Llevamos cuarenta años montados en la pregunta como en un caballo de calesita: el viento en la cara, la sensación del movimiento, y ni un metro de avance. Bájense de ahí. El sujeto de verdad no es ese, el que se discute hasta el agotamiento. Es el otro, el que se ejerce. Y a ese no hay que subirse: ya estamos en él en el momento exacto en que abrimos la mano.