Lo que Sheinbaum hizo al no invitar a Felipe VI no fue solo un desplante, fue un recordatorio de que la narración debe revelar los hechos reales y respetar así la tan manoseada memoria. El silencio cómplice ya no es suficiente. No, ya no somos colonias y aunque les cueste aceptarlo, ya no pueden ni deben imponer cómo interpretar nuestra propia historia.