Los límites impuestos por las cadenas de suministro centradas en China, el abandono de los cambios de régimen, la dificultad para aislar el hemisferio occidental, la incapacidad de poner fin a la guerra en Ucrania, la reclasificación de Rusia como actor de estabilización y la creciente fragilidad de Europa componen un paisaje en el que Washington debe resignarse a gestionar más que a imponer.