Un ego obsesivo y una frágil personalidad coexistían en Francesca Woodman, la fotógrafa estadounidense que se suicidó en 1981, a los 22 años, dejando tras de sí mucho más que la promesa de un misterioso talento. Desnudos fantasmagóricos, juegos surrealistas y una sexualidad tan ansiosa como etérea: probablemente, pocos han visto el desasosiego femenino con la lucidez de esta niña-artista.