Cierta equiparidad y distribución del poder mundial sería un antídoto sustancioso para inhibir y disuadir la arrogancia del occidente otanista que, con Estados Unidos a la cabeza, quiere seguir proyectando una única y excluyente visión del mundo a través del uso de la fuerza ilegítima, a pesar de su evidente decadencia, dobles estándares y pantomima ética.