Nacimos, y ya una Violeta se había suicidado veinte o treinta kilómetros antes. Fuimos creciendo, y muchos oímos, como un viento de infancia, al Allende sideral y perpetuo, presagiando anchas alamedas por donde pase el hombre libre. Escuchando esto, simultáneamente imaginaba a mi viejo caminando entre la gente, con uno mismo chico y de la mano, bajando en masa por calle Teatinos hasta la Alameda, apagando con pollos salivosos la llama de Pinochet, yendo después a la torre Entel, con un chuzo frío en la otra mano.