El problema de Chile no es que a Boric ‘no le guste personalmente Putin’, como él confesó hace unos días en Suiza. Ni siquiera que sienta admiración por Zelenski, hasta que pueda parecerse en algo a él. Aquí el gran lío está en la traición.
Europa y las ideologías totalitarias que nublan el razonamiento de sus líderes políticos y militares están dispuestos a sacrificar a cientos de millones de seres humanos ante la posibilidad cierta de un conflicto que escale incluso hasta alturas nucleares.
Calificar de «conflicto interimperialista» a la guerra defensiva rusa contra la OTAN en Ucrania, sin conectarla con la resistencia palestina y con el resto de guerras que azotan al mundo, es muestra de ignorancia supina, como mínimo.
¿No convendría más que nuestras autoridades visitaran y alentaran acuerdos con los países que hemos sido arrasados por el ultracapitalismo, el neoliberalismo y neocolonialismo? ¿En vez de asistir a esos invariables besamanos a los mandamases y monarcas del Viejo Mundo?
La derrota política y militar del nacionalsocialismo no significó la desaparición de esta ideología de preeminencia, pues sus herederos comenzaron a reconstruir Alemania bajo la égida de Estados Unidos y las exigencias relativas de llevar adelante una política antisoviética en aquellas zonas bajo ocupación occidental (Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos).
La solución al conflicto en Ucrania y la construcción de un nuevo orden multipolar centraron el discurso del presidente ruso, Vladímir Putin, durante una reunión con la cúpula del Ministerio de Exteriores de Rusia. El mandatario aseguró que Moscú está dispuesta a sentarse mañana a la mesa de negociaciones y expuso las condiciones previas para eso.