable, como un mal necesario para efectos de ganar más dinero. Todas las naciones con un modo de producción capitalista se ven por lo tanto presas periódicamente de un intento febril de ganar dinero sin la intervención del proceso de producción”.
Este pasaje del Libro II de Das Capitel constituye para el diario británico “una magistral descripción de la reciente financierización de la economía en las naciones angloparlantes y la resultante burbuja crediticia”.
Dicha fracción del capital se distingue de las que operan el capital de comercio y el capital industrial, lo que incluye todas las ramas productoras de bienes y servicios no comerciales ni financieros, que finalmente es el que maneja el área donde se producen todas las mercancías, el valor y las ganancias que luego comparten con sus socios en los otros ámbitos. Cada medio siglo, en virtud de procesos históricos y económicos muy complejos, esta fracción del capital se ha enseñoreado sobre las otras ¡y han revivido este muerto que tiene más vidas que un gato!
Por otra parte, sus rasgos anti-Estado y de despiadado darwinismo social y económico -especialmente dirigido contra los obreros, pero también contra fracciones más débiles del capital-, se avienen muy bien con los períodos de revancha social. Enfervorizaron a la joven burguesía chilena que la abrazó con fanatismo, criada con la leche materna del odio de la vieja oligarquía agraria al Estado, por las reformas y la revolución que barrieron para siempre con ella. Mal enseñados por su tata Pinochet a gobernar por la fuerza en vez de la razón, se hicieron devotos hasta el día de hoy. Este es el principal problema político que enfrenta Chile en la actualidad. Y como no se van a convencer fácilmente, habrá que imponerles la sensatez desde el Estado. Esto lo haremos juntos la abrumadora mayoría de los chilenos, mediante un amplio frente democrático en la mejor tradición de los movimientos progresistas chilenos.
La crisis va a ayudar. Es uno de esos raros momentos en que la realidad da un corcoveo descomunal y despeja de un huascazo las ideas equivocadas de los seres humanos -que las tenemos a montones. Es lo que ocurrió cuando se observaron las montañas de la luna y comprendimos que la tierra es otra enorme bola girando en el espacio. Como ha recordado Stiglitz, es el equivalente  de la caída del muro de Berlín para el capitalismo. Éste sin duda va a sobrevivir a la crisis, pero no así el neoliberalismo.
Tampoco va a durar para siempre y tarde o temprano va a ser reemplazado por un régimen mucho mejor, llámese socialismo o como sea. Sin embargo, la caída cambió radicalmente la manera de apreciar la historia del siglo XX -corrigió la esperanzadora idea que los más avanzados regímenes estatales de países subdesarrollados constituían ya el modo de producción que inevitablemente sucederá al capitalismo en la historia-.
Impone de golpe y porrazo la estrecha relación entre Estados y mercados modernos, tan inseparables el uno del otro como el huevo de la gallina. En lo inmediato, obliga a los primeros a intervenir de modo rápido, drástico y masivo a los segundos, que se encuentran paralizados, desbocados y distorsionados. En los años y décadas que vienen, cambiará completamente la forma de pensar las políticas públicas, especialmente en un país donde el período neoliberal ha sido tan extremo, prolongado y dañino como en Chile.
RECONSTRUCCIÓN DE LO PÚBLICO
Hay que actuar ¡ahora! sobre los  mercados más distorsionados por el neoliberalismo: estatizar el TranSantiago para ordenar de una vez por todas su funcionamiento; intervenir los fondos de pensiones para ponerlos a resguardo de la tormenta financiera; reestablecer el encaje y estrictos controles a las entradas y salidas del capital especulativo y repatriar los fondos externos para mantener la estabilidad del tipo de cambio en un nivel competitivo.
También hay que asegurar la liquidez y el crédito; permitir que la CORFO aporte capital transitoriamente a las PYMES, que es lo que necesitan hoy para sobrevivir; revisar el presupuesto para hacerlo de verdad anticíclico, lo cual significa aumentar significativamente el gasto social. Asegurar a todos los trabajadores chilenos un ingreso estable y digno mientras dure la crisis, aún en la probable eventualidad que pierdan varias veces su trabajo en el curso de la misma.
Con más calma, hay que reconstruir los grandes sistemas públicos desmantelados por el neoliberalismo. Empezar por los servicios nacionales de educación y salud, integrando a los mismos a todos los establecimientos que fueron desperdigados por la dictadura y agregando a muchos de los servicios privados que han crecido al alero de subvenciones. Terminar con las AFP y reconstruir el sistema público de previsión, en base al mecanismo de reparto que permite garantizar a todos pensiones definidas, de por vida, con montos dignos y parecidos a sus ingresos en actividad, al menos equivalentes a los que hoy entrega el INP. Reconstruir el servicio civil profesional con la dignidad, calidad y dimensiones que requiere un Estado democrático moderno.
Es necesario renacionalizar las riquezas minerales y el agua, de modo de eliminar las groseras distorsiones que ha generado su privatización. Porque es absurdo que una empresa privada se haya apropiado del 80% de los derechos de agua; que tres se lleven la mitad del cobre y diez el 70% del mineral, repatriando cada uno de los últimos años cifras que superan todas las inversiones realizadas en 30 años y que equivalen a dos tercios del presupuesto del Estado en los años respectivos.
Otra proyección es volverse con decisión hacia América Latina y concurrir lealmente a construir junto a nuestros vecinos un espacio de soberanía compartida que llegue a ser uno de los grandes actores mundiales del siglo que se inicia.
Para que todo ello sea posible en un marco de justicia y democracia, es necesario restablecer los equilibrios de poder perdidos. A nivel de la empresa, mediante una nueva legislación laboral similar a la de cualquier país europeo. A nivel político, mediante una nueva Constitución inspirada en los derechos humanos universales y no en la sola defensa de la propiedad privada, que consolide todo el giro estratégico reseñado.

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Por Manuel Riesco

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