Un recorrido por Navarino, último poblado chileno antes de la Antártida con un alto interés científico

Una isla afectada por los dramáticos cambios de la crisis climática donde existe una gran atención científica internacional

Navarino es una isla del archipiélago de Tierra del Fuego, en el extremo meridional de América del Sur entre el océano Pacífico y el Atlántico

En la chilena isla Navarino, donde se ubica la última ciudad del continente antes de cruzar a la Antártida, y donde en ciertos lugares la temperatura es la misma que en el continente blanco, un grupo de científicos está intentando comprender los cambios que la crisis climática está provocando en los bosques subantárticos.

Aunque la belleza del paisaje, considerado uno de los más prístinos del planeta, atrae a curiosos de todo el mundo, el aumento de la temperatura y la disminución de las lluvias ha modificado los ciclos de vida de algunos insectos; humedales se han secado, témpanos de hielo han desaparecido y poblaciones de diferentes animales han disminuido drásticamente.

El mensaje que los científicos buscan enviar al mundo es la necesidad de entendernos, los seres humanos, como una pieza más de un complejo engranaje en el que todos los seres vivos tienen un rol clave e irremplazable en la construcción de bienestar.

El portal internacional Mongabay Latam realizó un reportaje sobre esta isla y la opinión de diversas fuentes científicas.

Navarino: una isla muy cerca a la Antártida afectada por los dramáticos cambios de la crisis climática

Por Michelle Carrere

Mongabay Latam

Lo primero que llama la atención es la confusa sensación térmica. El viento subantártico golpea el cuerpo con fuerza y de vez en cuando azota la cara como una cachetada, así es que obligadamente nos abrigamos con una buena chaqueta y un gorro. Por la espalda, en cambio, donde el viento permanece bloqueado, el sol de enero clava sus rayos en las pantorrillas como agujas pequeñas, así es que las 80 personas que aguardamos el zarpe del ferry en Punta Arenas, tenemos frío y calor al mismo tiempo. Algunas de esas personas son locales, gente que vive en Puerto Williams, la última ciudad del continente antes de cruzar a la Antártida y donde pretendemos llegar después de 30 horas de navegación. Las demás, la mayoría, son turistas franceses, ingleses, un par de suizos y también chilenos parapetados con equipos de alta montaña que se disponen a caminar durante cinco días por los Dientes de Navarino. Ese es el nombre de un conjunto de montañas que por sus picos rocosos y puntiagudos se asemeja a una dentadura.

Isla Navarino. Foto: Michelle Carrere

Al igual que Puerto Williams, estas montañas están en una isla llamada Navarino, en la última comuna del extremo sur de Chile, Cabo de Hornos, así es que todos nos dirigimos al mismo lugar aunque el equipo de Mongabay Latam tiene otros planes:  descubrir qué hace un equipo de científicos que investiga el clima, los insectos, las aves y las plantas de este lugar que, en ciertos sectores, es tan frío como la misma Antártida.

Zarpamos a las seis de la tarde. El cielo está perfectamente azul, sin ni una sola nube, y el mar del Estrecho de Magallanes está tan calmado que en el horizonte, donde se pierde la vista, es difícil distinguir dónde acaba uno y empieza el otro. A los pocos minutos, una manada de toninas —una especie de delfín que la ciencia llama Cephalorhynchus eutropia—, salta fuera del agua, se hunde, nada y vuelve a saltar acompañando la avanzada del ferry. Estamos emocionados, entusiasmados y también expectantes. Si así comienza el viaje hacia el fin del mundo, ¿con qué más nos sorprenderá esta travesía por los canales de la Patagonia?

Treinta horas de navegación

Son casi las once de la noche y todavía no oscurece pese a que el sol se ha escondido hace más de una hora detrás de los cerros. La mañana, en cambio, llega temprano, cerca de las cinco, y para ese entonces el ferry ya navega por los fiordos de la Reserva de la Biósfera Cabo de Hornos.

Los fiordos son profundos y estrechos valles que fueron excavados por la acción del hielo durante la era glaciar y que, tras su retroceso, hace unos 20 000 años atrás, fueron inundados por el mar. Visto desde el cielo, el paisaje actual es un laberinto de agua y pedacitos de tierra que forman el Archipiélago Fueguino donde crecen los bosques templados más australes del planeta, una de las razones que llevó a la Unesco a declarar esta reserva de la biósfera en 2005.

La ruta que lleva a isla Navarino bordea numerosos nevados y glaciares. Foto: Michelle Carrere

Avanzamos circundando islas repletas de árboles que cuelgan hacia el mar desde los acantilados o se arrastran hasta la arena de pequeñas playas desiertas. Al contrario del día anterior, en el cielo hay nubes blancas como algodones, otras grises y hasta negras. Aún así, la luz tiene una claridad especial, como si fuera más luminosa a lo acostumbrado. Como si hubiera descorrido un velo para distinguir los distintos tipos de blanco en los glaciares que avanzan como lenguas de hielo desde lo alto de las montañas hasta encontrarse con el mar. Al inicio, los glaciares son del color de la nieve y a medida que se acercan al agua se tornan celestes, verde esmeralda y transparentes a veces.

