Durante todo ese tiempo, las corporaciones se han adueñado de la imagen de los Juegos para vender papas fritas, bebidas de cola y zapatillas, impidiendo hasta a los mismos espectadores llevar los colores de la competencia en el centro olímpico. Los atletas son instrumentalizados por las empresas, que se ocultan tras cándidas imágenes con el objeto de seguir martillándonos sus mensajes consumistas.