"Nuestra época ha intentado vaciarlo de contenido. Se nos enseña a vincularnos como consumidores: evaluar, comparar, descartar. El lenguaje afectivo se llenó de términos empresariales —compatibilidad, inversión emocional, costo-beneficio— como si la experiencia amorosa fuera un contrato de servicios al cual yo puedo limitarme y también rescindir cuando no me sea útil".