“Ya no quiero tomar fotos. Siento que me distrae”, dice una turista absorta en el paisaje. La calma es interrumpida de pronto por una exclamación de sorpresa generalizada cuando sale del mar un chorro de agua lanzado por una ballena. Son cuatro o cinco que nadan juntas y asoman sus lomos en la superficie.

Bordeamos durante horas el Parque Nacional Alberto de Agostini, uno de los tres parques nacionales que existen dentro de la reserva de la biósfera Cabo de Hornos. Lo dejamos atrás y entramos en el Parque Nacional Yendegaia. Navegando por el canal Beagle, pasamos por delante de Ushuaia en territorio Argentino. Continuamos todavía más hacia el sur. El día termina, se hace oscuro otra vez y, sin abandonar la reserva de la biósfera, nos acercamos a nuestro destino final en isla Navarino: el Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios de Cambio Global y Conservación Biocultural (CHIC).

Foto: Michelle Carrere

Allí, especialistas en plantas, aves y clima están desarrollando investigaciones científicas para entender cómo los diferentes habitantes de estos bosques subantárticos están respondiendo a la crisis climática.

Desde que Ricardo Rozzi, cofundador del CHIC, comenzó a frecuentar la isla Navarino, en octubre de 1999 hasta hoy, “los cambios en el paisaje son dramáticos”, dice. “Teníamos manadas de guanacos. Había témpanos arriba, en las lagunas del parque etnobotánico Omora. Hoy no tenemos témpanos, casi no tenemos guanacos. Había millares de gansos. Era una maravilla, volaban y volaban y volaban gansos. Jamás andábamos en polera (camiseta), siempre con parka (chaqueta), invierno y verano”.

Entender estas variaciones y observar cómo las diferentes especies están sobreviviendo a ellas o padeciéndolas, puede permitirle a la humanidad prever lo que vendrá a futuro e idear maneras de enfrentar los cambios.

Son las 12 de la noche y ya se ven, colgando del continente, las lucecitas de Puerto Williams.

Así son los bosques más australes del mundo

Para entender la importancia de estos bosques y la manera en la que están cambiando es necesario entender cómo son y cómo funcionan.

El día comienza en el parque Etnobotánico Omora, un área protegida público privada ubicada a solo cuatro kilómetros de la ciudad. Omora conserva la cuenca del río Róbalo, que abastece a Puerto Williams y mil hectáreas de los bosques templados más australes de todo el hemisferio. Una familia de pájaros carpinteros picotea los troncos de unos árboles. Está el macho de cabeza roja, un juvenil con un mohicano colorado y una hembra que al alzar el vuelo abre su plumaje rallado de blanco y negro.

Solo seis especies de árboles componen estos bosques subantárticos, considerados uno de los ecosistemas más prístinos del planeta: lenga (Nothofagus pumilio), ñire (Nothofagus antarctica), coihue (Nothofagus betuloides), canelo (Drimys winteri), notro (Embothrium coccineum) y maitén magallánico (Maytenus magellanica). Sucede que, a escalas temporales geológicas, estos bosques son relativamente nuevos. Solo comenzaron a formarse después de que acabara la última glaciación, hace unos 20 000 años, así es que aún están en la etapa de crear las condiciones para que puedan crecer otro tipo de especies.

A veces, es posible ver algunos de estos árboles tumbados sobre el suelo, arrancados de raíz por el viento. Sorprende ver que sus raíces, en lugar de haber crecido verticales para hundirse en la tierra y aferrarse a ella, se extendieron de manera horizontal, casi superficial sobre el suelo. ¿Por qué un árbol preferiría crecer así y exponerse a que un ventarrón lo arranque de cuajo? La respuesta está de nuevo en el poco tiempo transcurrido desde la era glaciar.

“Cuando el hielo se retiró, lo que quedó expuesto fue una roca completamente desnuda”, cuenta Alex Waldspurger, guardaparque del parque etnobotánico Omora. Sobre esa roca desnuda, la primera vida que se asentó fue la de los musgos y líquenes. Al reproducirse, morir y degradarse, los musgos y los líquenes comenzaron a formar el suelo donde, poco a poco, empezaron a crecer otro tipo de plantas. Eso es lo que los científicos llaman sucesión ecológica. Pero “si haces un hoyo en la tierra — dice Waldspurger, quien también es biólogo—  al metro o al metro y medio chocas con la roca madre. Es un suelo muy angosto”. Por eso las raíces de los árboles no pueden ir muy profundo como lo hacen, por ejemplo, en la Amazonía donde el suelo es mucho más antiguo. Por eso es que también, agrega el guardaparque, “los árboles en este tipo de bosque caen mucho”.

