En sus momentos finales, Occidente busca mantener su hegemonía mundial sacrificando todos los elementos que, en cuanto hegemón, incorporó de manera no-esencial, sino sólo discursiva: la libertad de expresión, el respeto a los Derechos Humanos, la relevancia del diálogo, el rol central de la opinión pública, la amplitud desinteresada del conocimiento científico, la valoración del arte y la alta cultura; en suma, el ideal de la razón como égida civilizatoria.