Desde que fuera reformado para la Copa del Mundo 2014, el estadio más grande del mundo, el Maracaná, pasó a ser el Nº 22. En otros estados de Brasil el proceso fue inverso, dejando verdaderos elefantes blancos. El hecho es otro efecto de la privatización de los estadios, denominados en jerga neoliberal como ‘arenas’, los que fueron construidos con dineros del Estado y concesionados a consorcios privados por hasta más de tres décadas.