La juventud del territorio hace de esta región de la Patagonia un área de aún escasa variedad de árboles, pero de enorme diversidad de musgos. Son ellos los que todavía prevalecen en esta etapa de la sucesión ecológica. De hecho, “es aquí donde se concentra la mayor cantidad de musgos por unidad de superficie de todo el mundo”, asegura el filósofo y biólogo, Ricardo Rozzi, cofundador del Parque Etnobotánico Omora. “Es un hotspot de biodiversidad, pero de biodiversidad de musgos y eso justificó, en parte, que se declarara la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos”, agrega Ramiro Bustamante, doctor en ecología.

Carpintero juvenil en bosques de Isla Navarino. Foto: Yamil Hussein

El proceso de formación de suelo en estas latitudes es particularmente lento puesto que las bajas temperaturas ralentizan la descomposición de la materia orgánica, como si se tratase de un refrigerador. “La cantidad impresionante de troncos tirados en el suelo del bosque es una evidencia de que las tasas de descomposición son muy lentas comparativamente con lo que pasa en los ecosistemas tropicales, donde todo lo que se cae se descompone rápidamente”, explica Bustamante.

En este punto, los musgos vuelven a entrar a escena. Son ellos los que permiten acelerar la descomposición de los árboles que caen y, de esa manera, seguir formando el suelo para que éste sea capaz de sostener cada vez una mayor biodiversidad.

Pero la función de los musgos no se limita a la descomposición, sino que también permiten que estos suelos, naturalmente pobres, tengan la nutrición necesaria para alimentar a otras especies. La barba de viejo, por ejemplo, es un musgo llamado Tillandsia usneoides que crece en los troncos de los árboles más ancianos como si fuera, efectivamente, una barba de color verde pálido. Su llamativo no solo es ornamental, sino que es un canal que le permite al bosque nutrirse del océano.

Cuando sopla el viento, gotitas de agua del mar —rica en nitrógeno, fósforo y sales— son transportadas hacia el bosque y retenidas por la barba de viejo. Al caer la lluvia, el agua lava los troncos de los árboles y la barba de viejo lleva los nutrientes al suelo. “Ese es el nivel de sutileza —dice el guardaparques— de funciones ecológicas, de interacciones y de coevolución, donde cada uno tiene su espacio y su rol”.

Cohabitar en una democracia de especies

El Parque Etnobotánico Omora fue creado como un espacio para el turismo, para la educación al aire libre y también como un laboratorio natural. Allí, los científicos del Centro Internacional Cabo de Hornos para Estudios de Cambio Global y Conservación Biocultural (CHIC), también conocido como Centro Subantártico Cabo de Hornos, realizan investigaciones aunque sus estudios no se limitan a ese espacio.

Javier Rendoll, biólogo asociado al CHIC, investiga los insectos. Recorre el río Róbalo desde su naciente en los Dientes de Navarino hasta su desembocadura en el mar. Levanta durante horas piedras, palos, observando los diminutos seres vivos que habitan en el agua.

No le importa subir cuantas veces sea necesario el cerro para observar a los insectos. Junto con su colega, Tamara Contador, decidieron investigarlos en el campo y no llevarlos al laboratorio. Es un trabajo más lento, pero está en sintonía con la metodología que los científicos del CHIC decidieron aplicar: la llamada ética ambiental, es decir, considerar a los seres vivos como sujetos de estudio y no como objetos de estudio.

Un albatro vuela sobre los bosques subantárticos. Foto: Alex Waldspurger

El concepto que prima en el parque Omora y que guardaparques y científicos intentan transmitir a los visitantes es el de entendernos, los seres humanos, como cohabitantes. Cohabitar significa compartir un hábitat en donde, así como la barba de viejo, todos los seres vivos tienen una función en un engranaje perfecto. “Un liquen forma el suelo que permite que crezcan estos árboles que nos dan oxígeno. Nosotros, al comprender eso, asumimos una responsabilidad ética del cuidado, porque queremos que les vaya bien a los árboles para que nos vaya bien a nosotros”, explica Rozzi. En ese sentido, dice, “es una democracia de especies donde hay un derecho a vivir de los líquenes, los musgos, los pájaros, los insectos, los árboles, los seres humanos”.

En dos reportajes, una entrevista y un video, Mongabay Latam relata cómo las altas temperaturas y el déficit de lluvias producto de la crisis climática han impactado a los bosques subantárticos. Los ciclos de vida de ciertos insectos se han alterado; ecosistemas normalmente inundados se están secando y la llegada de mosquitos podría transmitir a la aves enfermedades tropicales como la malaria. Este especial también relata los esfuerzos de los científicos por comprender los cambios y proyectar lo que vendrá a futuro para adaptarnos a un nuevo clima.

Esta es la historia de hombres y mujeres que desde el confín del planeta buscan enseñar el valor de la vida en todas sus formas.

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