Esta es la alegoría principal tejida a lo largo de estos poemas póstumos de Carmen Berenguer; la de un territorio maltratado, que se debate entre la espina y la flor, un territorio que es cuerpo acribillado, tierra erosionada, catástrofe permanente. Con una sociedad que es enemiga de sí misma. Y un bosque ancestral ahogado por maleza tóxica que, con todo en contra, continúa siendo bosque nativo mientras permanezca la resistencia del copihue.