Los retratos de Citti tienen poco movimiento interno, él muestra una mirada intensa, el rostro serio y cuando sonríe lo hace con ironía. Davoli, por el contrario, muchas veces obliga a la cámara a seguir sus saltos y sus bailes, y su sonrisa es casi permanente, incluso en los contextos más desafortunados. A estas constantes visuales se corresponden otras argumentales que, a lo largo de trece filmes, sorprenden por su coherencia y por ser diametralmente opuestas entre sí.