Desde el primer día rompió “las formas”. Rechazó el Palacio Apostólico. Se negó a vestir las túnicas de seda o disfrazarse de pontífice renacentista, no quiso invertir más de mil dólares por cada uno de esos finos zapatitos de cuero rojo que con tanta elegancia usaban las antiguas santidades y, antes de cambiar el trono de oro por una poltrona, cambió el "Dios te bendiga" por un "recen por mí", mientras pagaba su hotel y tomaba el bus con los cardenales.