La imposibilidad del Nosotros tiene su génesis en la ideología burguesa totalitaria y en las relaciones de dominación naturalizadas durante cinco décadas.
La «izquierda perfumada», que se jacta de ser progresista, no hace más que hablar sin actuar, con un pseudo-progresismo abstracto que no resuelve los problemas reales de los sectores populares, campesinos, obreros e indígenas.
Se muestra una gran desigualdad y segmentación social de las oportunidades, lo que restringe la movilidad social. Sobre el 70% de la población ha afirmado la necesidad de cambiar la Constitución impuesta por la dictadura de Pinochet.
El informe no apunta en el blanco y repite el mismo error que ha sido transversal en políticos y economistas chilenos, de variados signos: confundir desarrollo con crecimiento.
Mientras sigamos viviendo en esta farsa tardopinochetista, creyendo que gozamos de una estupenda democracia y que Chile es un Estado de Derecho, la clase política podrá seguir despotricando contra Venezuela y tratando de defenestrar al Partido Comunista, mientras Chile no hace más que sumar problemas y quedando cada vez más aislado.
Lo que las derechas latinoamericanas no le perdonan al proyecto político iniciado por Chávez es que haya recuperado la soberanía del pueblo venezolano sobre el petróleo.
Si no somos capaces de ver que el proceso constituyente abierto el 15 de noviembre de 2019 estableció una ruptura estratégica con el contenido social de la revuelta del 18 de octubre, estamos destinados a masticar el polvo amargo de la derrota durante otros cuatro años.