Es que, en la división de tareas, si a Michel Temer le correspondía comandar la desestructuración del Estado brasileño como mecánica de intervención ante la sociedad, al Poder Judicial le fue otorgada la tarea de “moralizar” la nación desgranando cualquier elemento cultural de “autoestima colectiva”, de afirmación de lo nacional, aquello que había sido repuesto en los gobiernos de Dilma y Lula.