Es innegable que la frase y la estética de “democracia siempre” es llamativa e incluso emociona, sobre todo ante el recuerdo de violaciones a los derechos humanos. Pero, planteada solo así, carece de sustancia crítica y autocrítica del ejercicio real, sobre todo cuando se le asocia a un solo modelo de práctica histórica -el imaginario formalista liberal-, que se lleva bien con las monarquías europeas en el siglo XXI, con la plutocracia estadounidense o con el estado genocida de Israel.