Malaui: Un país africano dependiente de Monsanto

Tras una sequía en 2005, Monsanto Found ofreció 700 toneladas de semillas híbridas a agricultores de Malaui

Malaui: Un país africano dependiente de Monsanto

Autor: Mauricio Becerra


Tras una sequía en 2005, Monsanto Found ofreció 700 toneladas de semillas híbridas a agricultores de Malaui. Así empieza la dependencia actual que vive el país africano a la compañía estadounidense.

Monsanto prospera en el Malaui, uno de los países mas pobre del mundo. La visión de su director, Hugh Grant, es clara: “si un país africano aprueba las semillas, muestra el camino a otros”, agregando ufano que “el 72% de la población de Malaui depende del maíz para sobrevivir”, un récord mundial.

En Malaui, país ubicado en el sureste de África, entre Zambia, TanzaniaMozambique, y que tiene unos 11 millones de habitantes, el 76% de estos depende de la ayuda de dos grupos estadounidense para su supervivencia alimenticia. Las semillas híbridas conquistaron los dos tercios de los agricultores. Un 46% de ellos usan productos Monsanto, la otra mitad planta las semillas de Seedco, una variedad creada por la Fundación Gates, de Bill y Melinda Gates.

Para muchos investigadores agrícolas el monopolio de los dos gigantes en el continente africano es motivo de preocupación. Miriam Mayet, directora del Centro Africano para la Biodiversidad en Johannesburgo, sostiene que “donde el poder económico de Bill Gates se combina con la irresponsabilidad de Monsanto, el futuro de los pequeños agricultores en África no es alentador.»

Ambos conglomerados económicos se vinculan. El 2010 Monsanto hizo una donación de 10 millones de dólares a una fundación de Bill Gates, quien por su parte  compró por 23 millones de dólares acciones de Monsanto, y nombró al vice-presidente de la compañía de semillas como Director del Departamento de Investigación Agrícola de la Fundación.

LA REVOLUCIÓN VERDE

La llegada de Monsanto a Malaui no fue por casualidad, sino que fue efecto de duras concesiones por parte del Gobierno. Después de la terrible sequía que afectó al país en 2005, Monsanto Founds (una organización de caridad fundada por la empresa) ofreció 700 toneladas de semillas híbridas a los pequeños agricultores. Como el año pasado a Haití después del terremoto, la compañía americana cumplió el papel de salvador.

Ese mismo año, en respuesta a esta terrible sequía, el presidente Bingu Wa Mutharika, decidió poner en marcha su “revolución agrícola”. Recién elegido, no soportó “mendigar alimentos” al Programa Mundial de Alimentos para sostener sus 15 millones de habitantes y decidió comprar semillas, que el Estado pagó en sus tres cuartas partes, y fertilizantes a través de un sistema de cupones distribuidos a los agricultores.

Tras la implementación de esta revolución agrícola, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se indignaron. Según ellos, los subsidios agrícolas fomentan la corrupción, afectan los circuitos de las finanzas globales e impiden el espíritu empresarial.

No importaba que todas las grandes potencias subsidiaran a sus agricultores con miles de millones de dólares y Malaui fuese extremadamente pobre. El presupuesto del país es financiado hasta un 40% por la comunidad internacional.

Otro problema planteado por el FMI era que las semillas y fertilizantes subsidiados  eran producidos por la empresa estatal ADMARC. Para los donantes como el Banco Mundial y el FMI, es una violación del programa de “ajuste estructural” impuesto a los países pobres para limitar la influencia de las empresas públicas.

Como resultado, el Banco Mundial y el FMI se comprometieron a ayudar financieramente la revolución agrícola sólo si el Gobierno abría las subvenciones al mercado mundial y se mantenía al margen del proceso de elección de las semillas. Tuvieron éxito: Hoy 1 millón 900 mil cupones permiten a los campesinos a comprar semillas híbridas de Monsanto, gracias a la presión del FMI y el Banco Mundial.

Ahora, la batalla liderada por Monsanto se desplazó, después de las semillas híbridas. Monsanto y Seedco ejercieron presión al gobierno de Malaui para legalizar la producción de semillas genéticamente modificadas.

Así las cosas, la “revolución agrícola” no es sostenible a largo plazo. El 11% del presupuesto estatal se destina a la agricultura; el más grande de todos los países de África y el doble de lo que se esperaba. Si los donantes mañana suspenden sus préstamos y si el Gobierno no tiene más formas de ayudar a los pequeños agricultores para comprar fertilizantes, Malaui se enfrenta a una terrible hambruna.

Mientras tanto, el Gobierno sigue pidiendo préstamos a las organizaciones internacionales. El precio de los fertilizantes aumentó estos últimos años, y los agricultores tienen que comprar semillas dos veces más que antes. El suelo se erosiona, los donantes se ven debilitados por la crisis económica y el Estado debe subvencionar la compra de híbridos cada año. Es el mundo según Monsanto.

Por Nicolás Loonis

El Ciudadano


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