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La justicia del canapé

Una a una son llevadas las prisioneras, madres arrastradas de pies, huella de sangre, en medio del llanto de crías paridas en cautiverio, claman compasión, sin ser oídas, exigen justicia, desde el rincón orinado del galpón, donde el torturador escupe su ira, cada mañana, cuando se lleva una encarcelada para torturarla en el ángulo más recóndito del alma, donde su crimen de lesa animalidad pasa desapercibido y es respetado por el bien de la especie.

Una madre protege al hijo con su cuerpo. Llevan varios meses secuestrados.

Ambos tiritan de miedo, porque saben el futuro venidero. Ella morirá primero, él después. Entonces, cuando el graznido se apodera del campo de concentración, el torturador corta el cuello de una hembra que deja cinco hijos. El coágulo salpica en el rostro. La condena del destino mancha el suelo y camufla lágrimas subversivas. No hay escapatoria. Es la ley de la vida que aplasta al débil. Todas ellas llevan en la cresta, la ideología que amenaza aquella dictadura gastronómica.

Libertad, es la palabra que se oye en medio del nido.

Muerte, es la palabra que se oye en medio del buffet.

Las camaradas del pelotón, cantan a caro la estrofa de los valientes soldados.

-“¡¡Prisionero por servir a Chile!!”- gritan las veteranas, justo cuando devoran con gula, el cuerpo de la pava torturada, ahumada, con palmito y ricotta, cocinada al gourmet, para el deleite morboso de la socialité fascista.

Aquella tarde fueron asesinadas cien pavas, en nombre del coctel, de la vida, de Krassnoff; el torturador.

Cien madres servidas a la mostaza y el merquén, gritan desde el estómago avinagrado y muerden la tripa de los asesinos. Los huéspedes del Penal Cordillera tienen esposas, hambrientas de petibuché e intoxicadas por el canapé. La pava rasguña al interior del estomago, uniendo su grito al de las otras madres que protestan afuera del Club Providencia, exigiendo justicia a la vida, provocando diarrea instantánea por culpa del bocado, mierda chorreada en pantorrillas de señoras.

Corren, gritan, nadie detiene la caca.

Eugenio Norambuena

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