Una sociedad madura no se mide solo por sus cifras económicas, sino por la forma en que trata a quienes sostienen la vida cotidiana. Las mujeres cuidadoras han criado generaciones, han contenido duelos, han sostenido escuelas, han completado ingresos, han trabajado sin contrato o a honorarios por años y han pagado con su salud mental un costo que el país rara vez contabiliza.