Desarrapados, carentes, muertos de hambre, azulosos, revoltosos, delincuentes, peligrosos, flaites, rotos, chistosos, simpáticos, talentosos, esforzados, miserables, resentidos, picantes… son algunos de los adjetivos que hemos inventado y heredado como parte de “nuestra” bendita tradición cultural para hablar de los “pobres”