Francisco Rivera, experto en ecoturismo: “Las plantaciones están convirtiendo el campo en desiertos monótonos”

Practicar Arborismo exige destreza, pero también capacidad de conectarnos con el entorno

Francisco Rivera, experto en ecoturismo:  “Las plantaciones están convirtiendo el campo en desiertos monótonos”

Autor: Wari

Practicar Arborismo exige destreza, pero también capacidad de conectarnos con el entorno. Lo mejor es que se puede vivenciar en bosques nativos que se resisten al avance de la degradación, los incendios y las plantaciones de eucaliptus y pinos.

“Esta es un aventura larga ¿cierto papá?”. Así le dice Rafael (5 años) a Francisco cuando van al bosque a practicar arborismo juntos. Y es que el aprecio por la naturaleza es parte esencial de la vida de quienes conviven con ella. Pero ¿se puede aprender? La respuesta es, simplemente, sí.

“Quien no ve la problemática ambiental y el cambio de paradigmas acerca del uso de los recursos está fuera de contexto”, dice Francisco Rivera Riffo (31 años), administrador en ecoturismo y experto en esta técnica que valora la relación de las personas con los bosques nativos del sur de nuestro país.

“Aunque estemos sólo unos minutos rodeados de naturaleza, los estímulos que recibimos nos dejan una huella. Hoy en día hablamos de sustentabilidad, siendo que las culturas originarias han sido las responsables de que aún perduren estos espacios”, asegura, enfatizando que “la conexión con el entorno no se está dando en estos tiempos de apocalipsis ecológica”.

Desde un punto de vista turístico, el arborismo es el desplazamiento entre puntos fijos a través de estructuras que permiten mantener el equilibrio (plataformas naturales en el aire, cuerdas y redes). Si bien se parece al Canopy, la velocidad es menor, permite contemplar con detalle las copas de los árboles y favorece “la educación ambiental y la protección de los bosques”, dice. Pero no sólo es deporte, ya que también se aplica al cuidado de los árboles, en términos paisajísticos y productivos.

Por tanto, constituye una oportunidad para “conocer los bosques desde las alturas y también a uno mismo, ya que se debe luchar contra inseguridades cuando se está a varios metros de altura en un medio ajeno”, cuenta el presidente de la Asociación gremial de guías de turismo sostenible de Los Ríos.

“Así puede transcurrir mucho tiempo –añade- sólo observando el paisaje, los estratos arbóreos, las aves que se acercan cuando se van acostumbrando a tu presencia (si sabes mantenerte en silencio)”. Una idea que Francisco está desarrollando al respecto es la incorporación de hamacas ultra livianas que permitan mimetizarse con el follaje, para acceder a actividades crepusculares y nocturnas.

Además el arborismo, como “trepa” (escalada) permite recorrer los ejemplares en todas sus direcciones. “A través de las técnicas de poda en altura y descenso asistido por cuerdas de trozas se puede minimizar el impacto directo sobre la regeneración del bosque, es decir, los árboles se trabajan en pie, disminuyendo la superficie de impacto”.

Eso sí, hay que saber anticipar los movimientos y comportamientos de las piezas que se van sacando con cuerdas y poleas. Es un trabajo muy exigente, pero también muy entretenido y dinámico.

SIN TEMPORADAS

El arborismo recreativo se puede practicar durante todo el año, en días sin lluvia. En el caso de la Selva Valdiviana hay que esperar que los troncos estén secos, por seguridad, pues las cortezas, musgos y líquenes se vuelven más vulnerables con la humedad. El viento también es un factor determinante.

“La actividad puede ser realizada por grandes y chicos, dependiendo del grado de dificultad al que se quiera acceder. En Estados Unidos, por ejemplo, hay asociaciones de trepadores de arboles que asisten a parques urbanos donde instalan líneas de ascenso. Allí abuelos y nietos escalan el árbol al mismo tiempo”, destaca.

“Una de las claves –revela el guía- es prestar atención a las instrucciones, hacer fuerza más con las piernas que con los brazos y ascender empujando verticalmente hacia abajo por la línea de ascenso”. Pero, sobre todo, “estar dispuestos a gastar mucha energía, disfrutar y aprovechar el tiempo para estar en las copas de los árboles nativos”.

Acá Francisco ve “una gran oportunidad de generar consciencia ecosistémica y sentir que somos parte de los bosques. La conexión es natural, depende de cuan abiertos estemos a las situaciones de cambio que se nos presenten. Una vez que estás arriba todo fluye y te maravillas con lo que puedes sentir. El uso de todos los sentidos es esencial”.

La invitación es, por tanto, conocer los bosques nativos en varias de sus dimensiones. “Si a esto le sumas componentes de educación e interpretación ambiental al aire libre, se pueden obtener muchos más beneficios”.

En San José de la Mariquina tiene un bosque. Junto a su familia ha habilitado senderos en los que se pueden escalar coigues. No obstante, advierte que en la zona la situación es muy precaria. La instalación de celulosas ha convertido el escenario nativo “en uno de los sectores con más plantaciones de pinos y eucaliptos de la Región de Los Ríos”, restando cada vez más refugios a la flora y la fauna.

“He sido testigo en los últimos 20 años del avance de las plantaciones forestales exóticas el sector de San José de la Mariquina, que cada vez van encerrando a los pequeños propietarios de bosques nativos, hasta el mismo límite del cerco. Es un riesgo para el abastecimiento de agua y también por el fuego, porque si no hay fiscalizaciones adecuadas todo arde. Además, con las técnicas de extracción maderera a tala rasa, la degradación aumenta. El típico paisaje campestre del sur de Chile se está convirtiendo en un desierto monótono, sin valor cultural ni sentido de pertenencia social”, expresa.

UN CONSEJO

Francisco comenzó la práctica de estas actividades cuando era niño, moviéndose entre manzanos. “Me tocaba sacar manzanas a mano, me tenía que subir con un balde y un cordel para bajarlo. Luego en la universidad aprendí nuevas técnicas”.

Hoy está realizando unas asesorías en ecoturismo, una de ellas en Quinquén Araucanía andina- y en lago Rupanco junto a TrepaChile. En ambas zonas hay aprendizajes sobre la relación de las comunidades con los bosques de araucarias y alerces.

Entre sus planes está la construcción de refugios para turistas y recolectores de productos forestales no madereros en el bosque nativo familiar de Mariquina y la creación de un centro de actividades al aire libre, destinado a colegios, asesorías y capacitaciones.

“Una manera sencilla de valorar la naturaleza –asevera- y con ello adquirir un grado de conciencia ecológica, es visitar un bosque nativo. Cerrar los ojos y escuchar, oler, tocar, sentir la naturaleza en su intimidad. Diez minutos o una hora… ¿qué importa si se está disfrutando? Así, cuando se vuelve a la rutina, el ruido, el estrés y las preocupaciones se puede buscar aquella paz que se experimentó”, concluye.

Por Carolina Montiel


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